header
Miércoles, 28 Septiembre 2011 19:45

Estación Infame: crónica del 68 en Saltillo Coahuila

Written by Abraham Nuncio
abraham_nuncio_01

 

La primera noche dejaron la luz encendida hasta que amaneció. A la noche siguiente la apagaron después de que me quedé dormido. En algún momento me despertaron los movimientos bruscos de los soldados y de alguien a quien echaron como costal de papas dentro del salón improvisado como cárcel. Ya tenía compañía.

El preso número dos era acaso un preparatoriano y pertenecía al Partido Comunista, según me confió en las pocas frases que logramos intercambiar. Nos ordenaron permanecer en los extremos del salón y teníamos prohibido hablar entre nosotros. En un cuartel donde se mantenía a los soldados en el analfabetismo constitucional, lo cual parece aún norma vigente, era difícil alegar violaciones a nuestros derechos humanos. Así que decidimos comunicarnos clandestinamente mediante breves mensajes escritos en un papel de estraza. No recuerdo su nombre, sólo su figura delgada y su mirada vivaz. Fue el primero y el último militante comunista con el que hablé en Saltillo donde vivía desde principios de la década. Eduardo R. Blackaller era comunista, pero sin partido a la vista de él percibíamos sólo su marxismo elegante, su propensión pontificia, su cultura y destrezas musicales y unas botas rusas con las que regresó de Moscú y que –creo no equivocarme– aún calza.

La izquierda formal de la ciudad se mostraba tranquila y pintoresca. Encarnaba en el conocido profesor Casiano Campos, circunspecto autarca del Partido Popular Socialista. Tenía sus oficinas en una casa de la calle Zaragoza donde exhibía un par de autos rusos puestos a la venta para financiar –ese era el supuesto– las actividades de su partido. Nadie jamás vio un auto ruso rodar por las calles saltillenses y aquellos que estaban en exhibición exhalaban aires de museo y daban la sensación de hallarse incómodos, pues apenas cabían en el espacio a ellos destinado.

Había otro militante de izquierda: el C. Adrián Rodríguez García, Economista non por modestia, que hacía circular manifiestos casi todos los días –algunos de ellos bilingües– en donde llamaba a proclamarlo diputado por todos los distritos de Coahuila, o bien Presidente de la República. Creador de instituciones como el Banco Universal cuyo principio era de fácil comprensión: si a alguien le sobraba el dinero, que lo tirara a la calle, y si a alguien le faltaba, que lo recogiera; los Niños Farolito, o la Universidad Universo (UU), y de axiomas crípticos que aparecían en sus escritos firmados sin fecha para que no prescriba la acción y dirigidos a Pekín, Washington, Moscú y/o el Vaticano. En sus campañas políticas llegaba a pedir cincuenta, cien mil dólares, pero se conformaba con un peso si el aludido no tenía más para aportar a la causa.

Hasta la madrugada del 21 de septiembre de 1968, los comunistas de carne y hueso eran para mis seres pertenecientes a la zona crepuscular. Después supe que un grupo de ellos había estado presente en la mesa redonda convocada por la Asociación de Estudiantes de Saltillo en el Tecnológico de Monterrey para discutir los sucesos en torno al movimiento estudiantil y las respuestas del poder público a sus demandas.

Algunos recordarán que los estudiantes del Tecnológico y la Universidad de Nuevo León (aún no era autónoma) marcharon juntos por las calles de Monterrey en solidaridad con los universitarios y demás estudiantes reprimidos por el gobierno de Gusto Díaz Ordaz en la capital del país.

A esa mesa redonda celebrada en la Sociedad Mutualista Manuel Acuña fui invitado en calidad de periodista. Hacía más de un lustro que venía escribiendo una columna sobre temas políticos en un diario de la localidad: el Heraldo de Saltillo. Los otros invitados eran el estudiante Jesús Oranday y el cura Antonio Usabiaga. Moderaba Armando Fuentes Aguirre, Catón.

La reunión era tumultuaria. Algunos calculaban en dos mil personas el público asistente. Era demasiado, pero para un acto de esa naturaleza quinientos hubieran sido demasiado.

Fue como si una gigantesca ave Roc con el batir de sus alas hubiera empujado a la multitud de aquella noche a escuchar revelaciones o noticias prodigiosas. Simplemente anhelaba saber lo que los medios de información le negaban. Sobraban las muestras de inconformidad, irritación y hasta rencor hacia el régimen que no mucho tiempo atrás había sido recipiendario de la reverencia social.

Entre Arcadia y el sismo social

La universidad en Coahuila era un ámbito sustraído a la polis y al ejercicio ciudadano. Mientras que en otros estados de la República, para no hablar del Distrito Federal, los maestros y los padres de familia apoyaban el pliego petitorio y las acciones de los estudiantes, la sociedad saltillense miraba desde su Arcadia El Año de la Paz como si en realidad ésta existiera.

El ágora, para mí, tenía las dimensiones de una peña en alguna mesa del restaurante Élite: la peña de los intelectuales donde, literatura, política y citas (¿No conoces a Carlos Monsiváis? ¡Cómo!, lo cita Octavio Paz; el repentista e ingenioso Chava Flores contestará: Pues a mi también me citó, pero no fui) se hamacaban joycianamente en la salud del sarcasmo. Otras peñas, la de los aficionados al béisbol o a los toros, la de los médicos y hasta la de los militares se reunían en el lugar. Destacaban en ésta el general Antonio Romero Romero, comandante de la VI Zona Militar donde me mantuvieron recluido un poco más de las típicas 72 horas, el coronel Ricardo Aburto Valencia (entre burlas veras me dijo un día en relación a lo que escribía en mi columna: Usted es muy hocicón; en el mismo tono macho le contesté: Pero sostenedor), el general Antonio Cárdenas Rodríguez y el general Reynaldo Nuncio (donde se apellidaba como yo es porque debía ser mi tío, el hermano mayor de mi padre). Revolucionarios fueron todos.

Había otros breves resquicios por donde se colaba el espíritu insurgente de efectos multánimes. Como en cada barrio de los pueblos del país, Saltillo contaba con numerosos hemerotecas que recibían el nombre de peluquerías. Las revistas que ponían a disposición de sus clientes –Política, Siempre!, Por qué, La familia Burrón, Los Agachados, El Cuento, Life (en español)– aportaban más a la formación de ciudadanos con sus páginas que la escuela con sus pizarrones y maestros desconectados de la realidad.

Sus reportajes, artículos de opinión, fotografías, historias y narraciones eran ventanas desde las que el mundo nos bombeaba los dramas y tragedias del conflicto social que tenía lugar en calles, montañas y selvas. Así supimos de los cubanos barbudos que combatían a la dictadura de Batista remontados en la Sierra Maestra; de la Guerra de los seis días entre árabes y judíos; de los menudos vietnamitas librando una guerra desigual con la barbarie galonada que lo mismo masacró en la pequeña aldea de My Lai a numerosas familias en la mejor tradición nazi, que envenenó las aguas con napalm o lanzó millones de toneladas de bombas sobre los campos y selvas del antiguo Đại Việt; de Jan Palach prendiéndose fuego en las calles de Praga ante los tanques soviéticos; de los estudiantes de Nanterre y París lanzando adoquines a la policía y dejando todo un evangelio de imaginación política y literaria en los muros de la ciudad; de la pesadilla en que se tornó el sueño de Martin Luther King asesinado por las balas del fundamentalismo wasp; de los enfrentamientos en la convención demócrata de Chicago; de los Panteras Negras y del sonido y la furia en los barrios negros de Watts y Newark.

También supimos de las respuestas violentas y violatorias del régimen priista a los derechos y demandas de los trabajadores de la ciudad y el campo (ferrocarrileros, electricistas, telegrafistas, maestros, médicos, copreros); de la guerrilla de Rubén Jaramillo, de Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, de la de los hermanos Gámiz en nuevos episodios de la lucha por la tierra (Querían tierra, dénles hasta que se harten, dijo el general en el entierro colectivo de los guerrilleros muertos); de las primeras luchas estudiantiles y los ataques de las autoridades en contra de las universidades que alcanzaron un punto crítico en la Universidad Nicolaíta cuyo rector, el doctor Eli de Gortari, un Galileo mexicano, no escapó a la represión.

Las migajas informativas y opiniones tendenciosas de Televisa y El Sol del Norte de la siniestra cadena García Valseca, que obedecían puntualmente a la voluntad presidencial, nos eran compensadas por la información y puntos de vista de esas revistas. En su lectura fuimos accediendo a otro mundo de valores cuyos rostros y nombres eran los de jóvenes como nosotros: El rojo Cohn Bendit, Rudy Dutschke, Stokely Carmichael, Tom Hayden, Mario Savio, Jerry Rubin, Abbey Hoffman, Ángela Davis; jóvenes eran también las figuras del acompañamiento musical encabezado por los Beatles y los Rolling Stones. Y los que no eran jóvenes lo parecían: Jean Paul Sartre, José Revueltas, Ho Chi Minh, Mandela. Símbolo del espíritu insurgente era sin duda el Ché Guevara. Sobre su muerte hice un comentario en un programa radiofónico que tenía (De Boca en Boca) en la estación X.E.S.J. y no pude evitar que el llanto ocluyera mi garganta. Habíamos estado provincianamente orgullosos y candorosamente satisfechos de que, en un mundo de disturbios juveniles, México fuera un islote intocado, había dicho Díaz Ordaz en su cuarto informe de gobierno. Ignoraba el valor educativo de las peluquerías.

Para algunos –yo entre ellos–, las lecturas de ciertas revistas y libros escritos desde el perímetro socialista se fueron convirtiendo en un bagaje existencial. Durante los sesenta, el significado de las tres emes (Marx, Mao, Marcuse) adquirió popularidad. Una cuarta eme, la de Marshall Mcluhan, con orientación ideológica diferente, había aparecido en el horizonte cultural de la época.

abraham_nuncio_02

Ingenuidad, crítica y secuestro

Pero leer era una cosa y actuar políticamente otra muy distinta. Mi ingenuidad me permitió hablar en aquella mesa redonda como hablé:

Quisiera advertir sobre el carácter con el cual concurro a este debate: sobre todo para ahorrar trabajo a las mentes policíacas y a los preocupados por las clasificaciones. Soy un agitador, un provocador y un elemento subversivo, toda vez que la lógica pretoriana que nos infesta concluye que quien no hace de sus manos ociosas un aplauso incandescente e indiscriminado, y no ha querido aceptar la dinámica de la felicitación y el agradecimiento, y disiente, y aborda los problemas del país con criterios diferentes de los utilizados por los políticos profesionales, es un mal mexicano que atenta contra los sacratísimos bienes del orden y la paz públicos, estos conceptos de los que la demagogia ha hecho un sayo.

Los políticos de la época estaban blindados contra la salud del sarcasmo, y aunque no lo hubieran estado: para ellos el disenso era anatema. Pero nada peor que al Presidente de la República se lo juzgara de individuo patológico, como yo lo hice esa noche. Era no obstante un lenguaje comedido al lado de los denuestos que le lanzaban en las marchas los estudiantes indignados. En los años inmediatos advertí, leyendo a varios de los dirigentes del Comité Nacional de Huelga, la organización líder del movimiento, que nuestra indignación había tenido por mancuerna a la ingenuidad. De esa mancuerna se derivaron varios de los errores cometidos. Errores que han dado pie a algunos, recurriendo incluso el autoflagelo, para descalificar las decisiones del CNH. Aducen que el 2 de octubre no debió haberse convocado al mitin de la Plaza de las Tres Culturas. ¿Y eso autorizaba la presencia de los soldados de uniforme y vestidos de civil accionando sus armas en contra de la multitud inerme? No, es obvio. Sus participantes no hacían otra cosa que ejercer su derecho de asociación y reunión pacíficas consagrado en la Constitución. La ilegalidad estuvo siempre del lado de sus agresores.

En el curso de la mesa redonda se abordó una de las demandas del movimiento estudiantil: la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal. Aunque mi argumentación no era docta frente a la de los abogados –mis maestros– defensores de su justificación y permanencia, el público se identificaba con el sentido que tenía. Hasta que otro abogado, maestro mío también, hizo el historial y la crítica fundada de esas armas legales al servicio de la persecución y la venganza de los jefes natos.

Cuando la reunión estaba por finalizar, el sentimiento de saber qué seguía dio voz a una adolescente y le preguntó al moderador cuáles podían ser las acciones pertinentes. Armando (Catón) le contestó: hacer pintas, pegas, marchas. Con la malicia política de la que muchos carecíamos, la chica le preguntó: ¿Y usted se comprometería a encabezarlas? Armando contestó: Yo me comprometo. Qué hacer, diría Lenin. Y alguien propuso: un mitin. Yo me hice eco de esa y otras voces que al unísono expresaron lo mismo. Y en un santiamén los de la mesa, y casi el resto, con la excepción del cura Usabiaga, estábamos convocando a un mitin informativo para el lunes siguiente (ese día era viernes).

El mitin se realizó, pero yo no pude asistir como me lo proponía. El domingo apareció un desplegado al que su autor, el cura Usabiaga, titulaba Mitin: Borrachera de ieas. En el libelo, el aggiornado sacerdote señalaba que yo había sido el único responsable de haberlo convocado. A Catón, que se había comprometido a otras acciones, lo relevaba de toda responsabilidad. Mi situación resultaba más comprometedora de lo que yo pensaba. Mis antecedentes revolucionarios, además, gravitaban en contra mía. Un amigo mío (después de la mesa redonda me exhortaba por teléfono a la serenidad en una llamada que fue cuidadosamente grabada) y yo, planteamos el cambio del calendario escolar A al B. Estábamos en el segundo año de la carrera, y fuimos derrotados. El director, don Pancho García Cárdenas, a quien siempre quise malgré tout, renunció a su puesto y denunció a unos lobos que pretendían subvertir el orden de la Escuela de Jurisprudencia. Después de una junta en su casa, uno de sus sucesores salió a declarar que todos estaban conformes y contestes en que por ningún motivo el patriarca debía dejar la dirección. El principio de autoridad se reproducía hacia abajo desde la cima de la Presidencia de la República. Emilio Oyarzabal y yo nos convertimos en perros del mal.

Al día siguiente, después de dejar una carta en la presidencia municipal, cavilaba de regreso a mi casa. Mi padre recibió la noche anterior una llamada telefónica de un hombre que había sido rector de la Universidad de Coahuila y diputado federal, Salvador González Lobo: había una orden de aprehensión en mi contra, le confió. Mi padre me lo comunicó y me pidió, de la forma más aterciopelada posible, que no saliera. Siempre he recordado con cariño ese momento. Hubiera querido obedecerle, pero apenas lo contemplé: sentía haber adquirido una responsabilidad ineludible. Salí para dejar en la presidencia municipal la carta en la que comunicábamos que por la noche haríamos uso de la Plaza de Armas. De regreso a mi casa, por la calle Hidalgo, no reparé en un automóvil marca Chevrolet, verde, sin placas. Tenemos órdenes de tratarlo como a un caballero, me dijo un hombre que me cerró el paso. Otro, a mis espaldas, me tenía ya sujeto por el cinturón. Un tercero esperaba por el costado opuesto del auto.

Pronto, flanqueado por dos de los jayanes vestidos de civil, me veía yo conducir hacia la parte alta de Saltillo. Por el rumbo se hallaba la temible calera, una mina de cal donde –se decía– torturaban a los presos. No iba detenido, como dicen en la jerga sublegal los policías; por lo tanto, mi destino no era la cárcel preventiva de la ciudad. El mío era un secuestro. Y esto era lo que más me angustiaba en mi confinamiento de la VI Zona Militar. Nadie en mi familia sabía de mi paradero. Las horas corrían morosas. No había salido, según mi costumbre, con el libro que leía; por esos días era la novela Paradiso, de José Lezama Lima. Y las noticias que me traía el cocinero cuando me llevaba el desayuno, cuyo menú no variaba del de la comida y la cena (dos tortas de papa), más me deprimían: A lo mejor vamos a tener que hacernos cargo de la situación. Las tortas de papa venían, desde el segundo día, envueltas en papel de estraza pero también en papel periódico. El cocinero había aceptado mi ruego de traerme la primera y vuelta de El Sol del Norte. Como siempre, me hallaba con el vacío. Imposible informarme del curso de los acontecimientos; tampoco entendía lo absurdo de mi reclusión. ¿No eran mi padre y mi tío amigos del general Romero? ¿No tenía yo que conformarme con las declaraciones de Díaz Ordaz en su última Encíclica Presidencial? No admito que existan "presos políticos". "Preso político" es quien está privado de su libertad exclusivamente por sus ideas políticas, sin haber cometido delito alguno. Los actos metaconstitucionales del señor presidente tenían que dar lugar a interpretaciones metalegales. Luego, yo no era un preso político.

Las horas morosas se encogieron escandalosamente la madrugada del último día. Al cambio de guardia, uno de los soldados dijo al otro: Ya es hora, vamos a sacarlo. Se trataba de una broma, por supuesto. Pero yo no podía contener el temblor de mi mandíbula. Sin poder conciliar el sueño y cimbrado por ciertos espasmos, presencié el alba. Dormí hasta después del desayuno. Ese día por la tarde apareció mi padre en el salón donde un día asistimos los estudiantes de la Escuela de Jurisprudencia a un juicio marcial donde un soldado fue condenado a la pena de muerte por haber asesinado a un compañero de armas. Vámonos, Abrahamcito, me dijo como lo había hecho un día remoto en que un amigo mío y yo, que tenía doce años, decidimos fugarnos de casa para ir a Japón (sólo nos faltó cruzar el Pacífico para conseguirlo).

Mi liberación no me exentaba de otros pesares. El mitin, rodeado de policías y militares, había tenido lugar pero sin una conducción adecuada. Óscar, el menor de mis hermanos, denunció como pudo mi desaparición. La respuesta había sido más bien vaporosa. Por otra parte, mi periódico, el Heraldo de Saltillo, había publicado una nota ruin diciendo que se me había visto pidiendo aventón por la carretera Central. Aparte de agitador profesional, juilón. Las presiones y la represión no tenían el mínimo descuento.

Pronto todo volvió a la tranquilidad de la suave patria chica. El jefe de la zona militar, el gobernador, el presidente municipal, el que fuera rector de la Universidad de Coahuila y ahora comandaba a los diputados federales, y todos los demás burócratas de más arriba o de más abajo que habían aplaudido el asesinato de estudiantes inermes, despachaban, comían, bebían y se divertían igual que antes del 2 de octubre. Disfrutaron las Olimpíadas, así como otros las sentimos una ofensa a la injuria de que habíamos sido objeto. En Saltillo, como en el Macondo de la masacre anunciada por García Márquez, nunca pasaba ni pasa ni pasará nunca nada. Sin embargo, un día, al inicio de la década siguiente, los universitarios conquistaron la autonomía para su institución. Y en pleno movimiento, la cantata de Santa María de Iquique se escenificaba en el paraninfo del Ateneo Fuente, donde cursé el bachillerato, mientras en el exterior tenía lugar una asombrosa huelga –por ser la primera de esa magnitud– de los trabajadores del consorcio Cinsa-Cifunsa. El teatro y su doble, nada menos.

A cuarenta años de distancia de aquel momento –mortal para muchos– sólo puedo decir que hago mía la letra de la canción popularizada por la maravillosa Edith Piaf: Je ne regrete rien. Nada lamento y no olvido. Mis convicciones son las de entonces. Los actores, colores y estilos de la realidad política han cambiado; su esencia es la misma. Algunos se han bajado del cuadrilátero. A mí me daría vergüenza el sólo pensarlo.

Monterrey, N.L., octubre de 2008.

Abraham Nuncio.