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Jueves, 13 Marzo 2014 09:50

Poemas y relatos

Written by Guillermo Meléndez

 

BAR MELENDESIANO
RETRATO

Mi madre, aunque no era Santa Teresa,
hacia milagros que sólo trascendían
entre sus familiares, nunca levitó, mucho menos
fue traspasada por la lanza del Querubín
de las Trasverberaciones y ningún cura
hubiera sugerido al Vaticano incluirla en la cola
de beatos que aspiran a ser santos.

Uno de sus milagros fue en el rosal donde
logró fijar el gran afecto que sentía
por su hermano y cada vez que cruzaba
de la recamara a la cocina, las flores de rojo
aterciopelado se iluminaban con el recuerdo
del tío Héctor que lo trajo de regalo
en una de sus visitas desde Tampico.

En el tallo de ese rosal diariamente se celebraba
un combate por el dominio del jardín hogareño
entre Dante el gato y el perro Azabache.
Sin embargo los orines de los machos en guerra
nunca hicieron mella al Barkarole siempre floreciente
que mi madre humedecía con agua de lluvia
que almacenaba en un tonel tapizado de musgo.

Recuerdo que el tío Héctor usaba unos lentes de sol
como los de David Niven, que hincado recibía
la bendición de mi abuela al despedirse. También
lo recuerdo en una sobremesa comentando
que entre llantos de ballenas náufragas y mensajes
intergalácticos había oído en su radio de onda corta
a la Piaf cantando desde Francia la vie en rose.

 

LANDSCAPE

Hay un naranjo en flor y bajo él descansa un ángel;
pude ser el del Delirio, o una copia de mi Custodio
con un lirio de lino como espada, y en su espalda
dos alas de cartón como el de la pastorela
de la parroquia pobre en que me bautizaron.

He tú, viejecillo patuleco, me aconseja,
mientras retoco el cuadro para la reseña
de los artistas de la brocha sin cerdas,
da tus primero brincos de canguro
sobre las rocas silíceas de la luna Europa
y no olvides remendar tu ignorancia
y ya no digas sífilis a las Sílfides
ni confundas las Erinias con las hernias.

Las urracas chiflan su candombe vesperal.
Los geranios salpican de sangre el jardín
y tu traduces a Tranströmer sin saber sueco
- cuando él escribe tysta rumen en lugar de
silenciosa estancia escribes cuarto de cabezas
como si Tomás estuviera hablando
del almacén donde guardaba los despojos
el verdugo de la Revolución Francesa.

Las sombras se toman de la mano
y se funden en una oscuridad total. Tu cuadro
será rechazado de la bianual del arte ambiguo
con todo y el berrinche de tu maestra Rojo.

-Malo, malo, Wino Bill, repite, el visitador volador,
tu girasoles parecen ortigas de Atacama
tus ortegas tienen pico de ornitorrincos;
y así se pierde uniéndose a una parvada de zuritas
que emigran hacia Puerto Williams,

Una gota de lluvia da principio a la tormenta,
las ranas se preparan para copular.
Antes de los relámpagos yo tomo
mi bastón y cojeando me voy a dormir.

 

DESDE EL CHARALITO

Desde el Mercado Estrella creo asistir
al Mediodía de la Noche del Mundo aquí
en este bar que se llama El Charalito mientras miro
pasar a los viandantes cargados de frutas y verduras
y observo a los clientes dispersos en las mesas
que escancian caguamas que sudan hielo,
y chocan sus vasos desechables como si fueran
apóstoles de la Inopia que celebran
la resurrección anual del inmortal Dionisos.

Ahí cerca, convertida en Mastodonte Blanco,
está la escuela donde el teacher Wino Newton
me reprobó por pronunciar el inglés
como mojado en los campos de Arizona.
También hay dos templos, uno junto al otro,
en ellos los fieles con su fe convierten
la fibra de vidrio en espíritu y piden al Cristo
la cura de un enfermo, empleo para el cónyuge,
o que el hijo desaparecido no haya muerto.

Digamos que esta cervecería es un resguardo
que visitan los afectados por el Dolor Inefable
y la Carencia Desmesurada, por la Falta de Paz
y la Perturbación Galopante –pestes,
que el Dios de la Misericordia con todo
y su omnipresencia no detecta
mientras nuestra ciudad es azotada
por estos cuatro jinetes que la convierten
en un yelmo inhabitable.

Salud compañero pensionado que se tiñe el bigote,
salud gigantón que duerme siesta como si estuviera
debajo de un fresno, salud machetero con la sal
de su sudor estampada en la camisa. Brindemos
como si Dionisos desde la barra festejara
con nosotros su retorno, mientras la televisión
proyecta un noticiero vespertino insulso
y afuera un comprador regatea el precio de las uvas
y otro cuida que no le den gato por liebre.

 

VARIACIONES DE UN FRAGMENTO DE TEILLIER A PROPÓSITO DE UN AMIGO DE INFANCIA RECHAZÓ MI INVITACIÓN A COMPARTIR EL FACEBOOK.

Acuérdate que te recuerdo
con el mismo afecto imborrable que brota
al pensar en tu gemelo muerto,
cuando los tres jugábamos imitando
a Blue Demon o al Santo entre las hojarascas
de los nogales de la finca de tus padres.

Si no te acuerdas ni modo.
Al fin y al cabo el desprecio de los amigos
es pecado menor para los que como yo
hemos sufrido por 20 años el desasosiego
que produce un amor mal correspondido.

Siempre recordaré la piedad católica,
la tuya y la de tu cuate, cuando
por diez minutos me prestaban las bicicletas
que el Niño Dios regalaba sólo
a los hijos de los ricos.

Siempre te recordaré superándonos
a tu hermano y a mi en la escalada
de los árboles hasta alcanzar la rama más alta
donde colgaban los duraznos
reservado al picotazo de los cenzontles.

De los cenzontles que iban de un huerto a otro
y alegraban con su canto los atardeceres
de nuestro pequeño y pacífico pueblo.

 

EL CRIMEN DE LA CALLE TAPIA

En el once once de la calle Tapia suceden fenómenos desconcertantes, los expertos religiosos y científicos que los analizan no logran ubicarlos. Los fuegos fatuos que rondan en su patio, por más que escarben no pueden encontrar de donde emanan, su evidencia luminosa palpita entre las penumbras como inquietas luciérnagas y hace pensar a los supersticiosos que ahí yace el cadáver de un niño sin bautizo. Los ruidos también son un enigma y entre ellos el más relevante proviene de una radio sin bocinas arrumbada entre los escombros que trasmite un canción que estuvo de moda en los sesentas: Angélica María, como si hubiera afinado su garganta con extracto de hígado de hiena, canta Eddy Eddy a dúo con Paloma, la hija muerta de doña Águeda, la dueña de un albergue que estuvo instalado ahí hace ya mucho tiempo.

Aparte del tenebroso dueto entre La Novia de la Juventud de hace medio siglo y el espectro de Palomita, los viandantes del barrio de la Luz en donde está situado este relato, al pasar por ahí escuchan declamaciones que vienen desde el fondo. La Doctora en Letras Luisa Fernanda, que no tiene nada que ver con la de la Zarzuela, sin atemorizarse por las amenazas malignas que resguardan la ruina, ha ido a investigar el caso y reconoció, lidiando con múltiples interferencias, versos de Pita Amor, Olga Arias y Juanita Soriano. La raíz de esta cuestión tal vez está en las reuniones que ahí ocurrían. Una anciana que frecuentaba las tertulias que doña Águeda celebraba cada sábado, declaró que debajo de un frondoso aguacate, del que sólo queda su tronco chamuscado, acompañadas de un flautista y con una ponchera llena de Coca Cola y Blanco Madero la velada sucedía entre poemas y libaciones edificantes. Pero ahora distorsionado por ondas negativas el canto se envilece y sin el dinámico acento de los recitadores esas gemas del arte se convierten en deletreos gimientes y al fugarse a la calle hacen taparse los oídos hasta los borrachos bien servidos que salen de El Casino, un bar que queda ahí cerca.

Hay también otras visiones menores, como la de una sirvienta de Higueras Nuevo León que escribe con carbón en el tiro de la chimenea una receta de cabrito en salsa que se llevó a la tumba. – Ah sí, declara una gorda que parece gemela de Chachita, es la sombra de doña Delfe, agregando, que cuando alguien trata de copiar los ingredientes estos se borran de inmediato al llegar al orégano y si un vivo pretende hacerlo por etapas, en su segundo intento un puñado de ceniza le nubla la vista como si la aparecida lo arrojara tratando de advertir que no quiera pasarse de listo.

Como bola de alud la leyenda del once once ha ido in crescendo y de chisme de amas de casa mientras barren la banqueta se convirtió en posible argumento para escribir una novela de suspenso. Es de esperarse que algún Edgar Allan Poe ranchero acuda al lugar de los hechos y antes de que la cámara de un reportero lo filme monte un escenario postizo desparramando sangre de pollo en los lugares donde, según sus elucubraciones, el asesino arrastró a su víctima después de destriparla. El morbo siempre se vende y es muy posible que la pluma de un arribista está ya trabajando sobre el tema para lograr una narración sensacionalista sin la técnica ni el talento necesario para que el Asesinato, como quiere De Quincey, sea considerado como una de las Bellas Artes.

Mientras tanto, el Padre Primitivo, cura de la parroquia de la Luz, acompañado de su corte de Hijas de María acude cada quince días al inmueble y práctica inútiles exorcismos. De nada valen el papel manteca, la sal, el agua de azahar, las cinco veladoras de parafina, el velón blanco y la campanita que un acólito va sonando durante toda la ceremonia para espantar las furias del Maleficio: los fuegos fatuos siguen advirtiendo que ahí hay un entierro clandestino, el ánima de Delfina no deja de burlarse de los que quieren profanar su secreto culinario y el alma en pena de la joven muerta busca a Angélica María por todo el cuadrante de la radio inservible para cantar con ella el twist que desde su estreno ya era una porquería.

Pero el misterio más hermético, entre toda este maraña tejida por lo insólito en un espacio tan simple, está en el fallecimiento de Palomita. Una señora que de joven trabajó en la tintorería que había enfrente, al ser interrogada sobre la tragedia dijo: no, no, falleció de muerte natural, el asesino fue un huésped rumano que se instaló en el albergue por una semana en espera del pollero que se encargó de cruzarlo el Río Bravo. Ese pinche güero, refirió irritada, se le metió a la cama mientras la madre roncaba como osa y de un chupetón envenenó la sangre de la joven como si sus incisivos fueran colmillos de cobra. Sin embargo había quienes no estaban de acuerdo con esa historia, les parecía un pésimo argumento para un film de horror y manejaron otra visión menos fantástica sobre el lamentable deceso.

La finadita, respondía don Conrado, si una cliente venía a su abarrote con el cuento del vampiro violador, fue víctima de su propia imprudencia; la pobre, siguiendo los consejos que Irma Serrano dio en una revista, se puso a achicharrar los vellos de sus piernas porque, según la diva, al chamuscarlos suspendía su crecimiento y al renacer no ennegrecían como sucede si alguien los afeita. Muchacha zonza, siguió explicando, en un descuido la flama de la vela prendió su crinolína y de inmediato las llamas la abrasaron como si fuera de paja y no de carne. Y fue por eso, agregó levantando el índice como fiscal enérgico, que en su velorio no destaparon el féretro porque su rostro quedó desfigurado por la lumbre. Fue un mero accidente, dijo con aire de dignidad, y no como murmuran las lenguas viperinas, que doña Águeda no quería exponer el cadáver por a temor a que notaran la marca demoníaca, que según dicen los pendejos, dejó en su cuello el huésped transilvano que, después de mordisquearla, le quitó la honra.

 

ESTAMPAS RURALES

A: Genaro Saúl Reyes

Sobre las nubes que cubren la cruz de la parroquia de San Pablo, los jueves de Corpus Christi, reposa una paloma blanca apoyada en una sola pata. Los fieles creen que es el Espíritu Santo pero según afirma el Padre Luna, esto no es factible porque gran parte de la área que comprende la diócesis esta llena de herejes para tener el privilegio de contar con tan distinguido visitante.
A una cuadra de la iglesia referida está la casa de mi madre y en su jardín, una albahaca que creció en un lata de chiles y un romero que le regaló su comadre Oralia, yerguen sus hojas, sueltan su fragancia y depuran el aire enrarecido por el chiquero del vecino y el humo de la motocicleta del vendedor de carne de venado.
Un poco más allá, antes de cruzar el arroyo seco que delimita el camposanto, en un barrio conocido como La Calavera vive la dueña de la fonda de menudo donde acuden los borrachos a curarse la cruda, es una viuda que de joven trabajó en el abarrote de mi abuela. Enriqueta, como se llama, por las tardes descansa del tormento de las várices en una mecedora que coloca en la puerta de su negocio. Ahí, aparte de tejer zapatitos de estambre e intrigas, le gusta recordar a su marido con música de Chelo Silva. Ahora, por ejemplo, mientras escucha Imploración tiene una Norteña bien helada en la mano y un gato en el regazo. Ni ella ni el animal detectan la ronda frecuente de las ánimas en pena y mucho menos, porque hay un océano de por medio, escuchan el llanto de la sirenas en busca de Odiseo sin saber que hace siglos el héroe retorno a Ítaca y murió mientras quitaba las garrapatas a Argos su perro.
Volviendo al templo de San Pablo, comentan que el recinto sagrado está siendo invadido por un Demonio Tentador. A las Hijas da María cuando macheteaban versículos de los evangelios, las agarró desprevenidas, y aunque la mayoría eran solteras de más de 50 años, a espaldas del sacerdote, les dio por colocar a San Antonio de cabeza y al pensar en las faenas del tálamo de inmediato la estalactita de su gruta íntima les mojaba los calzones aunque el goteo lubricador fuera en balde. En las fauces de ese mismo chamuco, Honoria, la Presidenta de la Vela Perpetua la que fuma cigarros de acelga para calmar el asma, la que dibuja una cruz de cal bendita entre sus senos para ahuyentar a los vampiros, apretujando las cuentas de su rosario ante el altar de Juan Bosco, su santo favorito, le suplica que la haga olvidar al joven plomero que mientras reparaba una fuga de su baño, sin pelos en la lengua, le dijo: -señorita Domínguez si usted gusta yo le puedo dar una desarrugada.