header
Miércoles, 12 Marzo 2014 11:38

Marx en el Soho

Written by Howard Zinn

marxsoho1

Las luces se apagan. Luz en el centro del escenario, se puede ver una barra de bar, una mesa y varias sillas. Marx entra, vistiendo una elegante chaqueta negra, camisa blanca y una corbata negra. Con barba corta, bajo y fornido, con un mostacho negro y pelo canoso. Lleva puestas lentes de acero. Lleva una bolsa, para, camina al borde del escenario, mira a la audiencia y parece agradecido, un poco sorprendido.

¡Gracias a Dios, una audiencia!

Deja las cosas de la bolsa: unos pocos libros, periódicos, una botella de cerveza, un vaso. Se gira y camina al borde del escenario.

¡Qué bien que hayáis venido! No os dejasteis engañar por todos esos idiotas que decían: ¡Marx ha muerto! Bueno, lo estoy..., pero no lo estoy. Aquí tenéis un poco de dialéctica.

No parece estar bromeando sobre él o sus ideas. Quizás se ha moderado con los años, pero justo cuando piensas que Marx se ha suavizado, hay explosiones de rabia.

Se preguntarán cómo llegué hasta aquí....

Sonríe con picardía...

transporte público.

Su acento es ligeramente británico, ligeramente continen-tal, nada que llame la atención, pero definitivamente no es americano.

No esperaba volver aquí...Yo quería volver al Soho. Ahí es donde vivía en Londres. Pero... un lío burocrático, y aquí estoy, en el Soho de Nueva York....

Suspira.

Bien, siempre he querido visitar Nueva York.

Se sirve cerveza, bebe, y la deja otra vez. Su humor cambia

¿Por qué he vuelto?

Muestra un poco de rabia.

¡Para limpiar mi nombre!

Se abstrae.

He estado leyendo vuestros periódicos...

Coge uno.

¡Ellos proclaman que mis ideas han muerto! No es nuevo. Esos payasos llevan diciéndolo por más de cien años. ¿No os preguntáis por qué es necesario declararme muerto una y otra vez?
Bueno, estoy harto. Pedí poder volver, sólo por poco tiempo. Pero hay reglas. Os lo he dicho, es la burocracia. Se te permite leer, incluso mirar, pero no viajar. Protesté, por supuesto. Y tuve algún apoyo... Sócrates les dijo: "La vida sin viajar no merece la pena vivirla". Gandhi ayunó. La madre Jones amenazó con montar un piquete. Mark Twain vino a mi defensa, con su peculiar estilo. Buda meditó: Ummmmm. Pero los otros callaron. Por Dios, a estas alturas, ¿qué tienen que perder?
Sí, también tengo reputación de follonero. E incluso allá arriba ¡la protesta funciona! Al final dijeron, vale, puedes ir, te damos una hora o así para desahogarte, pero recuerda, ¡nada de arengas! Ellos creen en la libertad de expresión..., pero dentro de unos límites.

Sonríe.

Son liberales.
Haced correr la voz: ¡Marx ha vuelto! Por poco tiempo. Pero entended una cosa: yo no soy marxista.

Ríe.

Una vez se lo dije a Pieper y casi estira la pata. Debería hablaros de Pieper.

Toma un trago de cerveza.

Vivíamos en Londres. Jenny, yo y los pequeños. Más dos perros, tres gatos y dos pájaros. Apenas sobrevivíamos. Un piso en Dean Street, cerca del vertedero de la ciudad. Vivíamos en Londres porque yo había sido expulsado del Continente. Expulsado de Rhineland, sí, de mi lugar de nacimiento. Hice cosas peligrosas. Fui editor de un periódico, "Der Rheinische Zeitungg", que no era un periódico revolucionario, pero supongo que el acto más revolucionario que se puede hacer es...decir la verdad.
En Rhineland, la policía estaba deteniendo a pobres porque recogían madera de los terrenos de los ricos. Escribí un editorial protestando por eso; ellos intentaron censurar el periódico. Escribí un editorial declarando que no había libertad de prensa en Alemania. Ellos decidieron probar que yo tenía razón. Nos lo cerraron. Solo entonces nos volvimos radicales, ¿y no es esa la manera? El último número del "Zeitung" tenía un enorme titular en rojo: "¡Revuelta!"... Eso molestó a las autoridades y me echaron de Rhineland.
Entonces fui a París. ¿Dónde, si no, van los exiliados? ¿Dónde puedes sentarte toda la noche en un café y decir mentiras sobre lo revolucionario que eras en tu país?... Sí, si tienes que ser un exiliado, selo en París.
París fue nuestra luna de miel. Jenny encontró un piso diminuto en el Barrio Latino. Fueron unos meses maravillosos. Pero el rumor se extendió, de la policía alemana a la de París. Parece que la policía desarrolla una conciencia internacionalista mucho antes que los trabajadores...
Así que me echaron de París también. Fuimos a Bélgica. Me echaron también.
Fuimos a Londres, donde van los refugiados de todo el mundo.
Los ingleses son admirables en su tolerancia... e insoportables cuando fanfarronean sobre ello.

Tose, lo que hará todo el tiempo. Sacude la cabeza.

Los médicos me dijeron que la tos se iría en unas semanas. Eso fue en 1858. Pero os estaba hablando sobre Pieper. Sabéis, en Londres, refugiados políticos de todo el continente entraban y salían de nuestra casa. Pieper era uno de ellos. Zumbaba alrededor mío como un moscardón. Era un pelota, un adulador. Se ponía a veinte centímetros de mí para asegurarse de que no lo podía esquivar, y me citaba mis escritos. Yo le decía: "Pieper, por favor, ¡no me cites a mí mismo!"
Tuvo la audacia de decir, pensando que me gustaría, que él traduciría El Capital al inglés. ¡Ja! ¡El hombre apenas decía una frase en inglés sin destrozarla! El inglés es un idioma bonito. Es el idioma de Shakespeare. Si Shakespeare hubiera oído a Pieper hablar una sola frase en inglés, se habría envenenado.
Pero Jenny se sentía mal por él. A ella le gustaba invitarlo a nuestras cenas familiares. Una noche, Pieper vino y anunció la formación de La Sociedad Marxista de Londres.
"¿Una sociedad marxista?" Pregunté. "¿Qué es eso?"
"Pues nos reunimos cada semana y discutimos alguno de tus escritos. Leemos en voz alta, y lo examinamos frase por frase. Por eso nos llamamos marxistas, nosotros creemos completamente y de todo corazón en todo lo que has escrito."
"¿Completamente y de todo corazón?", pregunté.
"Sí, y sería un gran honor", Herr Doktor Marx, -siempre me llamaba Herr Doktor Marx-, "si dirigiera el siguiente encuentro de la sociedad marxista."
"No puedo hacer eso".
"¿Por qué?", preguntó.
"Porque no soy marxista".


Se ríe con ganas.

No me importaba su mal inglés, el mío tampoco era bueno. Era su manera de pensar. Era vergonzoso, un satélite alrededor de mis palabras, reflejándolas a todo el mundo, pero distorsionándolas. Y él defendía esas distorsiones como un fanático, denunciando a todo el que las interpretara de otra manera.
Una vez le dije a Jenny: "¿Sabes lo que más miedo me da?" Y ella dijo:
"¿que la revolución obrera no llegará nunca?"
"No, que la revolución llegará y será tomada por hombres como Pieper. Pelotas cuando están fuera del poder, acosadores y fanfarrones cuando lo tienen. Dogmáticos. Ellos hablarán por el proletariado e interpretarán mis ideas para el mundo. Organizarán un nuevo clero, una nueva jerarquía, con excomuniones y listas, inquisiciones y pelotones de ejecución."
Todo esto lo harán en el nombre del comunismo, retrasando cientos de años el comunismo de la libertad, dividiendo al mundo entre imperios capitalistas y comunistas. Echarán a perder nuestro bonito sueño y necesitará otra revolución, a lo mejor dos o tres para limpiarlo. Eso es lo que temo.
No, no iba a permitir que Pieper tradujera El Capital al inglés.
Representaba quince años de trabajo en las condiciones del Soho. Caminando cada mañana a través de mendigos que duermen entre sus desechos, para ir al museo británico y su magnífica librería, trabajando allí hasta el anochecer, leyendo, leyendo... ¿Hay algo más aburrido que leer economía política?

Piensa.

Sí, escribir sobre economía política.
Después, a casa a través de las oscuras calles, escuchando a los vendedores que anuncian los precios de sus cacharros, y a los veteranos de la guerra de Crimea, algunos ciegos, otros sin piernas, mendigando por un penique en el aire tóxico...el olor a pobre de Londres, sí.
Mis críticos, intentando minimizar lo que había en El Capital, decían, como siempre dicen de los escritores radicales, "Oh, debe haber pasado alguna terrible experiencia personal". Sí, si le quieres dar importancia, ese paseo a casa a través del Soho alimentó mi ira, que fue a parar a El Capital.
Os oigo decir, "bueno, por supuesto, eso es como era entonces, hace un siglo". ¿Sólo entonces? Viniendo para acá hoy, caminé por calles de vuestra ciudad llena de basura, respirando aire fétido, pasando por cuerpos de hombres y mujeres que duermen en la calle, acurrucados por el frío. En vez de una muchacha cantando una balada, oí una voz en mi oído... lastimera: ¿Tiene algo de suelto para un café?

Enfadado ahora:

¿Llamáis a esto progreso porque tenéis coches y teléfonos, y máquinas voladoras y mil pociones para que oláis mejor? ¿Y gente que duerme en las calles?

Coge un periódico y lo mira detenidamente.

Un estudio oficial: "El producto bruto (¡sí, bruto!) de los Estados Unidos el año pasado fue de siete billones de dólares". Impresionante. Pero decidme, ¿dónde está? ¿Quién se está aprovechando de ello? ¿Y quién no?

Lee el periódico de nuevo.

"Menos de 500 personas controlan dos billones de dólares en activos financieros." ¿Son estas personas más nobles, más trabajadoras, más valiosas para la sociedad que la madre del vecin-dario, que cría a tres niños durante el invierno, sin dinero para pagar la factura de la calefacción?
¿No dije, hace ciento cincuenta años, que el capitalismo incrementaría enormemente la riqueza de la sociedad, pero que esta riqueza sería concentrada en muy pocas manos?

Lee el periódico:

"Fusión enorme de los bancos Banco químico y Banco de Manhattan". Doce mil trabajadores perderán sus empleos... Las acciones suben".
¡Y dicen que mis ideas están muertas!
¿Conocéis el poema de Oliver Goldsmith "La villa desierta"?

Recita:

"La tierra se arruinará con la ruina de los débiles. Donde la riqueza se acumula y los hombres decaen."
Sí, decaen. Eso es lo que yo vi mientras caminaba a través de vuestra ciudad esta mañana. Casas decadentes, escuelas decadentes, seres humanos decadentes. Sin embargo, después caminé un poco más lejos, y me encontré de pronto rodeado de hombres obviamente ricos, mujeres envueltas en joyas y pieles. De pronto oí el sonido de sirenas. ¿Se estaba produciendo violencia cerca de allí? ¿Se estaba cometiendo un crimen? ¿Estaba alguien intentando tomar parte del producto interno bruto, ilegalmente, de aquellos que lo habían robado legalmente?
¡Ah, las maravillas del sistema de mercado! Seres humanos reducidos a mercancías, sus vidas controladas por la supermercancía: el dinero.

Las luces parpadean. Marx mira hacia arriba y le confía a la audiencia:

¡A los del comité no les gusta eso!
Su tono se suaviza, recordando.
En aquel pequeño piso en el Soho, Jenny hacía sopa caliente y hervía patatas. Había pan recién hecho de nuestro amigo el panadero del otro lado de la calle. Nosotros nos sentábamos en la mesa y comíamos, y hablábamos sobre los sucesos del día: la lucha irlandesa por la libertad, la última guerra, la estupidez de los líderes de los países, una oposición política degradada a pitidos y chillidos, la prensa cobarde... Supongo que las cosas son diferentes estos días, ¿no?
Después de la cena, recogíamos la mesa y yo trabajaba. Con mi cigarro en la mano y un vaso de cerveza. Sí, trabajaba hasta las tres o las cuatro de la mañana. Mis libros se apilaban a un lado, los informes parlamentarios al otro. Jenny al otro lado de la mesa, transcribiendo -mi caligrafía era imposible y ella escribía cada palabra mía-, ¿podéis imaginar un acto más heroico?
De vez en cuando, una crisis. No, no una mundial. Un libro se perdió. Un día no podía encontrar mi Ricardo. Pregunté a Jenny: "¿Dónde está mi Ricardo?"
"¿Te refieres a Principios de economía política?" Bueno, ella pensó que lo había terminado y lo empeñó.
Perdí el control. "¡Mi Ricardo! ¡Empeñaste mi Ricardo!"
Ella me dijo: "¡Tranquilízate! ¿La semana pasada no empeñamos el anillo que mi madre me dio?" Así es como era.

Suspira.

Lo empeñábamos todo. Especialmente regalos de la familia de Jenny. Cuando acabamos con esos regalos, empeñamos nuestra ropa. Un invierno ¿conocéis los inviernos de Londres?- salí sin mi chaqueta. En otra ocasión, salí de casa y mis pies se empezaron a congelar en la nieve, y entonces me di cuenta de que no llevaba los zapatos. Los habíamos empeñado el día anterior.
Cuando El Capital fue publicado, lo celebramos, pero Engels tuvo que darnos algo de dinero para ir a la casa de empeño y recuperar nuestros platos para la cena. Engels... un santo. No hay otra palabra para él. Cuando nos cortaron el agua, el gas y la casa estaba a oscuras, y nuestros ánimos bajos, Engels pagaba las facturas. Su padre tenía dos factorías en Manchester. Sí....

Sonriendo...

¡el capitalismo nos salvó!
No siempre entendía nuestras necesidades. ¡No teníamos dinero para la compra y nos enviaba cajas de vino! Unas navidades, cuando no teníamos cómo comprar un Weihnachtsbaum -un árbol de navidad-, Engels llegó con seis botellas de champaña. Entonces, imaginamos un árbol, formamos un círculo alrededor de él, bebimos champán y cantamos canciones de navidad.

Marx canta una canción de navidad....

Sabía lo que mis amigos revolucionarios estaban pensando: ¡Marx, el ateo, con un árbol de navidad!
Sí, yo describí la religión como el opio del pueblo, pero nadie se ha fijado en el pasaje entero. Escuchad.

Coge un libro y lee:

"La religión es el alivio de las criaturas oprimidas, el corazón de un mundo cruel, el alma de las condiciones desalmadas, es el opio del pueblo". Cierto, el opio no es la solución, pero puede ser necesario para aliviar el dolor.

Sacude la cabeza.

¿Sabíais de mis forúnculos? ¿Y es que el mundo no sufre una terrible epidemia de forúnculos?
No puedo parar de pensar en Jenny.

Para, se frota los ojos.

Cómo empacó todas nuestras cosas y llevó a nuestras dos niñas, Jennichen y Laura, al otro lado del Canal a Londres. Y después dio a luz tres veces en nuestro miserable y frío piso en Dean Street. Cuidó a esos tres bebés e intentó mantenerlos calientes. Y los vio morir uno tras otro... Guido no había empezado a caminar. Y Francesca tenía un año...Tuve que pedir prestadas tres libras para pagar el ataúd....Como para Moas, él vivió ocho años, pero algo iba mal desde el principio. Tenía una cabeza grande y hermosa, pero el resto del cuerpo nunca crecía. La noche que murió, todos dormimos sobre el suelo alrededor de su cuerpo hasta el amanecer.
Cuando Eleanor nació, estábamos asustados. Pero era una pequeña fuerte. Fue bueno que tuviera dos hermanas mayores. Ellas apenas hubieran sobrevivido solas. Jennichen nació en París. París es maravilloso para los amantes, pero no para los niños. Tiene que ver con el aire. Laura fue la segunda, nació en Bruselas. Nadie debería nacer en Bruselas.
En Londres, no teníamos dinero pero siempre hacíamos excursiones los domingos. Andábamos una hora y media hasta el campo, Jenny y yo, los niños y Lenchen (oh, os hablaré sobre ella...).
Lenchen hacía ternera asada. Y teníamos té, pan de frutas, queso, cerveza. Eleanor era la más joven, pero ella bebía cerveza.
No teníamos dinero, pero las niñas necesitaban unas vacaciones. Una vez, cogí el dinero del alquiler y las envié a la costa atlántica de Francia. Otra vez, con el dinero de la comida, compré un piano, porque las niñas adoraban la música.
Se supone que un padre no tiene favoritos entre sus hijos. ¡Pero Eleanor...! Yo le decía a Jenny: "Eleanor es una niña extraña". Y Jenny me contestaba: "¿Esperas que los niños de Karl Marx sean normales?".
Eleanor fue la más joven, la más brillante. ¿Os imagináis un revolucionario con ocho años? Esa era su edad en 1863. Polonia se había rebelado contra el control ruso y Tussy escribió una carta (así es como la llamábamos, Tussy)... Escribió a Engels sobre "esos valientes y pequeños tipos en Polonia" como ella los llamaba. Cuando tenía nueve años envió una carta a América, dirigida al Presidente Lincoln, ¡diciéndole cómo ganar la guerra contra los confederados!
Ella también fumaba. Y bebía vino. Sin embargo era una niña. Vestía a sus muñecas... ¡mientras le pegaba un trago a un vaso de vino! Jugaba al ajedrez conmigo cuando tenía diez, y no era fácil ganarle. A los quince, de pronto se puso furiosa contra la ley de respetar el día del Señor. No se permitía ninguna actividad los domingos. Entonces ella empezó a organizar "las tardes populares de domingo" en el local de St. Martin's, llevaba músicos allí para tocar Handl, Mozart, Beethoven. El local estaba lleno. Dos mil personas. Era ilegal, pero nadie fue arrestado. Una lección. Si vas a quebrantar la ley, hazlo con dos mil personas...y Mozart.
Yo le solía leer Shakespeare, Aeschylus y Dante en voz alta a ella y a sus hermanas; le encantaba. Su habitación era un museo de Shakespeare. Memorizó Romeo y Julieta e insistía en que le leyera una y otra vez esas líneas de Romeo donde ve por primera vez a Julieta: "El fulgor de su mejilla les haría avergonzarse, como la luz del día a una lámpara; y sus ojos lucirían en el cielo tan brillantes que, al no haber noche, cantarían las aves."
Pero no era fácil vivir con Tussy. ¡Oh, no! ¿Sabes qué vergüenza da tener un niño que encuentra defectos en tu razonamiento? ¡Ella discutía conmigo sobre mis escritos! Por ejemplo, mi ensayo "La cuestión judía". Nada fácil de entender, lo admito. Pues bien, Eleanor lo leyó, e inmediatamente me retó: "¿Por qué pones sólo a los judíos como representantes del capitalismo? No son los únicos envenenados con el comercio y la codicia".
Yo le intenté explicar: "No lo estaba reduciendo a los judíos, sólo los estaba usando como un vivo ejemplo". Ella empezó a llevar una estrella judía. "Soy judía", anunció un día. ¿Qué podía decir? Me encogí de hombros y Eleanor dijo: "Eso es un gesto muy judío". ¡Podía ser muy fastidiosa!
Tussy sabía que mi padre se convirtió al cristianismo. No era práctico ser judío en Alemania... ¿Es práctico ser judío en algún sitio? Me bautizó con ocho años. Esto intrigó a Eleanor. Me preguntó: "Moreno" -la familia me llamaba moreno debido a que era muy moreno- "Sé que te bautizaron. Pero primero te circuncidaron, ¿verdad?" ¡Nada avergonzaba a esa niña!
Algunas veces era imposible. Escuchad esto. Además de la estrella judía, ella llevaba un crucifijo. No, no es que estuviera enamorada del cristianismo, sino de los irlandeses y su rebelión contra Inglaterra. Ella conoció de la lucha irlandesa por Lizzie Burns, el amor de Engels.
Lizzie era una hilandera y no sabía leer. Engels hablaba nueve idiomas.
Podríais pensar que esto les dificultaba la comunicación. Pero ellos se amaban. Lizzie fue activa en el movimiento irlandés. Tussy la visitó y las dos se sentaron en el suelo, bebieron vino juntas y cantaron canciones irlandesas hasta que se quedaron dormidas.
Y aquella terrible noche, cuando el gobierno inglés colgó a dos jóvenes irlandeses, ahí mismo en el Soho, con una multitud ebria agitando...
¡Esos caballeros ingleses con su té de la tarde y sus ahorcamientos públicos! Entiendo que vosotros ya no colgáis gente - solo los gaseáis, o les inyectáis veneno en sus venas, o los quemáis con electricidad hasta que se mueren. Mucho más civi-izado. Sí, ellos colgaron a dos jóvenes irlandeses por querer la libertad de Inglaterra. Eleanor lloró y lloró.
Yo le decía: "Tussy, no te tienes que involucrar tan pronto con los horrores del mundo. Tienes quince años." Y ella me respondió: "Esa es la cuestión, Moreno. No tengo trece, no tengo catorce, tengo quince."
Sí, tenía quince años, y se encaprichaba con cualquier hombre apuesto y atractivo que visitara nuestro piso. Podría escribir una lista. Durante el resto de su vida, Eleanor fue inteligente en política, pero estúpida en el amor. Ella estaba loca de amor por el héroe de la Comuna de París, Lissagaray. Bueno, por lo menos era francés.
El tipo de Jennychen era inglés. Los hombres ingleses son como la comida inglesa. ¿Tengo que decir más? Y estaba el amor de Laura, LaFargue. Sus exhibiciones públicas de ardor eran absurdas. Él le tocó el culo en público, como si fuera lo más normal del mundo. Y Jenny lo defendió. "Es su pasado criollo", dijo. "Sabes que su familia vino a Francia desde Cuba". ¡Como si en Cuba todo el mundo fuera por ahí tocándole el culo a la gente!

Suspira.

Jenny siempre estaba intentando calmarme. Bueno, ella podía calmarme, pero no pudo con mis forúnculos.

Hace una mueca.

¿Habéis tenido forúnculos? No hay enfermedad más odiosa. Me azotaron toda la vida. Y llevó a estúpidos intentos de analizarme a través de mis forúnculos. "¡Marx está enfadado con el sistema capitalista debido a sus forúnculos!". ¡Qué imbéciles! ¿Cómo explican entonces a todos los revolucionarios que no tienen forúnculos?
Por supuesto, ellos siempre encuentran algo: a este le pegaba su padre, este fue amamantado hasta que tenía diez años, a aquel no le enseñaron a usar el baño -como si uno tuviera que ser anormal para molestarse por la explotación. Cada explicación, excepto la obvia, que el capitalismo, por su naturaleza, ataca al espíritu humano, engendra rebelión...
Oh sí, dicen que el capitalismo se ha hecho más humano desde mi tiempo. ¿De verdad? Sólo hace unos años estaba en los periódicos los propietarios de una fábrica encerraban con llave a las mujeres en una fábrica de pollos en Carolina del Norte. ¿por qué? Para ganar más. Un día hubo un fuego, veinticinco mujeres atrapadas murieron quemadas.
Tal vez mi rabia inflamaba mis forúnculos. ¡Pero intentad trabajar, intentad estar sentado y escribiendo con forúnculos en el culo! Y no me habléis de los médicos. Sabían menos que yo. Mucho menos, porque los forúnculos eran míos.

Toma otro trago de cerveza.

No podía dormir. Entonces descubrí algo milagroso: el agua. Sí, tan simple como eso. Paños empapados en agua caliente. Jenny me los aplicaba pacientemente, hora tras hora. Ella se levantaba a mitad de la noche cuando yo gritaba de dolor, y me ponía esos calmantes paños calientes... A veces, cuando Jenny no estaba, Lenchen lo hacía.

Se para y reflexiona.

Sí, Lenchen. Así estábamos, viviendo en la miseria en Soho, y la madre de Jenny decide enviarnos a Lenchen para ayudar con los niños. Habíamos empeñado nuestros muebles, pero de repente teníamos sirvienta. Así son las cosas cuando te casas con la aristocracia. Tus suegros no te envían dinero, que es lo que necesitas desesperadamente. Te envían sábanas y cubertería. Y una sirvienta. De hecho, no era mala idea. La sirvienta puede llevar las sábanas y la cubertería a la casa de empeños y conseguir algo de dinero. Lenchen lo hizo muchas veces...
Pero ella nunca fue una sirvienta. Los niños la adoraban. Y Jenny le tenía mucho cariño. Cuando Jenny estuvo enferma, Lenchen estuvo con ella, ocupándose de todas las necesidades.
Pero sí, su presencia creó una gran tensión entre Jenny y yo. Recuerdo una escena. Jenny me dijo: "Esta mañana vi que mirabas a Lenchen"
"¿Mirando? ¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir del modo en el que los hombres miran a las mujeres".
Todavía no sé a qué te refieres.

Mueve la cabeza con tristeza.

Era una de esas conversaciones que no pueden terminar bien.
Y todo esto pasaba dentro de nuestro piso en Dean Street. Y fuera estaba Londres... ¿Os podéis imaginar las calles de Londres en 1858? Las vendedoras, intentando vender unos panecillos por unos peniques. El molinillo del órgano con el mono. Las prostitutas, los magos, los faquires, los vendedores ambulantes tocando las trompetas, sonando las campanas, los organilleros, los órganos, los instrumentos de latón, los violinistas, los gaiteros escoceses, y siempre una niña que mendiga cantando una canción irlandesa. Eso es lo que oía y veía, caminando a casa cada noche desde el Museo Británico, bajo las lámparas de gas que se acababan de encender, hasta que llegaba a Dean Street y atravesaba el lodo y los desechos, pensando en el cuidado que ponían en pavimentar las calles de los vecindarios de los ricos.

Suspira.

Bueno, supongo que era apropiado que el autor de El Capital caminara duramente a través de mierda mientras escribía su condena del sistema capitalista...
Jenny no entendía mis quejas sobre vadear por el barro de la calle. Ella decía: "¡Así es como me siento leyendo El Capital!". Siempre fue mi crítica más dura. Implacable. Honesta, podrías decir. ¿Hay algo más indignante que una crítica honesta?
El libro le preocupaba. Sí, El Capital.

Coge un libro.

Le preocupaba que yo aburriera a la gente desde el principio con mis discusiones sobre las mercancías, valor de uso, valor de cambio. Decía que el libro era demasiado largo, demasiado detallado. Usó la palabra "pesado". ¡Imaginaos!
Ella me recordaba lo que nuestro amigo del sindicato, Peter Fox, dijo cuando le di mi libro: "Me siento como un hombre al que le han regalado un elefante".
Sí, dijo Jenny, es un elefante. Intenté decirle que esto no es el Manifiesto comunista que era para el público general. Esto es un análisis.
"Que siga siendo un análisis", dijo. "Pero hazlo gritar como el
Manifiesto".
"¡Un espectro recorre Europa, el espectro del Comunismo! Sí," dijo, "eso entusiasma al lector... ¡Un fantasma recorre Europa!"
Y entonces ella me leyó las primeras palabras de El Capital, para atormentarme, por supuesto.

Marx coge un libro de la mesa, y lee:

"La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías".
Me dijo: "Eso dormirá a los lectores."
Os pregunto: ¿es tan aburrido?

Piensa.

Quizás es un poco aburrido. Se lo admití a Jenny. Me dijo: "Nada de un poco aburrido".
No me malinterpretéis. Ella veía El Capital como un profundo análisis. Enseñaba cómo el sistema capitalista debe, en una cierta etapa de la historia, llegar a ser y producir un colosal crecimiento de las fuerzas productivas, un incremento sin precedentes en la riqueza del mundo. Y después cómo debe, por su propia naturaleza, destruir esa riqueza de tal manera que destruye la humanidad de ambos, trabajadores y capitalistas. Y cómo debe, por su naturaleza, crear sus propios enterradores y dar pie a un sistema más humano.
Pero Jenny siempre preguntaba: "¿Estamos llegando a la gente a la que queremos llegar?"
Un día me dijo: "¿Sabes por qué los censores han permitido su publicación? Porque ellos no pueden entenderlo y asumen que nadie más lo hará."
Le recordé que El Capital estaba recibiendo críticas favorables. Me recordó que la mayoría de las revisiones estaban escritas por Engels. Le dije que tal vez estaba siendo crítica con mi trabajo porque era infeliz conmigo.
"¡Hombres!", dijo. "Como no puedes creer que tu trabajo merezca una crítica, lo atribuyes a una cuestión personal. Sí, moreno, mis sentimientos personales están ahí, pero eso es otra cosa".
Sí, sus sentimientos personales. Jenny estaba pasando una época terrible. Supongo que yo era responsable, pero no sabía cómo disminuir su angustia. Tenéis que entender, Jenny y yo nos enamoramos cuando yo tenía diecisiete años y ella diecinueve. Ella tenía un aspecto maravilloso, y le gusté a su familia. Ellos eran aristócratas. La aristocracia siempre se impresiona con los intelectuales. El padre de Jenny y yo teníamos largas discusiones sobre Democritus y Heraclitus. Yo empezaba a darme cuenta de que hasta ese momento los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo, ¡pero la cuestión era cambiarlo!
Cuando me expulsaron de Alemania, Jenny me siguió a París y allí nos casamos y tuvo a Jennichen y Laura. Éramos felices en París, viviendo con nada, quedando con nuestros amigos en una cafetería. Ellos tampoco tenían con qué vivir. ¡Vaya banda éramos! Bakunin, el gigante, desgreñado anarquista. Engels, el ateo apuesto. Heine, el poeta santo. Oh, Stirner, el inadaptado total. Y Proudhon, que dijo: "¡La propiedad es un robo!"... ¡pero quería alguna!
Ser pobre en París es una cosa. Pero ser pobre en Londres es otra. Nos mudamos allí con dos niños y pronto Jenny estaba embarazada de nuevo. A veces sentía que me culpaba por tener que criar a nuestros niños en un frío y húmedo piso donde siempre había alguien enfermo.
Jenny se enfermó de viruela. Se recuperó, pero le dejó la cara marcada. Yo intentaba decirle que todavía era bonita, pero no ayudó.
Ojalá pudierais conocer a Jenny. Lo que hizo por mí no tiene precio. Y ella aceptó el hecho de que yo no podía aceptar un trabajo como cualquier otro hombre. Sí, lo intenté una vez. Escribí una carta de solicitud al ferrocarril para un puesto como oficinista. Respondieron esto: "Dr. Marx, nos honra su solicitud de un puesto aquí. Nunca hemos tenido un doctor en filosofía trabajando para nosotros como oficinista, pero el puesto requiere una caligrafía legible, por lo que lamentablemente tenemos que rechazar su oferta."

Se encoge de hombros.

Jenny creía en mis ideas, pero era impaciente con lo que consideraba las pretensiones de la erudición de alto nivel. "Baja a la tierra, Herr Doktor", me decía.
Ella quería que explicara la teoría de la plusvalía de manera que los trabajadores comunes pudieran entenderla. Yo le decía, "Nadie puede entenderla sin antes entender la teoría del valor trabajo, y cómo la fuerza de trabajo es una mercancía especial cuyo valor es determinado por el coste de los medios de subsistencia y aún así da valor al resto de mercancías, un valor que siempre excede el valor de la fuerza de trabajo".
Ella meneaba la cabeza: "No, eso no funcionará. Lo único que tienes que decir es esto: tu empleador te da lo menos posible de salario, lo suficiente para que sobrevivas y trabajes; pero de tu trabajo él saca mucho más de lo que te paga. Así él se hace cada vez más rico, mientras tú sigues siendo pobre.
De acuerdo, supongamos que sólo unos cientos de personas en el mundo han entendido mi teoría de la plusvalía.

Se acalora.

¡Pero aún así es cierta! Precisamente, la semana pasada, estaba leyendo los informes del Departamento del Trabajo de Estados Unidos. Aquí lo tenéis. Vuestros trabajadores están produciendo más y más bienes y percibiendo menos y menos salario. ¿Cuál es el resultado? Justo por lo que predije. Ahora el uno por ciento más rico de la población estadounidense posee el 40% de la riqueza de la nación. Y este es el gran modelo de capitalismo mundial, la nación que no sólo ha robado a su propia gente, sino absorbido la riqueza del resto del mundo...
Jenny siempre intentaba simplificar ideas que eran, por su naturaleza, complejas. Me acusaba de ser un intelectual primero y un revolucionario después.
Me dijo: "Olvida a tus lectores intelectuales. Dirígete a los trabajadores".
Me llamaba arrogante e intolerante. "¿Por qué atacas a otros revolucionarios más vehementemente que a la burguesía?" Me preguntaba.
Proudhon, por ejemplo. El hombre no entendía que tenemos que aplaudir al capitalismo por el desarrollo de la gran industria, y después tomarla. Proudhon pensaba que teníamos que retroceder a una sociedad más sencilla. Así que cuando escribió La filosofía de la miseria, repliqué con mi libro La miseria de la filosofía. Pensé que era inteligente. Jenny pensó que era insultante.

Suspira.

Supongo que Jenny era de lejos mejor ser humano de lo que yo lo seré nunca.
Ella me animaba a dejar atrás mi pasado e implicarme en la lucha de los trabajadores londinenses. Vino conmigo cuando me invitaron a dirigir el primer encuentro de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Era el invierno de 1864. Dos mil personas se metieron en el salón de St. Martín.
Da un paso atrás, extiende su brazo como si hablara a la multitud, pausadamente, poderosamente:
"Los trabajadores de todos los países deben unirse contra las políticas externas que son criminales, que utilizan los prejuicios nacionales, que derrochan, en guerras, la sangre y la riqueza del pueblo."
Nos debemos unir más allá de las fronteras nacionales para reivindicar sencillas leyes de justicia y moral en los asuntos internacionales...
¡Obreros del mundo, uníos!

Hace una pausa...

A Jenny le gustaba eso...

Bebe.

Ella era el soporte de la familia, con cortes de agua y gas, pero nunca se cansó del asunto de la emancipación femenina. Dijo que la vitalidad de la mujer era minada por estar remendando calcetines y cocinando en casa. Por lo que rechazaba estar en casa.
Me acusó de ser emancipador en la teoría pero prácticamente ignorante de los problemas de las mujeres. "Tú y Engels", decía, "escribís sobre igualdad sexual, pero no la practicáis". Bueno, no haré ningún comentario sobre esto...
Ella apoyó con todo su corazón la lucha irlandesa contra Inglaterra. La Reina Victoria había dicho: "Esos irlandeses son realmente gente detestable, como ninguna nación civilizada." Jenny escribió una carta a los periódicos de Londres: "Inglaterra ahorca a los rebeldes irlandeses, que no quieren otra cosa que libertad. ¿Es Inglaterra una nación civilizada?".
Jenny y yo estábamos muy enamorados. ¿Cómo puedo haceros entender esto? Pero pasamos momentos terribles en Londres. El amor estaba incluso ahí. Pero, en algún momento, las cosas cambiaron. No sé por qué. Jenny decía que era porque ya no era tan hermosa como cuando la había cortejado. Eso me cabreó. Lo decía por Lenchen. Eso me cabreó aún más. Me dijo que me cabreaba porque era verdad. ¡Eso me puso colérico!

Suspira, toma un trago de cerveza, echa un vistazo a los periódicos de la mesa, coge uno.

Claman que porque la Unión Soviética colapsó, el comunismo ha muerto.

Menea su cabeza.

¿Saben estos idiotas qué es el comunismo? ¿Creen que un sistema gobernado por un matón que asesina a sus compañeros revolucionarios es comunismo? ¡Scheisskopfen!
Los periodistas y políticos que dicen esas cosas, ¿qué clase de educación han recibido? ¿Leyeron en algún momento El manifiesto que Engels y yo escribimos cuando él tenía 28 y yo 30 años?

Coge un libro de la mesa y lee:

"En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clases, tendremos una asociación, en la cual el libre desarrollo de cada uno es la condición necesaria para el libre desarrollo de todos." ¿Habéis oído eso? ¡Una asociación! ¿Entienden el objetivo del comunismo? ¡La libertad del individuo! ¡Para su desarrollo, como un ser humano con compasión! ¿Piensan que alguien que se llame a sí mismo comunista o socialista y actúa como un gángster entiende lo que es el comunismo?
Disparar a aquellos que no están de acuerdo contigo, ¿puede ser ese el comunismo por el que di mi vida? Ese monstruo que tomó todo el poder para sí mismo en Rusia -y que insistía en interpretar mis ideas como un fanático religioso- cuando ponía a sus viejos camaradas contra el muro antes de fusilarlos, ¿permitió a sus ciudadanos leer la carta que escribí a la Tribuna de Nueva York en la que decía que la pena capital no podía ser justificada en ninguna sociedad que se llamara civilizada?...

Enfadado.

¡Se supone que el socialismo no reproduce las estupideces del capitalismo!
Aquí, en América, vuestras prisiones están repletas. ¿Quiénes están en ellas? Los pobres. Algunos de ellos cometieron violentos y terribles crímenes. La mayoría son ladrones y narcotraficantes. ¡Creen en el libre mercado! Hacen lo que los capitalistas pero a menor escala...

Coge otro libro.

¿Sabéis lo que Engels y yo escribimos sobre las prisiones? "En vez de castigar a los individuos por sus crímenes deberíamos destruir las condiciones sociales que engendran el crimen, y dar a cada individuo las oportunidades que necesita en la sociedad para desarrollar su vida".
Sí, claro, hablábamos de "dictadura del proletariado". No de dictadura de un partido, de un comité central, ni la dictadura de un solo hombre. No, hablábamos de la dictadura temporal de la clase obrera. Las masas tomarían el Estado y el gobierno por el interés común, hasta que el Estado se vuelva innecesario y desaparezca gradualmente.
Bakunin, desde luego, no estaba de acuerdo. Decía que un Estado, incluso uno de obreros, si tiene un ejército, policía, prisiones, se convertirá en una tiranía. Le encantaba discutir conmigo.
¿Sabéis de él? ¿Bakunin, el anarquista? Si un escritor inventara tal personaje, diríais que la existencia de una persona así no es posible. Decir que Bakunin y yo no nos llevábamos bien es poco.
Escuchad lo que dijo mientras Engels y yo estábamos en Bruselas, escribiendo El Manifiesto.

Marx coge un documento de la mesa y lee:

"Marx y Engels, especialmente Marx, son profundamente burgueses." ¡Nosotros éramos profundamente burgueses! Desde luego, comparado con Bakunin, cualquiera era un burgués, porque Bakunin eligió vivir como un cerdo. Y si no vivías como un cerdo, si tenías un techo sobre tu cabeza, si tenías un piano en tu salón, si disfrutabas de pan fresco y vino, eras un burgués.
Le reconozco su valor. Lo detuvieron y enviaron a Siberia, escapó y recorrió el mundo intentando montar una revolución por todos lados. Quería una sociedad anarquista, pero el único anarquismo que nunca consiguió establecer fue en su cabeza. Intentó empezar un levantamiento en Boloña, y casi se quita la vida con su propia pistola. Sus revoluciones fallaban por todas partes, pero era como un hombre cuyos fracasos con las mujeres sólo lo animaban aún más.
¿Habéis visto alguna vez una fotografía de Bakunin? Un hombre gigante, calvo, que se cubría con una pequeña gorra gris. Barba densa. Expresión feroz. No tenía dientes (escorbuto, resultado de su dieta en prisión). Parecía que no vivía en este mundo, sino en alguno en su imaginación. El dinero le era totalmente ajeno. Cuando lo tenía, lo derrochaba; cuando no lo tenía, lo pedía prestado sin ninguna intención de devolverlo.
No tenía hogar, o, se podría decir que el mundo era su hogar. Llegaba a la casa de un camarada y anunciaba: "Estoy aquí, ¿dónde voy a dormir? ¿Y qué hay para comer?" ¡En una hora se sentía más en su casa que sus huéspedes!
Una vez en Soho, estábamos cenando cuando Bakunin apareció de repente. No se molestó ni en llamar a la puerta. Era su costumbre llegar a la hora de la cena. Nos sorprendimos, creíamos que estaba en Italia. Siempre que oíamos algo de él, estaba en algún país remoto organizando una revolución. Pues, casi arranca la puerta de las bisagras, entró, miró alrededor, sonrió con su sonrisa mellada, y dijo: "Buenas tardes, camardas." Y sin esperar respuesta, se sentó a la mesa, y empezó a engullir salchichas y carne en enormes bocados, acompañándolos de queso, también, y un vaso tras otro de brandy.
Le dije: "Mikhail, prueba el vino, tenemos mucho; el brandy es caro."
Bebió algo de vino, lo escupió. "Totalmente insípido," dijo. "El brandy te ayuda a pensar con más claridad."
Entonces empezó su típica actuación, sermoneando, discutiendo, ordenando, gritando, exhortando. Yo estaba furioso, pero fue Jenny quien le habló seriamente. "Mikhail", dijo, "¡para! ¡Estás acabando con todo el oxígeno de la habitación!" Rugió entre carcajadas y se fue.
La cabeza de Bakunin estaba llena de basura anarquista, romántica, utopía sin sentido. Yo quería expulsarlo de la Internacional. Jenny pensaba que era ridículo. ¿Por qué, preguntaba, los grupos revolucionarios con seis miembros siempre amenazan con la expulsión?
Tenía cientos de disfraces, porque la policía de cada país de Europa lo buscaba. Cuando nos visitó en Londres estaba disfrazado como un cura. Al menos eso pensaba él. ¡Estaba ridículo!
Así que estuvo con nosotros una semana. Una vez estuvimos toda la noche bebiendo y discutiendo, y bebiendo más, hasta que ninguno de nosotros podía andar. De hecho, me quedé dormido en medio de una de las peroratas de Bakunin. Me sacudió hasta que me desperté y dijo: "No he terminado mi argumento."
Era el glorioso invierno de 1871, cuando la Comuna de París había tomado el poder... Sí, la Comuna de París. Bakunin, de un brinco, con toda su mole, se metió en aquella revolución. Los franceses lo entendieron. Tenían un dicho: "El primer día de una revolución Bakunin es un tesoro. Al segundo, se le debería fusilar."
¿Conocéis ese magnífico episodio de la historia de la humanidad, la Comuna de París? La historia empieza estúpidamente. Me refiero a Napoleón III. Sí, el sobrino de Bonaparte.
Era un bufón, un actor en el escenario sonriendo al público mientras dieciséis millones de campesinos franceses vivían en oscuras cabañas sin ventanas, sus niños morían de inanición. Pero como tenía una legislatura, como la gente lo había votado, se creía que había democracia... Un error muy común.
Bonaparte quería gloria, por lo que cometió el error de atacar al ejército de Bismarck. Fue rápidamente derrotado, y a continuación de la victoria germana, las tropas marcharon sobre París y fueron recibidas por algo más devastador que las armas: el silencio. Encontraron las estatuas de París cubiertas con banderas negras. Una resistencia inmensa, silenciosa e invisible. Hicieron lo más sensato, atravesaron el Arco del Triunfo en formación y se marcharon rápidamente.
Y el viejo orden francés, la República. Liberales, se llamaban ellos mismos. No se atrevieron a ir a París. Temblaban de miedo porque los alemanes se habían ido y París había sido tomada por los trabajadores, las amas de casa, los dependientes, los intelectuales, los ciudadanos armados. La gente de París no formó un gobierno, sino algo más glorioso, algo que los gobiernos de todas partes temen, una comuna, la energía colectiva del pueblo. ¡Era la Comuna de París!
La gente reunida 24 horas al día, por toda la ciudad, en grupos de tres o cuatro, tomando decisiones juntos, mientras la ciudad era rodeada por el ejército francés, amenazando con invadirla en cualquier momento. París se convirtió en la primera ciudad libre del mundo, el primer enclave de libertad en un mundo de tiranía.
Le dije a Bakunin: "¿Quieres saber lo que es la dictadura del proletariado? Mira la Comuna de París. Esa es la verdadera democracia." No la democracia de Inglaterra o América, donde las elecciones son circos, con la gente votando por uno u otro guardián del viejo orden, donde cualquiera sea el candidato que gane, el rico sigue dirigiendo el país.
La Comuna de París. Vivió sólo unos pocos meses pero fue el primer cuerpo legislativo en la historia que representaba a los pobres. Sus leyes eran para ellos. Abolió sus deudas, pospuso sus alquileres, obligó a las casas de empeño a devolverles sus más preciadas pertenencias. Rechazaron cobrar más que los trabajadores, redujeron las horas que trabajaban los panaderos y planearon cómo dar entrada gratis al teatro a todo el mundo.
El gran Courbet, cuyas pinturas habían asombrado a Europa, presidía la federación de artistas. Ellos volvieron a abrir los museos y montaron una comisión para la educación de las mujeres, algo inaudito hasta entonces. Se aprovecharon de los últimos adelantos en ciencia, el globo aerostático, y elevaron uno sobre París para sobrevolar la zona rural, lanzando panfletos para los campesinos, con un simple y poderoso mensaje. El mensaje que debería ser transmitido a todos los trabajadores del mundo: "Nuestros intereses son los mismos."
La Comuna declaró el objetivo de la escuela: enseñar a los niños a amar y respetar al prójimo. He leído vuestras interminables discusiones sobre educación.
¡No tienen sentido! Enseñan todo lo necesario para triunfar en el mundo capitalista. ¿Pero enseñan a los jóvenes a luchar por la justicia?
Los comuneros entendieron la importancia de esto. No educaban sólo con palabras sino también con actos. Destruyeron la guillotina, ese instrumento de la tiranía, incluso de la tiranía revolucionaria. Entonces, llevando pañuelos rojos, portando una pancarta roja enorme, los edificios engalanados con telas de seda roja, se congregaron alrededor de la Columna Vendome, símbolo del poder militar, una enorme estatua con la cabeza de Napoleón Bonaparte en lo alto. Ataron un cabo a la cabeza, giraron un cabestrante y la cabeza se estrelló contra el suelo. La gente se subió sobre las ruinas. Una bandera roja ahora ondea sobre el pedestal. Se convirtió en el pedestal no de un país, sino de la raza humana entera, y hombres y mujeres mirando, llorando de alegría.
Sí, esa fue la Comuna de París. Las calles estaban siempre llenas, con discusiones por todas partes. La gente compartía cosas. Parecían sonreír más a menudo. La amabilidad reinaba. Las calles eran seguras, sin policía de ningún tipo.
¡Sí, eso era socialismo!
Por supuesto ese ejemplo, el ejemplo de la Comuna, no podía ser permitido, por lo que los ejércitos de la República marcharon sobre París y comenzó la carnicería. Los líderes de la Comuna fueron llevados al cementerio Pere-Lachaise puestos sobre el muro de piedra y fusilados. Todos juntos. Treinta mil fueron asesinados.
La Comuna fue aplastada por lobos y cerdos. Pero fue el más glorioso éxito de nuestro tiempo...

Camina y bebe más cerveza.

Bakunin y yo bebíamos y discutíamos, bebíamos y discutíamos más. Le decía: "Mikhail, no entiendes el concepto del estado proletario. No podemos deshacernos del pasado en un momento de éxtasis. Tenemos que construir una nueva sociedad con los restos de la vieja. Eso lleva tiempo."
"No," decía. "La gente, cuando derrote al viejo orden, debe inmediatamente vivir en libertad o la perderán."
Empezó a volverse algo personal. Me estaba volviendo impaciente y le dije: "Eres demasiado estúpido para entenderlo."
El brandy también le estaba afectando y me dijo: "Marx, eres un arrogante hijo de puta, como siempre. Eres tú el que no entiendes. ¿Piensas que los trabajadores harán una revolución basán-dose en tu teoría? No les importa una mierda tu teoría. Su rabia explotará espontáneamente y harán una revolución sin tu llamada ciencia. El instinto para la revolución está en sus barrigas." Estaba muy nervioso. "Me cago en tus teorías."
Cuando dijo eso, escupió en el suelo. ¡Qué cerdo! Eso fue demasiado.
Le dije: "Mikhail, tu puedes cagarte en mis teorías, pero no puedes escupir en mi suelo. Límpialo inmediatamente."
"Ahí lo tienes," dijo, siempre he sabido que eras un matón." Le dije: "Siempre he sabido que eras un eunuco."
Rugió. Sonaba como un animal prehistórico. Entonces se abalanzó sobre mí. Tenéis que entender que el hombre era enorme. Forcejeamos en el suelo, pero estábamos demasiado borrachos para hacernos daño. Después de un rato, estábamos tan cansados que nos quedamos tumbados, recuperando el aliento. Entonces Bakunin se levantó, como un hipopótamo saliendo de un río, se desabrochó los pantalones ¡y se puso a orinar por la ventana! No podía creer lo que estaba viendo. ¿Qué demonios estás haciendo Mikhail?
"¿Qué crees que estoy haciendo? Meando por tu ventana."
"Eso es asqueroso, Mikhail," dije.
"Me estoy meando en Londres. Me estoy meando en todo el Imperio Británico."
"No," dije, "Estás meando en mi calle."
No contestó, se abrochó los pantalones, se tumbó en el suelo y empezó a roncar. Yo me quedé tumbado y pronto estaba inconsciente.
Jenny nos encontró a los dos así, horas más tarde, cuando se despertó con el alba.

Para para tomar un trago de cerveza.

No, no podían permitir que la Comuna viviera. La Comuna era peligrosa, demasiado inspiradora como ejemplo para el resto del mundo, por lo que la ahogaron en sangre. Todavía pasa, ¿no?, que, donde sea, en cualquier rincón del mundo donde el viejo orden es rechazado y la gente empiece a experimentar una nueva forma de vida (gente sin ideología, sólo hastiados con sus vidas) no puede ser permitido. Y entonces ellos hacen su trabajo -sabéis a quiénes me refiero con ellos- a veces de manera insidiosa, escondida, otras veces directamente, con violencia, para destruirlo.

Leyendo el periódico.

Pero siguen diciendo: "El Capitalismo ha triunfado." ¡Triunfado! ¿Por qué? ¿Porque la bolsa ha subido hasta el cielo y los accionistas son más ricos aún que antes? ¿Triunfado? ¿Cuando uno de cada cuatro niños en EEUU viven en la pobreza, cuando cuarenta millones de ellos mueren cada año antes de su primer cumpleaños?

Lee del periódico:

"Cien mil personas hacían cola antes del amanecer en Nueva York para dos mil trabajos". ¿Qué pasará con los noventa y ocho mil restantes? ¿Es por eso por lo que estáis construyendo más prisiones? Sí, el capitalismo ha triunfado. ¿Pero para quién?
Tenéis maravillas tecnológicas, habéis enviado al Hombre al espacio, ¿pero qué pasa con la gente que se queda en la Tierra? ¿Por qué están tan asustados? ¿Por qué se vuelven drogadictos, alcohólicos, por qué se vuelven locos y matan?

Sostiene un periódico.

Sí, está en los periódicos.Vuestros políticos están hinchados de orgullo. El mundo se moverá hacia "el sistema de la libre empresa", dicen.
¿Se han vuelto todos estúpidos? ¿Acaso no conocen la historia de la libertad de empresa? ¿Cuando los gobiernos no hacían nada por la gente y todo por los ricos? Cuando vuestro gobierno dio cien millones de acres de tierra a las compañías de ferrocarriles, pero miraban para otro lado cuando los inmigrantes chinos e irlandeses trabajaban doce horas al día en esos ferrocarriles y morían de frío o de calor. Y cuando los trabajadores se rebelaron y fueron a la huelga, el gobierno envió al ejército para aplastarlos hasta rendirse.
¿Por qué demonios escribí Das kapital si no era porque vi la miseria del capitalismo, de la "libre empresa"? En Inglaterra, a los niños se los puso a trabajar en la industria textil porque sus pequeños dedos podían trabajar mejor con los husos. En Estados Unidos, jóvenes chicas fueron a trabajar a las fábricas de Massachussetts a los diez años y morían a los veinticinco. Las ciudades eran cloacas de vicio y pobreza. Eso es el capitalismo, entonces y ahora.
Sí, veo los lujos publicitados en vuestras revistas y pantallas.

Suspira.

Sí, todas esas pantallas con todas esas fotos. ¡Veis mucho, pero sabéis tan poco! ¿Es que nadie lee Historia?

Está enfadado.

¿Pero qué mierda enseñan en la escuela ahora?

Las luces parpadean, amenazantes. Mira hacia arriba.

¡Qué susceptibles! Echo de menos a Jenny. Ella tendría algo que decir sobre todo esto. La vi morir, enferma y en la miseria al final. Pero seguro que se acordaba de nuestros años de placer, nuestros momentos de arrebato, en París, incluso en el Soho. Echo de menos a mis hijas...

Coge un periódico de nuevo, lee:

"Aniversario de la guerra del Golfo. El sabor dulce de una rápida victoria." Sí, sé de qué van estas guerras cortas y con sabor dulce, que dejan miles de cuerpos en los campos y niños muriendo por falta de comida y medicinas.

Agita el periódico.

En Europa, África o Palestina la gente se mata por las fronteras.

Está angustiado.

¿No oísteis lo que dije hace ciento cincuenta años? ¡Borrad esas ridículas fronteras nacionales! No más pasaportes o más visados, no más aduanas. No más banderas ni promesas de lealtad a ninguna entidad artificial llamada nación. ¡Trabajadores del mundo, uníos!

Se agarra con fuerza la cadera.

Oh, Dios, mi espalda me está matando... Lo confieso. No tuve en cuenta el ingenio del capitalismo para sobrevivir. No imaginé que habría medicamentos para mantener vivo al sistema enfermo. La guerra para mantener la industria funcionando, para volver a la gente loca con el patriotismo y que se olviden su miseria. Fanáticos religiosos prometiendo a las masas que Jesús volverá.

Menea su cabeza.

Conozco a Jesús. Él no volverá... Me equivoqué en 1848 pensando que el capitalismo estaba acabado. Mis cálculos eran un poco optimistas. Tal vez unos doscientos años.

Sonríe.

Pero será transformado. Todo el sistema actual será transformado. La gente no es idiota. Recuerdo a vuestro presidente Lincoln cuando decía que no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo. Su sentido común, su instinto por la decencia y la justicia, los llevará a unirse.
¡No os burléis! Ha pasado antes. Puede pasar otra vez, en una escala mucho mayor. Y cuando pase, los que mandan en la sociedad, todas sus riquezas y ejércitos no podrán evitarlo. Sus siervos rechazarán servir, sus soldados desobedecerán las órdenes.
Sí, el capitalismo ha creado maravillas sin igual en la Historia, los milagros de la tecnología y la ciencia. Pero está preparando su propia muerte. Su voraz apetito por el beneficio -¡más, más, más!- crea un mundo de caos. Todo lo convierte en mercancías para ser compradas y vendidas: arte, literatura, música, belleza incluso. Transforma al ser humano en mercancía. No sólo al trabajador de la fábrica, sino al médico, al científico, al abogado, al poeta, al artista: todos deben venderse para sobrevivir.
¿Y qué pasará cuando toda esa gente se dé cuenta de que son todos trabajadores, que tienen un enemigo común? Se unirán con otros para realizarse. Y no sólo en su propio país, porque el capitalismo necesita un mercado mundial. Su grito es ¡mercado libre! Porque necesita recorrer libremente todas las partes del globo para generar más beneficio. ¡Más, más, más! Pero haciendo eso, crea, sin darse cuenta, una cultura mundial. La gente cruza las fronteras como nunca antes en la Historia. Las ideas cruzan las fronteras. Necesariamente, algo nuevo saldrá de esto.

Se para, meditando.

Cuando estaba en París con Jenny en 1843 yo tenía 25 años, entonces escribí que en el nuevo sistema industrial la gente está alienada en su trabajo porque es insufrible para ellos. Están alienados de la naturaleza; las máquinas, el humo, los olores y el ruido invaden sus sentidos. Progreso, lo llaman. Están alienados de los otros porque están enfrentados unos contra otros, luchando por sobrevivir. Y están alienados de sí mismos, viviendo vidas que no son suyas, viviendo como no quieren vivir, de manera que una buena vida sólo es realizable en los sueños, en la fantasía.
Pero no tiene por qué ser así. Aún no es demasiado tarde para elegir. Sólo una oportunidad, lo reconozco. Nada es seguro. Eso está claro ahora. Yo estaba condenadamente seguro. Ahora lo sé, cualquier cosa puede pasar. ¡Pero la gente tiene que mover el culo!
¿Os parece demasiado radical? Recordad: ser radical es simplemente llegar a la raíz de los problemas. Y la raíz somos nosotros.
Tengo una sugerencia. Haced como que tenéis forúnculos. Haced como que estar sentados en vuestro culo os duele muchísimo, y por eso tenéis que estar de pie. Tenéis que moveros, tenéis que actuar.
No vamos a hablar más sobre el capitalismo o el socialismo. Vamos a hablar de la increíble riqueza que tiene la Tierra para los seres humanos. Dar a la gente lo que necesita: comida, medicinas, aire limpio, agua pura, árboles y hierba, casas agradables donde vivir, algunas horas de trabajo, más horas de ocio. No preguntéis quién lo merece. Todo ser humano lo merece.
En fin, es el momento de marcharse.

Recoge sus cosas. Se empieza a ir, se vuelve.

¿Os ofende mi regreso y que os provoque? Miradlo de esta manera. Es la segunda venida. Cristo no lo consiguió, por eso Marx lo hizo...

Fin.

Editorial Moncadista / Biblioteca OMEGALFA

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)