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Martes, 14 Junio 2011 23:56

La universidad sin utopías: la Uni y el Tec

Written by Alfonso Elizondo
itesmPara quién nació en Monterrey durante la primera mitad del siglo 20, la información fundamental que le legaron sus padres y sus maestros fue en el sentido de que el voluntarismo y la laboriosidad eran los únicos elementos que podían garantizar el éxito económico; siendo este paradigma la expresión unívoca de la felicidad humana. La religión, la urbanidad y las humanidades eran sólo ropajes necesarios para complementar el brillo de las personas exitosas y evitarles confrontaciones estériles con el resto de la sociedad.

En el hermoso valle regiomontano de luz gualda y perfiles rotundos, el paisaje no podía bailar como en el altiplano, ni se podía observar el rebrillo luminoso de los perfiles de la alta meseta. No era, por tanto, un escenario adecuado para los filósofos y los poetas. Hasta los grandes artistas plásticos tuvieron que limitar sus figuras con oscuros y gruesos trazos para poder acercarse más a la realidad del panorama regiomontano. Había que esperar hasta el verano para que Monterrey pudiera brindar el espectáculo deslumbrante de sus lívidos atardeceres. Entonces el paisaje flotaba como en el altiplano entre luces gualdas y magentas durante unos minutos maravillosos.

En Monterrey no había héroes a la altura del arte. Los únicos héroes eran quiénes habían logrado consolidar grandes fortunas con tenacidad, astucia y trabajo. Los poetas, los artistas y los filósofos habían venido del altiplano o de otras tierras lejanas donde el paisaje había sido hecho para el asombro y no estimaban el trabajo productivo en su real dimensión. Aunque se desdeñaba el valor del arte y las humanidades y se trataba de ocultar la falta de patriotismo de los regiomontanos durante las invasiones de Francia y de los Estados Unidos había un pequeño, pero importante sector de la masonería que se había instalado en la naciente institución de enseñanza superior en el Estado de Nuevo León y sembraba, con mucho éxito una visión mucho más crítica de la historia y de la cultura regional. E intentaba, por primera vez en la historia de la ciudad, darle una dimensión institucional a la disciplina filosófica, al arte y a las humanidades.

Hubo entonces grandes líderes y maestros de la Universidad de Nuevo León, entre quiénes destacan los rectores Dr. Ángel Martínez Villarreal, el Dr. Enrique C. Livas, el Lic. Raúl Rangel Frías, el Arquitecto Joaquín A. Mora y Don José Alvarado, quiénes cubrieron varias décadas, durante las cuáles la ciudad de Monterrey alcanzó el apogeo de su historia en artes y humanidades. Se creó la Facultad de Filosofía y Letras, la Escuela de Artes Plásticas, se fundó el Teatro Experimental Universitario y se impulsó la cultura en general a través del Departamento de Extensión Universitaria. En la década de los años cincuenta, la UNL patrocinaba dos revistas literarias, una cátedra magistral que se conocía como la Escuela de Verano y un Teatro Musical de Revista, mientras el Gobierno del Estado financiaba otras dos revistas literarias de escritores regiomontanos.

Pero en el mundo de los negocios estaban los verdaderos próceres regiomontanos, quiénes a falta de interés por la cultura ostentaban su fervor religioso en secciones reservadas de las iglesias locales y manifestaban su misericordia y caridad para los pobres mediante instituciones debidamente publicitadas y exentadas de las cargas fiscales. El humanismo y el interés por el arte se expresaba en instituciones similares pero que destacaban el carácter secundario y recreacional de dichas actividades. Las artes eran consideradas como una especie de merecido descanso espiritual para quiénes eran los verdaderos aristócratas de la Ciudad y para algunos de sus más fervientes y aduladores servidores.

Como la mayoría de los próceres locales de aquel entonces habían realizado sus estudios de educación superior en universidades estadounidenses, consideraban que todos los conceptos políticos, sociales, económicos y científicos de las universidades del país más exitoso del mundo debieran ser trasladados a los futuros empleados de sus empresas y crearon el ITESM (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey) que era una versión parroquial de una universidad dónde se cancelaron desde su inicio la investigación científica y el debate ideológico que históricamente han sido los dos elementos fundamentales de la Universidad. Aunque posteriormente se añadieron algunas ramas de humanidades al instituto tecnológico para que tuviera el toque sutil de las verdaderas universidades.

Este concepto de adoptar la ideología y la tecnología de los Estados Unidos sin pasarlos por el tamiz de la crítica fue difundido al resto del País a través de los exitosos empresarios regiomontanos y por la clase media alta, de modo que en unas cuántas décadas las universidades privadas desplazaron a la universidad pública que poco a poco fue desapareciendo. El debate de las ideas y la investigación científica se abandonaron en las universidades públicas y se hizo creer a la sociedad que el futuro de México se podía construir con franquicias comerciales extranjeras y con alimentos, tecnología, productos y servicios importados. La investigación científica cesó por completo y el debate político se trasladó de las ideas expresadas con palabras a la manipulación de las imágenes televisivas.

A principios de los años sesenta, cuando los mexicanos parecían haber encontrado su identidad y habían empezado a construir un nuevo país independiente y con un alto grado de autonomía, a pesar de su vecindad geográfica con el país más poderoso del mundo, la situación fue cambiando rápidamente al imponerse la visión del mundo estadounidense a las nuevas generaciones y para fines de los años setentas, una gran porción de la alta clase política, del servicio diplomático y de los maestros de educación superior ya provenía de las universidades privadas mexicanas o de los Estados Unidos y las nueva generación universitaria se volvía subsidiaria y apologista del gran poder económico global unipolar que surgiría a fines de los ochentas tras la debacle de la Unión Soviética.

En la Universidad de Nuevo León iba desapareciendo la investigación científica que se realizaba en la mayoría de las facultades, el departamento de Extensión Universitaria que atendía el arte y las humanidades había dejado de existir y las conexiones con universidades europeas habían desaparecido por completo. A los nuevos egresados de institutos de educación superior se les impuso el criterio neoconservador de que la sociedad humana ya había llegado a su culminación. La nueva sociedad ya no construiría su futuro sobre utopías, sino sobre lo real y existente. El nuevo mundo de los universitarios de América ya no se crearía sobre lo deseable, sino sobre lo posible. Todo estaba inventado y sólo habría que escoger lo más fácil y lo más barato. La verdad definitiva ya se había alcanzado en los Estados Unidos y el verdadero espíritu de la universidad había muerto.

A la ciudad de Monterrey y particularmente a los socios y maestros fundadores del ITESM les corresponde la gloria dudosa de haber sido los primeros apóstoles del apocalipsis de las ideologías y del fin de la Historia en el territorio mexicano. Ahora que el liderazgo político de México está totalmente integrado por los herederos de esta errónea visión de la realidad se puede comprender el fracaso de todos los gobiernos mexicanos a partir de Carlos Salinas. A través de la historia de la sociedad humana, las utopías han sido y serán la base de la evolución. Sin utopías, sin investigación científica y sin debate la vida humana carece de sentido.

Septiembre de 2008.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)