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Jueves, 27 Enero 2011 00:00

Primeros tiempos de CONARTE

Written by Eduardo Rubio Elosúa

fotowalo

El primer contacto que tuve con la idea de formar un Consejo para la Cultura en Nuevo León fue a raíz de una invitación a colaborar con el grupo de análisis que revisó las ponencias presentadas dentro del marco de unos foros de consulta popular realizados en 1994 por la entonces Secretaría de Desarrollo Social que dirigía Mentor Tijerina.

En estas reuniones, a las que asistíamos alrededor de veinte personas, que se celebraron cada quince días durante un poco más de seis meses, se fue perfilando el concepto del Consejo para la Cultura de Nuevo León. Bajo la dirección de Alejandra Rangel que entonces fungía como directora de las bibliotecas del Estado, se fue modelando la estructura que luego se le presentó al gobernador Sócrates Rizzo. A partir de dicha estructura se diseñó una propuesta de ley que dio nacimiento a este concepto emanado, supuestamente, de todos aquellos que tuvieron a bien participar en los foros de consulta popular. Digo supuestamente porque me consta que solo se tomaron en consideración las ideas que ya estaban encaminadas a la creación de dicho Consejo, y éstas, se manipularon a discreción haciendo que todo pareciese que había sido resultado de estos foros.

Semanas antes de que quedara formalmente instalado el Consejo para la Cultura de Nuevo León, el señor Sócrates Rizzo nos invitó a un pequeño grupo de promotores culturales a fin de que le ayudásemos a definir quién debería quedar al frente de dicho Consejo. En aquél momento yo le insistí y le externé varias razones de peso para que nombrara a Alejandra Rangel. Me pareció que ella, además de no tener necesidad de prestarse a bajezas por provenir de una familia acomodada y culta, tenía la inteligencia y el perfil adecuado para unir esfuerzos entre la iniciativa privada y el gobierno, lo cual se requería si realmente se pretendía hacer del Consejo un organismo autónomo descentralizado. En ningún momento tuve la pretensión o el interés de formar parte del Consejo dado que mi trayectoria siempre había sido como profesional independiente, bastante alejado de las estructuras gubernamentales e incluso de las instituciones culturales de la ciudad.

Cuál no sería mi sorpresa cuando un sábado a mediodía, estando impartiendo un curso en el museo Marco, recibo una inesperada llamada de Mentor Tijerina pidiéndome que por favor me presentara al día siguiente en el parque de los Niños Héroes porque el gobernador quería ofrecerme la Secretaría Técnica del Consejo. Le pedí que fuese un poco más explícito y me dijo: "Por favor llega media hora antes y allí te cuento cómo es la cosa". Francamente yo nunca imaginé que me fuesen a dar un cargo sin consultarme. Con cierta curiosidad por saber un poco más del puesto y de las condiciones, al día siguiente llegué efectivamente media hora antes y ni Mentor Tijerina, ni nadie más, me dijo de qué se trataba hasta que de pronto escuché mi nombramiento de boca del gobernador Rizzo en una rueda de prensa frente a todos los medios de comunicación.

Poco a poco me fue cayendo el veinte de que se trataba de un cargo público que implicaba trabajar de tiempo completo y sobretodo que implicaba responsabilidades legales que yo desconocía. Cuando le pregunté a Alejandra Rangel cuáles eran mis obligaciones, me dijo que estaban claramente definidas en la ley y que me presentara en las oficinas de la Subsecretaría de Cultura al día siguiente para que me hiciera entrega de mis oficinas y me presentara a quien sería mi secretaria. Realmente yo no entendía nada, por ello más que estar contento sentía que estaba dentro de una obra de teatro cuyo libreto desconocía por completo. Me parecía extrañísimo que nadie me hubiera siquiera preguntado si me interesaba el puesto, que no me explicaran en qué consistiría mi trabajo ni cuánto iba a ganar. No tenía la menor idea de nada.

Fue como a los quince días cuando me enteré que Alejandra Rangel se había auto asignado un sueldo miserable y obviamente no sería posible que un Secretario Técnico ganara más del doble que la Presidenta del Consejo. El sueldo que me ofreció no me alcanzaba ni para pagar las colegiaturas de mis hijas y además, el trabajo consumiría todo mi tiempo. Era una situación bastante incómoda y kafkiana.

Poco a poco fui entendiendo que sólo habíamos tres personas dentro del Consejo que recibiríamos un sueldo. También entendí que habíamos heredado a todo el personal de la Subsecretaría de Cultura. De ellos, yo no conocía prácticamente a nadie. Aquella situación me resultaba francamente aberrante. Teníamos que trabajar con personas a quienes no conocíamos y cuyas lealtades estaban fincadas en sus antiguos jefes. Recuerdo una ocasión en que solicité la ayuda a uno de los empleados de nivel medio superior para colgar en la pared unos dibujos para una exposición. De muy mala gana colgó uno y cuando le pedí que lo enderezara porque estaba chueco, lo descolgó de la pared, lo puso en el suelo y volteándose hacia mí con una gran prepotencia, y para mi desconcierto, me dijo: "que te ayude tu madre", y se fue. Se suponía que este era uno de los mejores empleados por haber estudiado becado varios años en París.

Mi trabajo consistía básicamente en convocar a las juntas a los veintiún miembros del Consejo. Tenía que hacerles llegar los proyectos que se iban a discutir para que los trajesen leídos. Debía mantener relación estrecha y participar en todas las reuniones de cada una de las comisiones que entre todos integramos; elaborar las actas de cada reunión y colaborar con ideas y proyectos que fuesen encaminados a impulsar la formación de investigadores, artistas, intelectuales y promotores. Debía trabajar en la manera de convencer a los diputados para que aprobasen un mayor presupuesto para la operación del Consejo. Igualmente, el día a día presentaba asuntos que debían ser atendidos, como por ejemplo ocuparse de establecer una relación con las asociaciones de diseñadores gráficos para convocar a concurso la imagen gráfica del Consejo; negociar con el Tesorero del Estado la contratación de nuevo personal eficiente; hacer contacto con todos los directores de cultura de los municipios del Estado para escuchar sus necesidades; atender a los medios de comunicación, etc.

Recuerdo que en una ocasión un periodista me preguntó qué cuándo se verían resultados de la operación del Consejo y yo con mucha honestidad le respondí que habría que esperar al menos tres años, lo cual publicó en primera plana de la sección cultural del periódico. La reacción inmediata de la presidenta y el vicepresidente del Consejo fue de escándalo político. Aunque fuese cierto habría que decirle a la prensa que ya se estaban viendo los resultados favorables y convencerlo de que formábamos un grupo altamente ejecutivo.

Recuerdo cuando en reunión del Consejo se tomó la decisión de cortar todas las cabezas de los programas y de los espacios que manejaba la Subsecretaría de Cultura, personas que eran leales al ex subsecretario, acto que Manuel Fernández el director ejecutivo de Conarte implementó de cuajo en una sola tarde. Igualmente se hizo un escándalo político y se me echaron encima los medios de comunicación. Parecía que no entendían que Conarte era un organismo autónomo integrado por profesionales de diversas ramas de la cultura y que, por ende, las decisiones deberían ser tomadas por consenso. Propuse, en la siguiente reunión, que se permitiese a los medios asistir a las reuniones del Consejo para que se percataran de la transparencia, lo que pareció como si hubiese detonado una bomba al interior del recinto. Mi moción fue rápidamente descartada por la presidenta y el vicepresidente del Consejo pues eso los comprometería a tener que cumplir con las decisiones allí tomadas.

Creo que ya no es necesario insistir en la idea de que yo no pretendía un hueso ni escalar peldaños dentro de la administración pública. Mi interés era dar apoyo real tanto a los artistas independientes como a los grupos organizados, las instituciones y los municipios.

La primera batalla que libramos fue con los diputados de la Comisión de Cultura del Congreso del Estado. Entonces el presupuesto anual de la Subsecretaría que fue el que heredamos nosotros era de cinco millones y medio de pesos. Por aquel entonces hubo una interesante polémica sobre cuánto destinaban los gobiernos de los países a sus programas de cultura. Se hablaba de que Francia invertía treinta y seis dólares por cada habitante, Alemania, treinta y cinco dólares, Inglaterra veintinueve dólares y Estados Unidos invertía tan solo tres dólares por habitante al año en programas culturales. Yo me tomé la molestia de calcular cuánto invertía el estado de Nuevo León por habitante y resultó que invertía diecisiete centavos de dólar por habitante. Expuse el caso a los diputados de dicha comisión estando presente el gobernador y, creo que por pura vergüenza, nos multiplicaron por cinco tantos el presupuesto anual, elevándolo a veintisiete millones y medio para la operación de 1996. Con ello tendríamos, al menos, cierto margen de maniobrabilidad.

Gracias a eso se pudo comenzar el proyecto de la Cineteca-fototeca y un poco después el Centro de las Artes. Para esto hay que reconocer que Alejandra Rangel jugó un papel insustituible en el proceso de realización de ambos proyectos. Su marido era entonces el presidente del Fideicomiso del Parque Fundidora y por ello le fue fácil conseguir la donación de ambos edificios. Sus demás relaciones personales y familiares lograron jugosas aportaciones en especie sin las cuales estos edificios no hubieran podido hacerse nunca. Durante la realización del proyecto del Centro de las Artes yo insistí sobremanera en que se destinara un espacio a un Centro de Documentación en donde se recogiese, almacenase, clasificase y se pusiese a la disposición de los historiadores e investigadores toda la información respecto a la historia y el acontecer diario de la vida cultural en el Estado tanto en el ámbito público como en el privado. Con mucha tristeza me percaté que solo a mí me preocupaba el ir reuniendo en un solo espacio esta información. Ahora que Conarte cumple catorce años me duele que hayan pasado otros catorce años sin que nadie se haya ocupado de recabar esa información, lo que complicará sin duda la tarea a los historiadores e investigadores que deseen información precisa de lo que ha sucedido durante estos años en el Estado.

El primer proyecto enteramente diseñado por mí que pude concretar fue el de traer a cinco galeristas de arte latinoamericano que operaban en los Estados Unidos. El objetivo era demostrar a los artistas plásticos de Nuevo León que la crisis que atravesábamos entonces (1995) era solo de nuestro país y que había un gran mercado para sus obras fuera de México. Se realizaron cinco largos encuentros en la Pinacoteca del Estado, uno cada noche durante toda una semana, con galeristas de Nueva York, Los Ángeles, Miami, Nueva Orleáns y Houston. Allí cualquiera podía preguntarles cualquier cosa. También realizamos, gracias a TV Nuevo León, grabaciones independientes de cómo cada uno de ellos seleccionaba a sus artistas, mismos programas que pusimos a disposición de todos los artistas plásticos del Estado.

Otro tema para mí muy relevante era la administración de la cultura y el tema de no dejar que el presupuesto anual se fuese por el caño y no se tuviese aunque fuera un pequeño porcentaje de recuperación que pudiera ser invertido en otros proyectos culturales. Propuse entonces hacer un simposio internacional acerca de la mercadotecnia de la cultura, a fin de demostrarles a todos los directores de cultura y promotores que si existen proyectos culturales de muy diversa índole que no solamente han logrado recuperar la inversión sino que han generado amplias utilidades. Se organizó entonces con una parte de conferencistas internacionales como los curadores de la exposición "Matisse" en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el director de la Opera de Santa Fe en Nuevo México, el director del Festival de Cine de Telluride, Arizona, el artista rumano Christo y su mujer Jeanne Claude, y a mexicanos como el director de la revista Artes de México, la directora y presidenta del Museo del Papalote, y a los artistas James Metcalf y Ana Pellicer radicados en Santa Clara del Cobre en Michoacán. Estos últimos iban a hablar sobre una carretera que une a Santa Clara del Cobre con Zirahuen, misma que diseñaron como obra de arte, como objeto utilitario y como proyecto altamente rentable, habiéndole dado trabajo a dos pueblos durante su trazo y construcción. La carretera se construyó a mano con la técnica de la Vía Apia de Roma, logrando con ello abatir los costos en un noventa por ciento respecto a lo que hubiese costado hacerla con maquinaria.

Este proyecto realizado en un área rural era, sin duda, el mejor ejemplo de cómo se puede lograr la transformación de una sociedad a base de ingenio. El proyecto del simposio se presentó ante el Consejo y fue aprobado por unanimidad. Al momento de requerir enviar un poco de dinero a Michoacán para desarrollar un video en el que le darían todo el crédito a Conarte, y unas fotos para ilustrar bien su exposición, la presidenta de Conarte se negó a firmar el cheque argumentando que si los artistas de Nuevo León se enteraban de que Conarte había apoyado la realización de un video hecho por artistas de otro estado se le iban a echar encima. Yo le dije que eso ya estaba discutido y aprobado por todos los consejeros y por más que discutí con ella no hubo manera de que cambiara su autoritaria decisión. A partir de esto aunque ya se tenían todas las participaciones confirmadas, cancelé el simposio.

Yo había propuesto programas como el de llevar conciertos, exposiciones, representaciones teatrales a todos los municipios, apoyándonos en la retribución en especie a la que se comprometían los becarios del Consejo, que dicho sea de paso, eran muchos y de muy diversas disciplinas. Llegué a proponer que se compraran dos autobuses para transportar grupos, utilería, etc. Y lo que me contestó Alejandra fue que no, porque no teníamos en donde estacionarlos.

Con estas actitudes y estas respuestas absurdas el desencanto rápidamente se apoderó de mí y decidí renunciar a ese cargo que no había solicitado. Ahí me di cuenta de que esto del Consejo era solo una pantalla y que Alejandra Rangel hacía lo que realmente se le pegaba en gana, pasaba por encima de todos y tomaba decisiones a diestra y siniestra apoyando más a aquellos que conocía o que eran sus amigos, desoyendo a los representantes de los gremios, ejerciendo el poder a la manera más pura de los viejos priístas. Ella pasaba por encima de la mayoría de las decisiones que tomaba el Consejo a pesar de que éstas quedaban asentadas en las actas de las reuniones. La inmensa mayoría de las decisiones siempre las tomó Alejandra Rangel a puerta cerrada dentro de su oficina.

Cuando asumí el cargo y la responsabilidad de la Secretaría Técnica del Consejo nunca me imaginé siquiera que sería un subordinado de Alejandra Rangel. Por ello, muchas veces me opuse a las decisiones que Alejandra tomaba de manera arbitraria, como aquella vez que dio apoyo y se unió a la toma simbólica de la ciudad por parte de los artistas al comienzo de los festejos por el cuarto centenario de la fundación de la ciudad. Yo me opuse terminantemente a ello y de suyo no asistí. Este "happening" fue televisado convirtiéndose en un absurdo sin pies ni cabeza. Me daba vergüenza que el Consejo apoyara acciones tan mediocres y sin planeación alguna. Ese evento fue el primer gran ridículo que patrocinó Conarte.

Realmente yo nunca he sido amigo ni de la mediocridad ni de la sumisión. A mi me costaba dinero trabajar en Conarte, yo tenía que poner dos tantos más de mi sueldo para solventar los gastos de mi casa y lo hice con gusto los tres primeros meses cuando todavía el Consejo no tomaba su verdadero perfil. Cuando me percaté del engaño y de que allí no se buscaba el beneficio social sino la ostentación del poder y que no se respetaban los acuerdos, presenté mi renuncia.

Al hablar de esto con Alejandra le comenté que cuando vemos un barco navegando sobre el agua, si tomamos como referencia la estela que deja y la proyectamos hacia delante nos damos una idea de hacia dónde se dirige ese barco. Le dije que según mis observaciones, veía con claridad hacia qué puerto se dirigía el Consejo y que yo no quería ir hacia allá, que prefería bajarme de ese barco. Ella me dijo: "pues te van a comer los tiburones". Yo estaba seguro de que aquello nunca iba a cambiar y por dignidad no podía formar parte de algo con lo que no estaba de acuerdo.

Nunca, a través de todos estos años, he tenido el interés por seguir el curso de ese barco. Seguramente los primeros tiempos de Conarte fueron los mejores. ¿Acaso los consejeros imaginaron alguna vez que sus propuestas no serían tomadas en cuenta? ¿Se habrá entendido alguna vez el verdadero sentido democrático del Consejo? ¿Sabremos los mexicanos trabajar en organismos en donde las decisiones no se tomen de manera vertical? ¿Habrá habido algún presidente de este Consejo que realmente haya respetado la voz y el voto de los representantes de los gremios? ¿Habrán podido deshacerse finalmente de esos setenta burócratas heredados de la Subsecretaría de Cultura acostumbrados a no hacer absolutamente nada y que cobran su sueldo quincenalmente o seguirá no habiendo fondos para despedirlos?¿Habrán encontrado finalmente los automóviles que eran propiedad de la Subsecretaría de Cultura y que nunca aparecieron? ¿Seguirán los choferes y las secretarias con sus prácticas de ponerse a beber alcohol los viernes por la tarde en horario de oficina y dentro de las instalaciones de Conarte?

En el fondo pienso que, por muchas razones, lo mejor sería desaparecer el Consejo para la Cultura de Nuevo León dado que se trata de una utopía en un país de personas sumisas. En su lugar propondría crear la Secretaría de Cultura que es como ha venido operando realmente Conarte para que sigan con sus prácticas antidemocráticas, su toma de decisiones verticales, sus manejos sin ninguna transparencia y operando dentro de esa mediocridad que tanto les gusta a los políticos. Esto sería a todas luces más honesto y se evitaría con ello que los consejeros pierdan inútilmente su valioso tiempo y se ahorraría el trabajo y el sueldo de un Secretario Técnico al menos.

Algún día me gustaría comentar la verdadera historia de Conarte con Mentor Tijerina quien me enredó sin querer en esta historia y fue el impulsor de su gestación.

Marzo de 2009.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)