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Miércoles, 12 Marzo 2014 09:46

Los hombres sin rostro

Written by Zacarías Jiménez

 espejo

Los Lara de la Ermita y nosotros los Espino nacimos para darnos en la madre hasta ver quién putas queda, así lo estableció mi santo padre don Plutarco, y si él lo dijo es porque así es. Según esto, andaban de perros en La Alameda, y preferí pasar el Domingo de Ramos en la taberna de Petrita mía.
A mediodía llegó mi hermano Esaú y, al fin ave de mal agüero, la bronca era segura, y la hubo porque a los pendejos nunca falta quién les haga segundas. Malhaya, en ese rato Petra llevó bebidas a tres pelaos que cantaban en una mesa. Uno le acarició la panocha, y el "no me agarre porque me apendeja" fue un ponte el saco para el Llanero Solitario escondido en el corazón de Esaú, quien soltó un soplamocos con destino para el atrevido, pero se le pandeó la intención y le pegó a Petra. Se distrajo con el "perdóname, yo no quería", y el pelao aprovechó para tortearle el hocico, cosa que sus amigos le festejaron con una risa que me hizo temblar el corazón del lado derecho. Quizá yo en un momento reflexivo les habría dicho: "guarden sus güevitos y vamos hablando como los hombres", pero ya me había encabronado. Esaú sostuvo de pie la embestida y encaró a su rival con una botella de vidrio que estrelló varias veces contra el suelo, aunque por más que saltaron chispas la botella no se quebraba. Tuve la impresión de que no se quebraría ni en el día del juicio final.
-Será de plástico esa madre-, dijo uno de los tipos y le pegó en la nuca; la botella se hizo añicos contra la pared y Esaú fue a caer de nalgas en el mingitorio. Eso querías, puñales, o quieres un huevito.
-No se conforman con estar pobres, sino hasta locos-, gritó Petra y se encerró en el baño; mi carnal quiso imitarla, aunque no pudo abrir la puerta ni a patadas.
- Ábreme, méndiga, no me dejes con estos vampiros-, lloriqueaba.
-Ya tienes pelos en el ojete y no maduras, carnal-, le dije y desconté al bato. Los demás se me vinieron encima, con la premura del ahora o nunca. Inspirado por la desventaja, los mantuve a raya echándoles sal en los ojos. Un güey se revolcó en las ansias del delirio; otro de plano lloró como puta. Quién quita y Esaú de perdido grite: "socorro, somos unas chiquillas, etc.", pensé, y le aventé el salero por el hocico al más grandulón. Nos trenzamos a las trompadas; y, la de malas, me estaba venciendo.
-Hazme el paro, hermanito-, grité.
Sin embargo, cuando él se apresuraba a descontar a un pelao, otro lo amenazó:
-Si le entras te jodemos una pata, más te vale ser amigo.
Chaqueteó. No había de otra, sino brincar el mostrador, pero Esaú me pescó de una pata. Caí de espalda contra el piso. No sentí tanto el golpe como la soledad maldita, que a veces duele más que la agonía de un gato. No conforme con haberse portado traicioneramente, Esaú intentó patearme el rostro, que es peor que robarle la sombra a un hombre. Le detuve el pie, y aun así me hirió una mano. Con la rabia hubiera querido sacar mi calibre 22 para quebrarlos parejo, pero los hombres del campo sabemos medir entre un pleito a muerte y el juego de las guantadas. No podía gastar las balas, a sabiendas de que los Lara andaban por ahí. Sólo restaba aguantar vara mientras se confiaban o se les iba el santo al cielo.
-Hagan fila, culantros-, gritó alguien de pronto (quién lo hubiera imaginado), había llegado mi peor enemigo, el Pirrín Lara, tumbando cabrones como quien tumba mazorcas.
-Hagan fila, para mandarlos más pronto a dónde ya saben, culantros-, gritaba.
Los batos sintieron el rigor del Pirrín, y prefirieron pintar su calavera:
-Jesús, María y José, patas para cuándo putas son.
Era el Pirrín de siempre.
-Venía a decidido a llevarme cercas y ojetes, mas me frena divisar que en tu sangre aún existen hombres-, me miró con odio y a la vez con disimulo, y le pegó en el hocico a mi carnal.
-Te voy a curar la culez-, le dijo y empezó a desenrollar la riata.
-Pídame lo que quiera, pero no me pegue, porque usted no es mi papá-, dijo en mala hora el que una vez fue mi hermano.
La rabia y la vergüenza se me resbalaron entre la mala suerte y el dolor de huesos. Malhaya, si no quebré al Pirrín en ese instante fue porque en un tiempo fuimos compadres, y a él sólo podía matarlo uno de mis hermanos; ya fuera Tiburcio o el puñales de Esaú, pero no yo, que soy Valente.
-Toquémonos el corazón para ver quién es más puñetas-, sugirió el Pirrín.
Yo esperaba que Esaú se le fuera de perdido a las mordidas, pero el viejo le tocó el corazón y hasta la honra. Cuando quise pararme, se me doblaron las corvas, quizá se me habían dormido por el agüite. Una carcajada fue la respuesta del Pirrín. Te estás chiflando de más, ojete, pensé. El colmo de los colmos fue cuando lanzó una puya que me sigue doliendo hasta los tuétanos más íntimos del sentimiento:
-Chinguen a su madre todos, menos mi compadre también.
Luego puso su cuchillo a mi carnal en la garganta, quien poco a poco se fue hincando ante su maldita suerte. Era el colmo, no tuve más remedio que soltarle un plomazo por la espalda a mi compadre, al fin que de frente o por la espalda todos modos iba a pintar su calavera. Con el resto de la carga hice trizas el espejo: no es bueno que los muertos contaminen la imagen de nuestra salvación. Nomás guardé una bala por aquello de no te entumas. Los vidrios rebotaron contra la pared y en las mesas como rebotan en el mundo las esperanzas.
Petra gritaba en el baño como esquizofrénica, y yo supe que si la vida se salva es por la bendita locura de una hembra.
-Preferible quebrar a un hermano que a un compadre, lástima que olviden la religión, no somos eternos-, decía el Pirrín, mientras se arrastraba como víbora, blandiendo su cuchillo para despacharse a Esaú, quien corrió a refugiarse a la sombra de Elodio el cantinero, que llegaba en ese rato a relevar a Petra en su turno. Mi carnal lo identificó como su ángel guardián, aunque Elodio ya se había miado nomás de ver al Pirrín hecho un lobo feroz.
-Ayúdame, me quieren joder-, imploraba Esaú.
Quién sabe qué malevos recuerdos pasaron por la mente de Elodio, pues su semblante cambió. Y al descargar una botella de brandy en repetidas ocasiones sobre la humanidad del Pirrín, pudo vérsele un siglo de rencor y toneladas de espera callada. El cuchillo voló para estrellarse contra la pared.
-Dame chance de desquitarme-, dijo Esaú, envalentonado, y le arrimó una patada en los güevos. Dos lágrimas cruzaron los bigotes del Pirrín, que apretaba la boca para no dejar escapar los últimos vestigios de su hombría. Quizá no gritó por causa de Petra, quien salió echa madre de la cantina para perderse en los recovecos de la tarde.
- Eres bueno para los trompos, Esaú
-Es que tiré guantes en mi adolescencia, fui muy cabrón.
Qué mal se veía el pinche par de ojetes ante un indefenso macho.
De repente, Elodio jaló a Esaú y lo lanzó a la calle por otra puerta.
-Rápido, llégale. Si te quedas, la paleta será para mí.
-Déjame matar a esta pinche araña a sombrerazos.
-Vete o te arrimo una putiza, ¿no ves?, ahí vienen los policías.
Esaú huyó, y yo me escondí en el water clandestino donde Petra instituyó su centro de operaciones, desde ahí pude atestiguar las maniobras del enemigo.
-Qué putas pasó aquí-, preguntó el comandante.
-Unos pandilleros, jefe-, murmuró Elodio -querían llevarse a Petra a la fuerza y el Pirrín, al fin machito, los hizo parir cuates, querían agarrar pichón y les salió gavilancillo.
-Adió.
-Nomás por puro miedo, lo balacearon.
-¿Cierto, Eustorgio?-, el comandante encaró al Pirrín -. Qué se me hace. Ustedes y los Espino viven agarrados del cogote.
-Nada personal, comandante, asuntos de la borrachera y de mala voluntad, me está llevando la fregada. Ah, tráiganme a un doctor.
-Pues por ahí me contaron que les mataste un burro que para ellos era casi de la familia, ¿qué tal si las cosas llegan a mayores?: no pagas ni con la honra. No seas... (aquí dijo una mala palabra).
Luego de que una ambulancia se llevó al Pirrín, el comandante dijo que acabaría con el crimen así costara tiempo, dinero y vidas humanas, que este momento histórico urge preservar la paz ciudadana y la libertad clandestina de los pueblos. Es puro cabrón el comandante.

Ayer, los Lara se fueron descalzos y a pie hasta Matehuala, por encargo del Pirrín, quien será lo que sea, pero nunca olvidó los ritos de sus mayores, por eso sus perros no han venido a vengarlo. Según esto, al llegar al Hospital, el Pirrín maldijo a los Espino antes de estirar la pata, y eso duele. ¿Por qué matar a un compadre habiendo tanta hiena? Tuve que venadearlo por culpa de Esaú.
Han de venir los Lara en la hora exacta del fin, pero ya me mató la fuerza de mi propia sangre, mi hermano. Por eso, apenas llegue, lo despacho al otro barrio por candil. Elodio sabe de mis intenciones y ha salido dizque a comprar chile piquín.

-Qué pues con esa nuez-, murmura Esaú al entrar.
-¿Qué tengo yo contigo?
Apenas la bala de mi 22 le penetra la barriga me siento el más infeliz del mundo, como cuando me eché mi primera calavera: A Benigno Lara, padre del Pirrín, quien hizo abortar a Petra mi vieja a puros madrazos. Mi vieja, en ese tiempo propiedad de Benigno, había ido al Bar Savoy a pedirle el gasto; él ni la peló, siguió jugando al burro encalabazado con sus cabrones.
Malhaya la hora, mi hermano Tiburcio, otro puñales, quiso abusar de ella.
-Por caridad-, imploró Petra, -no me haga daño, señor, porque estoy preñada.
-Perdón-, dijo Tiburcio, y se sentó llorar en una mesa como una chiquilla.
Benigno se enfureció como nunca lo había hecho, ni lo hará más.
-Conque andas panzona ¿eh? ¿Acaso me pediste permiso?-, todo fue oírla y arrinconarla a patadas hasta hacerla gemir con la intensidad muda de los pájaros entre hormigas y cuando saborean el último rastro de luz.
-Por piedad, máteme en la casa; aquí, no.
-Cállate, no tienes derecho ni a ladrar. No te cuidaste por pendejismo.
Benigno le soltaba más patadas, y los gemidos de la mujer poco a poco me congelaron las quijadas, y sentí tan caliente la mollera que, sin decir agua va, desenfundé la pistola y mandé a Benigno en busca de su maldito ombligo.
Después me amarré a Petra, y ahí comenzó una historia no apta para oligofrénicos.
Cuervo enloquecido, la sangre de Esaú escapa por las heridas y me duele, me vale, o no sé. Quisiera darle otro balazo en la cabeza. No, le voy a cobrar caro el destino del Pirrín, muy cabrón pero era mi compadre. Le arrancaré la sombra del rostro a navajazos, así, así.
-Ande, cabrón, qué sería de nosotros, si no existiera la muerte.
-No, Valentín, ya no. Tenme un poquito de lástima.
- Ora sí ¿no?, pero qué tal ora que me hizo pecar contra mi compadre.
Desconocido de sí mismo se convulsiona, jala aire por el hocico, cansado tal vez, pretende alargar su eternidad, ya perdido en esta vida y en la otra, el puro hueso, porque los hombres sin rostro no tienen alma. Gimotea. Así lloraba de niño cuando la bondad lo visitó por accidente. No hay salvación para él, ni aspirará al cielo de las luciérnagas o el de las rosas. Sólo habrá sitio para su alma en tinieblas donde poco abona el dolor y la sangre grita desde las entrañas de la tierra antes de borrar el perdón de la existencia.