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Miércoles, 28 Septiembre 2011 14:41

Memoria del 68 en el Distrito Federal

Written by Claudio Tapia Salinas

gdo_68Existen conceptos sobre la Historia, que me parecen reveladores. Uno de ellos, afirma que la historia es el relato de un suceso que no ocurrió, contado por alguien que no estuvo ahí. Otro, mas provocador, concluye que basta con entrevistar a los testigo del accidente de tráfico que acaba de pasar, para aprender a dudar de la historia.

El que más me atrae, perdonando el relativismo epistemológico, es el que dice: quien sabe que ocurrió, las cosas sucedieron como las recordamos, para poder contarlas, agrega el Gabo.

Nadie sabe exactamente como fue qué la sociedad civil se organizó en torno al movimiento estudiantil chilango del México 68. Como todo movimiento social importante, surgió de manera espontánea y por causas totalmente ajenas y circunstanciales. Resultó que, en la Ciudadela –lugar histórico en el que los sublevados Reyes y Félix Díaz protagonizaron el alzamiento conocido como la decena trágica – existía una explanada ideal para echarse una cascarita. Ahí estaban, el 22 de julio, jugando en retadora, los estudiantes de la Voca 2 del Poli contra los niños bien que hacían la Prepa en la Isaac Ochotorena, escuela patito a la que accedían, como último recurso, los que no aplicaban para entrar a la Nacional Preparatoria.

El partidazo de fút, frente a las pandillas de los Ciudadelos y los Araña, con porras y madrinas, coincidió además, con la feria anual que organizaban los agricultores de Zacatlán, Puebla, para vender en la misma Ciudadela sus manzanas y sidras.

Los del Poli y los pandilleros, al grito de "huelum, huelum...Politécnico gloria" acosaron y hasta nalguearon a las piernudas niñas fresas que en provocadora minifalda fungían como madrinas. Las ofendidas chavas, se refugiaron en su escuela y, llorando, acusaron a los bándalos de la agresión sufrida. Los cuates de la Prepa salieron en defensa de sus gordas (nombre genérico de las chavas) y se armó el zafarrancho.

No se sabe quien, si algún vecino, maestro o vendedor de manzanas que estaban siendo robadas en ese río revuelto, pero algún maduro – nadie mayor de treinta años es confiable, nos decíamos- Desconfía de esa muerte llamada madurez -llamó a la tira (tiranía), llegaron los granaderos y ¡zas! La pelea fue reprimida con tal brutalidad que decenas de pandilleros, estudiantes, jugadores, mirones y vendedores acabaron en los hospitales. Algunos dijeron que hubo muertos. No lo sé. Nada de eso me consta, pero todos lo contaban como si hubieran estado ahí.

Se iniciaba así, la escalada de protestas, reclamos y, la brutal represión como única respuesta autoritaria, que terminó el dos de octubre y cuya secuela, para muchos, dura hasta nuestros días.

No es posible hacer la cronología y el relato completo de todo lo que ocurrió. Por supuesto que hubo antecedentes de todo tipo que ayudan a explicar en parte lo sucedido. Por ejemplo, las gloriosas gestas estudiantiles en Berlín y Paris en el mes de Mayo, sintetizadas en las frases que jubilosos copiamos: "hagamos el amor, no la guerra", "muera el autoritario" "seamos libres" "seamos sensatos pidamos lo imposible" "prohibido prohibir" "la imaginación al poder".

Contundentes frases, grabadas en nuestras mentes, repetidas en las pintas, en las marchas y en la estridencia de los discursos en los mítines relámpago que organizábamos, sin hacer referencia directa a la necesaria democratización del país.

Si se leen con cuidado, se advierte que las reivindicaciones políticas del movimiento, no fueron a favor de la democracia, no de manera directa. Lo que pedimos fue, ¡libertad!, ¡paz y amor! y ¡diálogo! Esta última, sin duda, fue la palabra más repetida y coreada en el movimiento.

Insistimos en esas libertarias demandas, necios, sin cansarnos, sin rendirnos. Con la imaginación que nos hizo libres, empujamos hasta que la reclusión y la muerte nos atoró el grito en la garganta. Si bien hay que admitir que, sin proponérnoslo (¿con que?) y sin medir las consecuencias justificantes de la represión, temerariamente llegamos a corear: ¡no queremos olimpiadas, queremos revolución!

Asistíamos a las manifestaciones y a los mítines relámpago que las brigadas de estudiantes improvisábamos: ¡únete pueblo, te están explotando! ¡júntense, júntense, júntenseee! Al principio, indignados, denunciando la creciente represión y el autoritarismo del régimen, repartiendo volantes, después, demandando el cumplimiento de los puntos del pliego petitorio que como sabemos llegaron a 6, incluido el de la derogación del delito de disolución social que Calderón acaba de volver a promulgar en su reciente llamado a la unidad.

Jóvenes al fin, marchamos festivos, gozosos, al desmadre, al relajo, al ligue y al faje, a la aventura, al reto, a la desobediencia que nos hacia libres y al peligro, pasando, de la catarsis de la irreverencia ante el tirano, al desquite, con la espectacular mentada de madre que se llevó el genocida al inaugurar las Olimpiadas en el estadio de C.U.

¡Sal al balcón hocicón!

¡Ho, Ho, Ho Chi Min, Díaz Ordaz, chin, chin, chin!

¡Che, che, che Guevara, Díaz Ordaz vete a la chingada!

¿Qué no tiene Díaz Ordaz? Madre, ¿y si la tendría?, ¡la violaría

como violó la autonomía!

¡Fidel, Fidel, que tiene Fidel, que los americanos no pueden con él!

Salvo el liderazgo natural de maestros y personajes, como Elí de Gortari, Heberto Castillo, Marcué Pardiñas, José Revueltas y el propio rector Barros Sierra, no es cierto que el Consejo Nacional de Huelga (CNH) estuviera dirigido por los que ahora se dicen sus caudillos. Todo lo contrario, en la UNAM, con la experiencia del movimiento del 66 con el que cayó el Rector Chávez por su autoritarismo; además de que quedaron vetados los anteriores dirigentes de las desacreditadas Sociedades de Alumnos, se tomó la decisión de que, para evitar la cooptación a que está sujeto todo líder, los delegados al CNH, provenientes de las Prepas, Vocas, Escuelas y Facultades, fueran designados por los consejos de cada una de éstas, de manera rotativa, de tal forma que nadie podía representarlas por más de dos veces consecutivas. Igual criterio siguieron los del Politécnico con sus viejos líderes, dada la experiencia del brutal desalojo de los internados unos años antes. Así, sin caudillos que comprar, encarcelar o desaparecer, el movimiento no se podría frenar.

Por eso, desesperado, el gobierno autoritario decidió matar estudiantes y simpatizantes a discreción. "Razones de Estado". El, aquí aplaudido, "principio de autoridad".

Los que participamos en el movimiento gozamos de una gran autonomía de acción. Salvo el mínimo de acuerdos para organizar las marchas, tomados casi siempre a destiempo por el asambleismo que padecíamos, (se inscribían para hablar sobre lo que sigue, al rededor de 150 oradores, claro, cuando concluíamos, ya habían pasado varios días y sucedido cosas peores) en todo lo demás, nos movíamos a nuestro propio riesgo. Actuamos sin instrucciones ni consignas, siguiendo los boletines informativos del CNH. y, a contra pelo de lo que decía la Prensa vendida.

Lo único que daba cierta tranquilidad, era avisar al Consejo local lo que intentaban hacer los miembros de la brigada y reportar la conclusión de la tarea y sus logros (pintas en bancos, bardas, camiones, reparto de panfletos auto elaborados, botear, hablar con obreros, con otras escuelas, con padres de familia, etc. lo que se te ocurriera sin más límite que la imaginación) si en un tiempo razonable alguien no se reportaba, se iniciaba la búsqueda; había brigadas para eso. ¿Como surgió esa organización? ¿Quién la propuso? No lo sé. Se dio sobre la marcha.

El espontáneo surgimiento del movimiento estudiantil, en el que todos fuimos protagonistas, que aún con el apoyo de otras entidades fue eminentemente chilango y, el respaldo que le dio buena parte de la sociedad civil, ocurrió sin que nadie lo planeara, de improviso, por tanto, su organización no se la puede adjudicar ninguna institución académica, estudiantil, social o política. Menos aún los que se dicen sus lideres y se accedieron al poder ostentando una representación que nadie otorgó y una dirigencia que no ocurrió.