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Martes, 07 Junio 2011 13:10

Los años en que fuimos autónomos

Written by Cris Villarreal Navarro
aut 1Medio dormida, subo los escalones del camión cualquier temprana mañana de aquel otoño del 69. Traigo la mente perdida en los comunes múltiples pendientes de las clases y las tareas inconclusas, el estrés del trabajo cotidiano en la librería Cosmos y la agenda acuciante de las reuniones políticas. De pronto advierto una mano cubriendo la entrada del ánfora donde se deposita el pasaje. Levanto la vista para encontrarme con la mirada afectuosa del chofer del Ruta Alameda que me dice –Pásele. Este gesto era el mimo mayor que el pueblo me prodigaba en mis años de activista. Guardar de nuevo los 25 centavos, que era la tarifa estudiantil, en el bolsillo del pantalón de mezclilla y sentarme con mi morral en uno de los asientos del transporte que me llevaría a la Ciudad Universitaria es una de las vivencias que atesoro de aquel movimiento estudiantil de 1969 a 1971 para obtener y defender la autonomía de nuestra universidad.

Las luchas estudiantiles desde el 64: contra el examen de admisión para ingresar a la universidad; por el pase automático a la Facultad; de apoyo al pliego petitorio de los estudiantes de Filosofía; en contra de los periódicos intentos de la administración para aumentar las cuotas universitarias y la de mayor relevancia, el movimiento estudiantil nacional del 68; nos habían dejado experiencias de organización que acuñamos para usar en las luchas universitarias subsecuentes. Los compañeros activistas con quienes militaba eran, como yo, elementos decantados del Movimiento Espartaquista Revolucionario (MER) que en nuestra ciudad se escindió a finales de los sesentas cuando un sector de la Organización abrazó la línea de la lucha armada. El investigador Pablo Flores Luna, citado por Laura Castellanos en su libro México Armado 1943-1981, sostiene que el MER era "el sector intelectual más avanzado y radical de la izquierda mexicana". A los espartaquistas de Monterrey los describe como clasemedieros, estudiosos y disciplinados.

Aunque esta descripción de estatus social no aglutina a los obreros y campesinos que también formaban parte de nuestra Organización, cuidadosos con nuestras consignas y nuestras tareas políticas sí que éramos. Con un gran, abnegado amor a nuestro pueblo, un día en el activismo estudiantil en nuestra universidad, que en ese tiempo contaba con alrededor de 15,000 estudiantes, empezaba por una reunión en la cafetería de la escuela donde el grupo de militantes habituales se tornaba comité de lucha en funciones. Se asumía la representatividad de la mayoría silenciosa que se desentendía de lo que pasaba y agarraban la suspensión de actividades para presionar a las autoridades como vacaciones inesperadas. Como en todos los movimientos sociales de la historia, una minoría visionaria tomaba la palestra y era la que dirigía el proceso. Primero se veía ese día con cuánta gente se contaba. Vidales (+), Marín, Rubalcaba, Benavides, Edelmiro, Franco, el "Perro" Garza Montemayor (+) y cuanto compañero estuviera dispuesto a movilizarse, a agitar a las masas, era bienvenido.

De acuerdo con el número de estudiantes que estuvieran listos para salir a las calles, si eran quince o dieciséis se formaban cuatro brigadas de cuatro personas. A cada grupo se les asignaba una caja forrada y sellada para pedir cooperación al pueblo para continuar con nuestro Movimiento. A veces un grupo se descolgaba a la Rectoría o al Aula Magna, o al Hospital Universitario, instalaciones que teníamos tomadas, para participar en el rol de guardias. Otros que ya trabajaban sólo se apuntaban una hora para ir a "botear" y volantear entre los autos que se detenían en el semáforo por Avenida Universidad frente a la parada de los camiones urbanos San Nicolás. Todos teníamos claro que la labor prioritaria era informar al pueblo de la lucha que estaban librando sus hijos, los estudiantes que defendíamos su universidad.

También en la reunión matutina, de acuerdo con el número de brigadas que se habían formado, se nombraba una comisión para ir al corralón de la Ruta Alameda, negocio aledaño al antiguo Restaurante Niágara, para solicitar que nos prestaran camiones para que las brigadas de información al pueblo salieran a hacer mítines relámpago. Les hacíamos la petición formal para evitar contrariedades al pasaje que se tenía que bajar de la unidad al tomar un camión por asalto. También ofrecíamos a la administración que para no tener que pintarrajear la unidad con alguna consigna de nuestro movimiento llevábamos las mantas, que generalmente pintábamos durante la noche anterior y que amarrábamos a lo largo de los lados del camión. Los empleados de la central de operaciones de los camiones ya nos conocían y, como nosotros, consideraban que era mejor prestarnos los camiones que enterarse que andaban varias unidades tomadas por estudiantes que no sabían a qué horas iban a recuperar.

También en la agenda cotidiana de la salida de brigadas, otra comisión era enviada con algún compañero que trajera carro a un local frente a los Apartamentos Hermosillo en Mitras Centro en donde rentábamos aparatos de sonido con bocina y micrófono. Otra comisión daba cuenta de los volantes que se habían redactado con información fresca sobre el desarrollo del movimiento y que se habían impreso durante la noche anterior. La impresión de estos panfletos se hacía en algún mimeógrafo de alguna escuela controlada por alguna mesa directiva de nosotros los espartacos (Movimiento Espartaquista Revolucionario), o los jotaceros (Juventud Comunista), previa gratificación al velador.

Como pasa en la actualidad, con El Norte y los medios de información masiva dando un tratamiento parcial a los reclamos populares, a los universitarios no nos quedaba de otra que difundir nuestra demanda principal que era la obtención de la autonomía para nuestra Universidad por nuestros propios medios limitados y artesanales. La autonomía representaba para nosotros la posibilidad de instrumentar un gobierno universitario independiente del poder público y cuya orientación primordial fuera la solución de los apremios populares.

Se ha atacado al movimiento estudiantil que combatió estos años con todos los tradicionales lugares comunes desde alborotadores sin oficio ni beneficio hasta extremistas violentos promotores del caos. Sin embargo, los mismos activistas que conquistaron la autonomía para nuestra universidad, en noviembre del 69 redactaron, con la participación de un maestro y un estudiante por cada dependencia, una Ley Orgánica de la Universidad que consagraba el derecho de estudiantes y maestros a elegir a los directores de las preparatorias y facultades y al Rector. También en el ámbito educacional implementaron las demandas de la autogestión académica que se delinearon en la Primavera de Praga del 68 y por las que se luchó en la revolución del mayo francés.

Fruto de nuestra lucha fue la dirección equitativa que se conquistó en escuelas como la Preparatoria 2 y la Facultad de Filosofía que constituyeron juntas directivas paritarias con capacidad para elegir rector y directores y decidir sobre las reformas a los planes de estudio. Esta iniciativa transformadora no sólo modificaba la esclerótica estructura tradicional del proceso enseñanza aprendizaje sino la proyección revolucionaria de la universidad en la sociedad. Por su naturaleza avanzada fue atacada virulentamente por las fuerzas conservadoras del autoritarismo cerril hasta invalidarla.

En marzo del 71 Elizondo aprueba una Ley Orgánica de la Universidad donde establece a la Asamblea Popular, integrada por personalidades ajenas al campus, como máximo órgano de gobierno. En Junio del mismo año se promulga la ley orgánica vigente que proclama una perfectamente manipulable junta de gobierno como el órgano que designará al rector, directores y miembros de la Comisión de Hacienda. Legislación menos temeraria que la que pretendía imponernos un coronel de rector pero que liquida todas las instancias paritarias de autogobierno y doblega el proceso de democratización de la universidad.

Descontando que este movimiento estudiantil logró implantar en la dirección de la universidad a dos rectores democráticos como fueron el Dr. Oliverio Tijerina y el Ing. Ulises Leal, que logró frenar el influjo de las fuerzas oscurantistas al expulsar de la universidad al Dr. Roberto Moreira y fue un semillero ideológico de dirigentes sociales; todas las iniciativas por una auténtica reforma universitaria fueron con el tiempo aniquiladas. La única incidencia nacional que continúa vigente es el Movimiento de Tierra y Libertad, del cual nació el Partido del Trabajo.

Para concretizar la debacle del poder estudiantil y echar abajo las conquistas autogestoras, una vez que se aprobó la Ley Orgánica actual, la Facultad de Medicina fue la cabeza de playa en que se fraguó el golpe de estado contra la administración del Ing. Ulises Leal. El Grupo Médico desestabilizó la universidad al oponerse al pase automático orillando a la administración ulisista a fundar la Facultad de Medicina Aulas Anexas. Aliados con el gobierno del estado encabezado por Luis M. Farías, con el respaldo del gobierno federal echeverrista y la bendición del Grupo Empresarial, cortaron la asignación del presupuesto. La embestida contra la Universidad democrática encabezada por el Ing. Ulises sufrió toda clase de intimidaciones de porros, tomas violentas de escuelas, amenazas y vejaciones a profesores universitarios democráticos como fue el caso del Lic. Horacio Salazar Ortiz que fue golpeado y encañonado por un porro al subirse a su auto en la esquina de Villagrán y Calzada.

Es de particular interés mencionar la toma de la Preparatoria Dos en donde los porros se dirigieron a la biblioteca y sacando todos los libros, revistas y periódicos estudiantiles hicieron una pira con ellos en el patio de la escuela como en la mejor tradición fascista. Todos estos hechos han permanecido impunes incluso en la memoria histórica del Estado. Los medios informativos, personeros y cómplices de la clase empresarial se han cuidado muy bien de mantenerlos ocultos y en la amnesia colectiva.

Con la consigna de estabilizar la universidad, las reformas legislativas corporativistas con que Elizondo a la cabeza del grupo industrial regiomontano intentó privatizar la educación en 1969, a la vuelta de las cuatro últimas décadas fueron impecablemente instrumentadas. El plan se ha venido gestando en todos los ámbitos académicos a medida que la fuerza estudiantil ha desaparecido. A ritmo imperceptible, se empezó por el desmantelamiento de la planta de maestros pensantes a través de despidos masivos o jubilaciones tempranas, vino el aumento de cuotas y la reimplementación de trabas (exámenes de admisión) para el ingreso a la universidad.

A través de los últimos cuarenta años, con el empleo de porros en el campus que les hicieron el trabajo sucio y la mirada complaciente de los gobiernos cómplices, a su propio paso han sacado adelante todas las iniciativas del modelo neoliberal que desde entonces esgrimiera Elizondo. Monterrey resultó el exitoso laboratorio social en que se ensayó el patrón económico que los Chicos de Chicago implantarían en Chile tras el golpe de estado de Pinochet. Actualmente, como antes, el rector se nombra por el dedazo del gobernador en turno con la anuencia de los grupos económicamente poderosos y la inclinación de cabeza de los miembros de la Junta de Gobierno.

Hay muchas explicaciones sobre la derrota política de las fuerzas progresistas en nuestra universidad. Primero que las fuerzas de izquierda no estaban preparadas para una lucha a largo plazo. No tuvimos la disciplina que implica formar cuadros que a su vez formarían activistas que seguirían luchando en las aulas universitarias para mantener vivo el espíritu democrático hasta nuestros días. Otra sería la negociación de cuadros del Partido Comunista con el Grupo Médico que primero fueron neutralizados creándoles puestos y organismos para posteriormente, en cuanto los consideraron sin fuerza contestaría, si es que alguna vez la tuvieron, les dieron una patada enviándolos lejos del presupuesto público. Una tercera es que tras la cerrazón del sistema los dirigentes más iluminados se fueron a abrazar la vía armada dejando la dirección del movimiento estudiantil a la deriva.

Lo cierto es que en la actualidad, quienes dedicamos buena parte de nuestros años universitarios a la búsqueda de una universidad y una sociedad crítica, democrática y popular vemos que nuestra lucha en gran medida fue estéril. El grupo empresarial regiomontano y la clase política que lo protege dormirán completamente tranquilos al constatar que el grupo de profesionistas rapaces a su servicio y los porros que contrataron para "pacificar" el campus les consolidaron esta universidad elitista actual lacaya de sus intereses. Entidad de educación superior que los mandos iletrados de la administración pública dirigen como un botín de su propiedad, llena de estudiantes despolitizados identificados completamente con una clase a la que no pertenecen y cuyos frívolos sueños son convertirse en vasallos del capital en CEMEX o en alguna transnacional. Con una universidad incubadora de ciudadanos desclasados las tesis de Revueltas sobre la necesidad de crear un verdadero partido vanguardia que atienda la eterna disfuncionalidad del México con un proletariado sin cabeza siguen completamente vigentes.

Era con ese objetivo a largo plazo en mente, el de la creación del verdadero partido de la clase obrera, el campesinado, los estudiantes, las amas de casa y la sociedad en general, que el grupo de activistas a que pertenecía salíamos diariamente a brigadear. Fue en dos de esas salidas que en la central de los camiones Alameda nos asignaron al mismo chofer. Ese operario que menciono al principio de este escrito y que nos trajo recorriendo la ciudad arengando en la salida de los mercados populares, en las paradas de espera de camiones por Arteaga, por Juárez, a la salida de la Coliseo, de la Central de Autobuses o donde hubiera afluencia de gente. Recuerdo como estacionaba el camión en donde decidíamos hacer un mitin relámpago y se mezclaba entre la gente que se detenía momentáneamente a escuchar atentamente nuestros encendidos discursos. No faltó en esas reuniones espontáneas algún regiomontano despistado con síndrome de Estocolmo de los que tanto abundan: pobres y de derecha, que nos gritara el clásico ¡Gúevones, pónganse a estudiar! Pero en la mayoría de los casos los oyentes simpatizaban con nuestras demandas, entendían por quien andábamos luchando y nos aplaudían emocionados. En muchas ocasiones durante mis años universitarios, cuando esperando el camión Alameda camino a la Ciudad Universitaria me llegaba a tocar este chofer, nunca me cobró el pasaje. Su mirada solidaria al poner su mano sobre la cubierta del ánfora en que se depositaban las monedas del pasaje me alimentaba ese espejismo virtual que aún sigue alucinando la esperanza de quienes continuamos creyendo que en México no todo está perdido. Esa entelequia encerrada en la frase que tantas veces hemos gritado hasta quedarnos roncos en estas calles queridas de nuestro Monterrey: ¡El pueblo unido jamás será vencido!.

Agosto de 2009.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)