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Martes, 24 Abril 2012 15:13

Hacer cosas para que pasen cosas

Written by Cris Villarreal Navarro

Como las abejas doradas que están plasmadas en el escudo de Nuevo León, alegoría de la laboriosidad, desde muy temprana edad se me infundió el valor de la aplicación como una cualidad moral de la que tenía que sentirme orgullosa. En todos los ámbitos, empezando por el doméstico se me inculcó aquello del que madruga Dios lo ayuda y que para mantener la casa limpia y ordenada había que someterse a una dirección que asignaba tareas ineludibles que permitirían el funcionamiento óptimo de la familia en un entorno vivible. Con esos antecedentes, en la adolescencia esas nociones se extrapolaron al medio social y el activismo cobró dimensiones políticas y se me volvió consigna a respetar y cumplir para cambiar la vida y transformar el mundo.

En ese caldo de cultivo en el que se forja a cualquier vástago de una familia regia que se precie se contraponen otras características como la consabida competitividad amiga de la obsesión por el encumbramiento económico, la ambición desmedida por escalar en el status social, el individualismo y la total falta de compromiso con el entorno social. De ahí la muy común tendencia entre los nuestros a desentenderse de la cosa comunitaria y a adoptar una suerte de actitud neutral a todo lo que tenga que ver con el avance de los demás. Esta herencia cultural nefasta proviene también del sistemático lavado de cerebro de los medios informativos locales que desde décadas atrás instilaron como catecismo dogmático el anticomunismo y en consecuencia la total indiferencia ante iniciativas que tengan que ver con el bien colectivo.

Ahora que la ingobernabilidad nos ha rebasado y hasta los propietarios del periódico El Norte han huido del clima de inseguridad que prevalece es de cuestionar el resultado de esa cruzada inquisitoria que trajo como consecuencia una sociedad que presenta una actitud de enajenación contemplativa a todo de lo que sucede y un comportamiento paralizado que evade el bulto de la responsabilidad personal en todo lo que acontece.

En medio de este panorama local de perenne indolencia nos encontramos que las elecciones presidenciales de este 2012 están a la vuelta de la esquina y todavía se percibe el desdén por el trabajo de hormiga que todos quienes nos consideramos simpatizantes del proyecto de nación de López Obrador debemos emprender. Entre nosotros, debates, reflexiones, de lo que ya todos tenemos bien masticado y digerido deberían pasar a segundo plano y enfocarnos en cumplir con la tarea fundamental que el candidato de la Izquierda ha convocado un sin número de veces. López Obrador ha pedido a todos sus simpatizantes crear un comité del Movimiento de Regeneración Nacional en cada uno de las 75,000 secciones electorales del país. Nos exhorta, con toda su enorme calidad humana, a que nos volvamos protagonistas del cambio verdadero y que en estos tres meses que faltan (abril, mayo y junio) para el día de las elecciones, hablemos y convenzamos de la necesidad de crear un comité de MoReNa a cinco personas entre nuestros familiares, vecinos, amigos y compañeros y compañeras de trabajo.

Todos nos exasperamos por los mensajes canteados del duopolio televisivo oficial. Para contrarrestar su fuerza abrumadora, el Peje insiste en que todos nos convirtamos en entidades publicitarias y nos fijemos como objetivo publicitar su programa transformador en todas las vías que nos podamos ingeniar. No es suficiente compartir mensajes o fotos de MoReNa en las redes sociales. Las nuevas tecnologías nos ofrecen un sinnúmero de posibilidades para hacer campaña por nuestra cuenta. Al movimiento de los dedos en el teclado hay que agregar toda suerte de iniciativas a nuestro alcance: desde imprimir con nuestra impresora en casa o en el trabajo un logo de MoReNa con la petición del voto para Andrés Manuel y pegarlo en nuestro auto o medio de transporte; imprimir volantes pidiendo el voto para AMLO y dejarlos en el sitio donde se colocan los periódicos gratuitos en los supermercados; o hasta organizar un café-merienda electoral en el que invitemos a nuestros vecinos a levantar una lista de cuáles son los problemas del barrio para presentarla en el momento oportuno a la nueva administración del candidato del cambio verdadero.

Hijos preclaros de una cultura autoritaria, en Monterrey todavía hay gente que alimenta el ingenuo y cándido resabio de culpar al presidente, al gobernador o al presidente municipal de todos los males y exigen su renuncia inmediata como si el que viniera a sustituirlos tuviera poderes sobrenaturales para acabar con el caos reinante. Ya no se puede seguir con estas patrañas infantiles. Aunque conozcamos perfectamente la filiación ideológica o partidaria de nuestros vecinos, podemos invitarlos a cenar, o a comer, o a un café y respetuosamente presentarles copias de los Fundamentos para una República Amorosa o de los 50 Compromisos para recuperar el Orgullo Nacional, que fácilmente se pueden obtener en el Internet. También se puede conectar un cable HDMI de la computadora a la televisión para ver películas en línea e invitarlos a ver documentales como De la barbarie a la esperanza, o Quién es el Sr López que se pueden tomar desde YouTube. Tras la lectura del documento o al terminar la proyección, ofrecer una botana con refrescos y ahora sí debatir y convencer de la grandeza que conlleva el proyecto de nación de López Obrador.

En mi condición de paisana en los Estados Unidos, con pocos amigos para reclutar lo que hice fue poner en un periódico local por varias semanas un aviso en los clasificados invitando a simpatizantes de la candidatura de López Obrador a reunirnos en un restaurante local. La respuesta no pudo ser más halagadora: 14 paisanos y paisanas formamos nuestro Comité Internacional del Movimiento de Regeneración Nacional del Valle de Texas y el 21 de marzo participamos en la marcha anual que celebra el natalicio de César E. Chávez de LUPE (La Unión del Pueblo Entero) en San Juan, Texas. A esta nutrida manifestación, llevamos nuestra manta y las pancartas exhortando a los paisanos a votar por López Obrador.

Es un honor hacer eco de la petición del Peje y para el efecto de un dicho que muchas veces escuché decir a familiares allá en Anáhuac, Nuevo León: Hay que hacer cosas para que pasen cosas.