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Viernes, 07 Marzo 2014 09:48

Martes de carne *

Written by Roberto Maldonado Espejo

 

espejo cantina

(Capítulo 12 de la novela Martes de Carne)

LA ARAÑA, LA CHALUPA, LA ESCALERA, EL DIABLITO Y LA ROSA. CARTA DE LA MALA SUERTE

...Ven dame un beso pelona
Que ando huérfano de amores

El sudor era más copioso tras las bambalinas improvisadas para el festejo de despedida. En medio del trajinar de artistas que entraban y salían, tramoyistas, invitados pobres, merolicos, muñecos de ventrílocuo, mojigangas, meretrices, amantes despistados, padrotes celosos y aprendices de madrotas, Che Araña preguntaba cuánto tiempo le quedaba.
-Cuando te griten sales. -Le contestaba una voz perdida en el barullo.
Tocó de nuevo en la puerta del baño que hacía de camerino y le respondió un estruendo de pomos, focos y espejos quebrándose al otro lado de la puerta.
-Abríme, ingrata, no ves vos el juramento que te tengo... –sollozó empujando la puerta con miedo y esperanza.
La puerta se entreabrió y asomó una cara joven con sonrisa fingida.
-Y tú que dijiste, a esta la sigo haciendo pendeja, ¿no?
La rendija se hizo más grande, el Che soltó un suspiro ahogado y cuando avanzó con gesto humilde, la mujer le aventó en la cara un bulto de hule espuma y telas.
-Como dos extraños... – Se dijo medio hincado y con el bulto entre los brazos, acariciándolo, sin dejar de ver a la puerta del camerino con los ojos fijos en la estrella de papel aluminio que decía Che con letras verdes; luego se hizo ovillo abrazando el hule espuma. Lloró entre los pies de unas coristas que salían corriendo del escenario, perseguidas por Dámaso Pérez Prado que les quería pellizcar las nalgas.
Buscó a la Escalera Grande con los ojos, pero sólo oyó el rumor de la indiferencia tras la puerta y se sintió abandonado, sin remedio. Desdobló a Nostalgias que tenía los pies junto a la cara y las piernas detenidas con los brazos anudados en la espalda, la sacudió, le cepilló los pelos con los dedos y entre lágrimas la besó en la frente. Las gotas de llanto se filtraron en el hule espuma y descorrieron el maquillaje corriente, dejando manchas un poco más oscuras.
-¡Che, a escena en cinco minutos!-
Quiso gritar de nuevo hacia el interior del camerino, pero resignado al enojo de su compañera de baile, empezó a amarrar en sus zapatos los cordones que Nostalgias tenía en los de ella, luego buscó con la mirada alguien que le ayudara con las cintas que unirían las muñecas de sus manos a las manos de la muñeca.
Había llegado a la panadería sin dormir la siesta, temprano, para cumplir con un encargo, y decidió caminar unas cuadras más al norte para ver de día dónde transcurrían sus noches. Recargado en el poste, recorrió con los ojos, de derecha a izquierda y viceversa, la acera que tenía enfrente. Los rayos del sol, rebotados en algunas nubes perezosas, provocaban un rojizo temblor opacando el letrero apagado sobre la marquesina. Las puertas cerradas le daban el aire de brillo perdido o grandeza en el olvido. Frunció el ceño para hinchar los párpados, como si achicando los ojos mejorara el foco de una visión que quería conservar más allá de esa luz menguada por la media tarde e incluyó la aridez de la rotonda en primer plano, consciente de que al siguiente día el trozo de pavimento y la reverberación del calor no tendrían como fondo al burdel de sus amores.
Así se fabricaba los sentimientos que le eran más caros, proyectándolos a otro tiempo no acaecido, como si con ello tuviera la visión de un futuro triste donde él continuaba vivo como testigo del paso de las cosas, como si en este momento él estuviera en lo que no ha pasado todavía, como si siempre estuviera haciéndose otro. Llegué a disfrutar, de veras, estas pequeñas derrotas que me hacían retirarme sonriendo a buscar otros encargos, al fin y al cabo, el Che tenía mi marca desde antes de inventarse ese extraño modo de la nostalgia que hacía del porvenir un pretérito. Y aunque su sueño de eternidad me ofendía, se lo perdonaba porque me acercaba a otro objeto de mi curiosidad: la piedad. Recargado en el poste se fue inventando ese sentimiento que acompañaba su existencia, esa sensación de vaguedad en el tiempo que a pesar de la costumbre, encontraba el instinto para sentirse como nuevo. Recogió la mirada, sacudió las solapas del saco de Rayita de gis, verificó la posición de las hombreras y el nudo mojado de la corbata roja mientras desandaba esas cuadras que había caminado, batallando con el sudor, sólo para nostalgiar. Le ardieron los ojos porque la seda del pañuelo no absorbía lo suficiente; el aire era revoloteado por los camiones al pasar y él volvía a acomodarse las hombreras del saco que cada día eran más holgadas y se resistían a detenerse sobre los hombros como le gustaba, con los brazos fuera del saco.
Entró a La Estrella Roja y luego de recorrer con la mirada las vitrinas llenas de pan, se sentó a la barra y pidió lo de costumbre. El Nopal le trajo un vaso de café con leche, una empanada y un volcán. Tomó un puñado de servilletas y logró, al fin, secarse el sudor de la cara.
-¿No ha llegado doña Rosa?
-No –Contestó el dependiente pasando una franela roja por la formica de la barra.
Che vació cuatro cucharadas de azúcar en el vaso, sorbió la punta de la cuchara y se volvió a secar el sudor con otro manojo de servilletas.
-¿Mucho calor?
-Buen tiempo...
-Quítese el saco, hombre...
-Llega cuando se le antoja, ¿verdad?
-Ora quién...
-Doña Rosa, pues, desde que se enfermó el patrón hace lo que le da la gana...
-Así son las viejas.
-Sí: primero dicen que te dan la vida y luego te la cobran con la tuya y la de otros...
-Yo le dije a don Gelasio que...
-Pues primero lo dejó viudo, ¿no?
-Usté cree que ella...
-Claro, hombre.
-Con razón se murió redepente la señora...
-Eso es lo malo, que cuando te hacén un trabajito negro ni en cuenta nadie, ¿no te fijás vos que don Gelasio enfermó cuando quiso vender la panadería para irse con su hija a Estados Unidos?
-¿Sí, verdá? A ver, cuénteme Che
-Buenas –Dijo desde la puerta doña Rosa -¿Y ora por qué tan temprano?
El Che partió la empanada en dos, mordió el relleno y sorbió café, se limpió los labios, se levantó y le tomó la mano a doña Rosa inclinándose a besarla.
-No, no, hágase pa´llá –Dijo la mujer con repugnancia –A mí no me gustan sus tangos.
-Discúlpeme, doña Rosa, es algo así como un acto reflejo ante las damas... -Dijo sacando el pañuelo de seda y pasándoselo por la frente.
-Ahí le dejaron un encargo. -Sacó, de abajo de la vieja caja registradora, un sobre gordo y se lo aventó frente al café.
-¿Quién lo trajo, doña?
-Mire qué curioso, ellos me preguntaron que quién lo iba a recibir...
-¿Y?
-Unos guaruras muy elegantes se pararon aquí enfrente en un carrazo gris, luego lueguito se veía que no venían por pan. Dejaron eso pa' que se lo entregara.
-¿Y qué les dijo? –Preguntó mojando un trozo de volcán en el café.
-Por qué le tiemblan las manos, hombre, relájese, lo que tiene que pasar pasará... –Lo sorprendió ella alargándole otro puñado de servilletas.
-Ay, doña Rosa, es una vieja historia de amores, verá... -Dijo llevándose el pan ensopado a la boca.
-No, no, no me cuente nada, no quiero saber de sus tejes y manejes.
Avergonzado ante El Nopal, que en ese momento llevaba unas charolas vacías hacia los hornos, quedó en silencio por unos momentos.
-Cuídese mucho de ese fulano...
-¿Por qué?
-Anda contando quién sabe qué chismes de usted.
-¿Cómo qué?
-Pues verá, cuando llegué me dijo que usted hacía lo que le daba la gana con don Gelasio...
-A ver, a ver, barájemela más despacio...
-Sí, que usted tenía embrujado a don Gelasio..
-¿Tanto así?
-Mejor ya no le cuento, no vaya a ser que le diga y...
-No, hombre, no le diré nada...
-Pues fíjese que... –Y le llegó el crepúsculo entre seis cafés con leche y ocho panes.
Aún no salía de La Estrella Roja y ya extrañaba el olor del pan, el aroma del café recocido y el perfume de rosas de la doña; encontró el calor de los aceites derramados sobre el pavimento, la combustión interna de motores desalmados y el vientecillo impotente, arrabalero y aún caluroso paseando por las calles con vocación nocturna. Caminó como una brújula herida buscando un norte extraño; con un ligero temblor estomacal y el sudor a cuestas, pensó qué haría, qué estaría haciendo y qué estaría haciendo con quién que podría ser cualquiera en ese momento; se consoló: ha de estar bañándose, pronunció en voz alta para sí mismo pensando en la hora, luchando con una imaginación ingrata que lo ponía en el camino de la carne madura y maciza de la Escalera Grande, pero recorrida por otro, por otros, por un fantasma cachondo y siempre joven que se multiplicaba en todos los posibles, en todo aquel que a su juicio enfermo, era prospecto no para disfrutar a ese mujerón, eso no dolía tanto en las costumbres del oficio, no, dolor era que ella gozara, que recorriera a lengua y fuego, leche y cuerpo a todos los imaginados por él e inventados por el mundo. En el anochecer magenta lo vi caminar en la pérdida de una insulsa figura ya bastante maltratada por hambres, desvelos y, sobre todo, por amores perdidos. Yo, la siempre hambrienta, la más de todas, conocí con él la podredumbre de los celos, el hedor de la duda acumulada y ciega, el mosquerío que deja en la experiencia la carne inalcanzable; por un instante quise ser la Escalera Grande, hubiera querido ser cubierta de tan bárbaro amor y aprovechando que iba cabizbajo, me le aparecí en un charco de diesel al lado de la banqueta. De seguro me vio entre lágrimas porque dijo: Me acobardó la soledad y el miedo enorme de morir lejos de ti. Y lo dejé seguir buscando el engaño que mi hermana menor le tenía en el destino para que siempre fuera niño.
-Das la vuelta sobre el mismo rizo. –Le había dicho Raberiano el día anterior.
-No se burle, no ve que traigo la noble entraña hecha pedazos...
-Tu corazón no te da pa' mucho... Qué empezó a dolerte, ¿el amor de siempre o el nuevo? Digo, porque el tuyo es un amor muy viejo. –Se carcajeó el viejo con esa risa que le arqueaba las cejas.
-Qué me vas vos a hablar de amores... –Contestó el Che irguiéndose con los pies cruzados, la mano izquierda en el pecho adelantado y la derecha en alto, como brindando ese toro bravo que es un tango bien cantado y mejor bailado –Cómo es que vos te hacés rico con lo que más amo y cada vez es menos mío.
-Nunca quieras mal, total la vida qué importa si es tan finita y tan corta.
-Recuerdo su desdén, evoco sin razón, la escucho sin que esté.
-No te aflija el esquinazo del dolor y si el amor te hace caso no le niegues tu pedazo de candor...
-El vértigo final de un rencor sin porqué... -Dramatizó La Araña.
-Hombre: que es lindo creerle al amor. -Sonrió Raberiano.
-Y ahí con su impiedad me vi morir de pie, medí su vanidad y entonces comprendí mi soledad sin para qué...
-Yo, tan chiquito y desnudo lo mismo te ayudo cerquita de Dios. –Contestó Raberiano barajando despacio la española.
-Mire, que por ese cachivache soy lo que soy...
-Parte en cuatro tu destino aunque nos digan Los Mamados... -Estiró las cartas Raberiano.
-Decíme desde cuándo ando compartiendo amores y desgracias...
-Amores no sé. Pero si a ti te duele como a mí la lluvia en el jardín...
-Ya no jugués, Raberiano, ya no me gusta ese jueguito de tangos.
-¡Qué lástima! Es el único encanto que tenés, hombre.
-¿Aún la querés? ¿Aún la sigues viendo?
-Pa'eso hasta sin cartas, mi buen Che Araña. Ponlas en cruz.
-Decíme... decíme... –Gritó el Che desparramando las cartas con un manotazo que barrió la mesa.
En el piso resplandeció, metálico, el As de Espadas y Raberiano arqueó la ceja izquierda.
-Tú sólo te despedazas, el amor se gasta como si fuera piloncillo y la mirada es el mejor lengüetazo, no te lo comas a mordidas.
-Explíqueme, don Rabe, le suplico, dígame... -Pidió el tanguero mientras recogía apurado las cartas- Habláme simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido.
-Te quiere, Che, te quiere la escoba y el recogedor –Contestó entre carcajadas -, es tu propia red la que te envuelve.
Raberiano se levantó lentamente, apoyando la mano en su hombro para mantenerlo sentado, se puso tras él y el Che empezó a sentir los dedos del viejo desde lo alto del cuello recorriéndole como tentáculos pegajosos que se deslizaban por los hombros hasta la media espalda para luego volver a subir mientras le murmuraba muy cerca de las orejas, en tanto él buscaba la huella en el recuerdo de otro masaje, más aliviador y desinteresado, el de las manos de la Escalera Grande acariciándole las piernas después de una función de mucho tango. Oía el murmullo extraño del viejo más allá de los tímpanos, como una lengua extraña que lo llevaba a las redondeces maduras de una carne apenas explorada, a pesar de estar expuesta a los manoseos irremediables de tantas noches de vendimia.
Soy la no me olvides, la más de todas. Y quisiera que un poco de esos celos rozaran mi perenne estancia entre los que se dicen vivos, sentir cómo es que la codicia de mí es más apetecible que el amor, soy el paracaídas de las iniquidades, el globo para los lamentos. Me le metí en las lágrimas y desde la inamovilidad de su memoria le jugué la eternidad a Raberiano en esa partida; a su As de Espadas le opuse el de Oros y el tangoso recordó los ojos de tantas que, embelesadas, codiciaron bailes más extremos, tangos íntimos para reír de encuentro aunque costara mucho el llanto de las despedidas y la última caída a besos. Hubo empate, porque el Che se enredó de nuevo en su tela de araña: no hubo una sola enamorada cuya historia anterior al baile no precipitara la caída en el sollozo y la rabia de que hubiera sido de otros. En la siguiente mano Raberiano sacó la Sota de Bastos, manoseos que traslucían la dureza de un tiempo en que en los senos de la Escalera Grande se podía colgar el mundo entero sin que temblaran siquiera. Soy la carta mayor y aquí está el as de copas para que pongas la mano y descanses ese corazón que ya no tienes, el mismo que perdiste y le darías a ella para lograr su amor, anda, pon la mano en ese vientre, amado en su gelatinoso vaivén para decirle, mostrarle, convencerle, de una elección perdida en la desmemoria de tantos despueses. Pero las cosas han de ser así, porque como todo presente era ya pretérito para el tanguero, mientras acariciaba ese ombligo, en lugar de darse cuenta de su deseo de descendencia, se fue al futuro para imaginar lo que sería su pérdida. Derramó las cartas y Raberiano no tuvo que sacar de nuevo, porque al Che, por su propia mano, le volvió a salir el as cuchillero: cuántos. Cuántos y cómo habrán retozado en estas planicies y montañas, quiénes los que remontando estos ríos de poderosa sabia, estas cañadas de oloroso cauce, tumbando flores y doblegando árboles habrían llegado al manantial de su desesperanza.
-No tienes remedio, Che Araña, no dejas que te ayuden, pero te agradezco haberle empatado la mano a La Inevitable. Aquí tienes ésta muñeca, te la hice especialmente, es la única que puede merecerte y con la única que puedes bailar sin que te pese –Dijo suavemente Raberiano extendiéndole una bolsa grande de papel donde venía envuelta Nostalgias. –Esto me lo pagas con un favorcito. –Dijo dando por terminados los albures.
El Che sintió el corazón agitado ante el letrero sobre la marquesina, ahora iluminado y sin poder decir si le gustaba más como lo vio en la tarde, traspuso la puerta con apuro, abrió las cortinas y paseó la mirada como si esculcara un cajón prohibido, en su cara se trasparentaba la pregunta cuando oyó la voz que lo llamaba desde la mesa de costumbre; recordó el sobre y se encaminó con desgano al lugar de Raberiano que estaba leyéndoles las cartas a las muchachas.
-¿Y?
-Ahí lo tenés. –Contestó aventando el sobre a la mesa.
-Qué falta de recato, qué atropello a la razón... –Dijo el viejo contrariado, acomodándose el sombrero. Luego se levantó y recogió el sobre junto con las cartas sin hacer caso de las protestas y ruegos de las mujeres.
El Che sufría buscando con la mirada a la mujer de sus ojos.
-Más vale que te vayas alistando, pareces una piltrafa. –Le dijo El Pajarito.
-¿No habés visto a la Escalera Grande?
-Está ocupada.
-¿Tan temprano? –Preguntó tratando de ocultar su rabia.
Esperó todo lo que pudo, empezaron a llegar los artistas, después de comparsas y coristas, se fue llenando de clientes el Siglo XX y cuando volteó a la mesa del fondo yo andaba tan contenta prendida del brazo de El Valiente y con una copa de tequila que lo dejé verme y le cerré un ojo para decirle que la respuesta de El Pajarito era infundada, dada nomás al arbitrio de la costumbre, sin maldad, a tontas y a locas y todo lo que fuera necesario para mitigarle las ansias; le quise contar un chiste desde el otro lado del salón y pedirle que me brindara Celos, ese viejo tango que carece de letra; que lo bailara antes que algún oficioso perverso, de los que ahora abundan, le acomodara malos versos. Pero estaba tan acostumbrado a mí, que ni para su conveniencia me atendió. Andaba buscando a su amor con la desesperación del que busca el pañuelo que se agita en el adiós.
Había entrado al pasillo pensando en bailar como nunca e imaginó cómo lo vería ella desde abajo abrazando a su compañera de tango, La Chalupa, y se preguntó cómo sería la mirada de la Escalera Grande. Ahí estaba, pegada a la puerta para no estorbar o para no ser atropellada por el remolino, lo esperaba con la calma de los que no tienen nada que esperar y sus ojos, entrenados para la indiferencia, sólo atinaron a lamer, como perrito faldero agradecido, los del Che.
-Apúrese, mi Che, no ve que ya mero le toca bailar...
-Amor... Amor... Amor –Le dijo el Che apretándola entre los brazos. -¿Porqué no habés entrado?
-Porque La Chalupa no me dejó...
El aire fresco y el aroma del pasillo se me juntaron a la tequila y no pude advertirle lo inoportuno de la decisión que estaba por tomar forma repentinamente en su cabeza; a él se lo comía el tiempo y a mí me daba vueltas el pasillo.
La Escalera Grande se retiró discretamente, adivinando la reacción del bailarín, que abrió violentamente la puerta del baño-camerino.
-Verás pebeta, que este último tango juntos sirva para tu despegue como solista. -Dijo Che Araña casi gritando, como si en el último momento hubiera cambiado del cortón inmediato a la estrategia de la negociación culpable.
-¡Qué qué...!
-Que me retiro, Chalupita mía, nostalgioso te veré a vos como uno más que se ha varado en el camino...
-P'os qué chingaos te traes...
-Que vos bailás el tango como ninguna, y en cada verso ponés tu corazón, tenés alma de bandoneón...
-Y tú qué dijiste, a esta la dejo vestida y alborotada...
-Verás que no hay promesas, pero al rumor de tus tangos te siento más buena, más buena que yo...
Y el Che Araña ya no pudo decir nada. Una avalancha de vestuario, tramoya e insultos se le vinieron encima junto con diez uñas rojas y una boca abierta que, por más que volteó la cabeza, se le prendió de entre el maxilar y el cuello dejando un ovalo entre las arrugas y varios surcos en las mejillas. Salió de un brinco, tropezó con los zapatos rojos de La Chalupa, cayó de bruces en el pasillo, oyó el portazo justo antes de la quebrazón de focos, pomos y espejo que a mí me dejó atónita y con la tequila derramada.
Se había dicho que no, que qué iba a hacer con una jovencita. Pero siempre se decía lo mismo cuando le pedía alguna de grandes ojos, buenos modales y mejores nalgas, que le enseñara a bailar el tango como se debe y sin más remedio que hacerle ochos completos, medias vueltas entrepiernadas y en abrazo desprendido, columna invertida para colgar la cabeza con el torso hacia atrás, pelvis en plena fricción y aplastadas las pudendas en la impudicia de la queja con voz de sombra mordiendo el lóbulo y la canción amarga en la flor del recuerdo, caía rendido, también sin remedio. Y qué decir del llanto bandoneónico cruzando el barro oscuro del callejón humedecido y las manos, siempre hay que cuidar qué hacen esas dos rapiñeras cuando se baila, hay que hacerlas que muerdan como los perros del arrabal y dejar el negro de los ojos para el olvido. Así fueron muchas aprendices en innumerables tangos, cifras, milongas y zambas, para luego pasar a pensarlas en cómo y cuándo fueron de otros, antes de que su manzana de Adán, como de gallinazo, fuera presa de los jóvenes besos. Y si en su nariz aguda sobre el bigote recortado a la Emilio Tuero, no había dejado el escalpelo amable algunas huellas de bien ganadas arrugas por donde corriera el sudor, como río de tanto insomnio y baile, goteando aceitoso y pesado a una vanidad demasiado actual e inútil, fue por el exceso de cirugía. Así, La Chalupa era la última en la lista que, ansiosa de integrarse a la artisteada burdelera, había caído en la esperanza de tener que trabajarse a un único hombre agradecido y manso.
Con Nostalgias en los brazos, buscaba a La Escalera Grande, ahí la había dejado antes de meterse al camerino. Encontró a La Calavera que no encontraba piso para barrer porque todos pasaban en tropel de un lado a otro; tropezando con los artistas logró llegar, iluminada por la ilusión, hasta donde estaba el Che Araña. Su sonrisa dientona y chueca le dio un aire menos tenebroso y sin decir nada amarró a las manos del bailarín las manos de Nostalgias.
-Hola, llorón. ¿Dónde dejaste el encargo?
El Che Araña volteó y se encontró dos pies calzados en tenis. Recorrió con la vista, de abajo a arriba, el casimir gris y el sobretodo de dos cortas piernas mientras La Calavera se alejaba asustada.
-¿Era para ti o a quién se lo diste?
El Che ya se había puesto de pié junto con Nostalgias e iba a intentar una bravuconada, en vista de lo bajito del interlocutor, pero tras él estaban dos sujetos enormes, envueltos en impecable vestimenta.
-Y quién sos vos, Barrilito, para obligarme a una razón...
-Déjate de argentinadas, pendejo, sabes muy bien a qué me refiero, baboso. -Reclamó El Barril empujando a Nostalgias que había quedado en medio de los dos.
De golpe se le vinieron al Che las imágenes que había registrado su vista cuando llegó apurado sin más objetivo que ver a La Escalera Grande. Recordó el carro gris demasiado fino como para estar estacionado frente al Siglo Veinte. De no haber venido tan ensimismado, habría pensado como otras veces: ya vienen otra vez por La Escalera Chica. Lo habría pensado para conformar el enojo de La Escalera Grande.
-Vos te equivocás, mi mujer es la otra, la madre...
-Y la mía es la que te parió. -Insultó el otro empujando a Nostalgias y al Che hasta topar con la pared. --¿Dónde quedó el sobre?
-¿Cuál sobre? Estás pirado...
-La lana, no te hagas pendejo ¿A quién se la diste? Tú no tienes güevos para robártela.
-¡Che Araña, en cinco minutos a escena! -Resonó la voz de El Pajarito desde el escenario.
-Mirá, Barril, que se lo di a Raberiano. -Contestó apurado, con una mirada de súplica.
-Tú no me haces pendejo, -Dijo el hombre con desprecio antes de darle la espalda y voltear con los otros, -Vámonos, de seguro se lo entregó al Catrín.
Caminando frente a frente con Nostalgias, como si trajera los pantalones en las rodillas, llegó hasta la entrada del foro, donde lo alcanzó La Escalera Grande y le dio la bendición.
-Amor... Amor... Amor... Mañana nos vamos a mi tierra y nos casamos... –Dijo tratándola de abrazar con Nostalgias en medio.
-¿Hasta Argentina?
-No, a Silao.
Antes de seguirlo al escenario, un flaco muy elegante con la cara marcada y oloroso a Incienso de Galeana, me llenó otra vez la copa y cuando me empiné el trago me dijo con una voz quebradiza: Aunque no quieras tú ni quiera Dios lo quise yo.
-Pero qué milagro, si sos Agustín... – Dijo otro elegantoso quitándose el sombrero a la Carta Brava y mostrando el negrísimo cabello con la raya casi en medio.
-Carlitos del alma, qué lo trae a estos ríos tan lejos del de La Plata.
-Me salí a echar una milonga para que baile un amigo que se dice mi paisano.
-¡Salud! –Dígole entonces a El Valiente, aventándolo a los brazos de La Escalera Chica, a los brazos de otra, que si fuera yo sintiera las ganas de la cama que ajena siempre, se rindiera y sin decir que no le diera esto y lo otro que pidiera. Si yo fuera la otra que en sus brazos perdió el llanto y no por falta de dolor, que si al menos sintiera perderlo todo por estar con él pudiera, olvidando guadaña, barca y río, capa y Cancerbero para que sienta que también sin la carne existe el perro hambriento del deseo, el pájaro infernal del desamor, el ácido llanto que revuelve y no conmueve. Cómo he de decir que si fuera yo la otra, la mala herencia de mi nombre dejaría ir en el tropel de elefantes memoriosos y chillaría, chillaría como la rata acorralada en el hueco del olvido. Ay si fuera la otra, temblando como sacerdote ante la impúber, como avión en la vagina, como tocadiscos en la mar, si por una vez... ¡No! Si para siempre fuera yo la otra.

* Maldonado Espejo, Roberto. Martes de Carne, Ediciones Intempestivas. Universidad Autónoma de Nuevo León. Monterrey, Nuevo León, 2012.

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