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Martes, 11 Marzo 2014 21:34

Historia de una vocación fallida

Written by Jesús de León

 CHUYDELEON

FIDENCIO GORRIÓN LO HABÍA INTENTADO TODO. Bajó de Internet cuantas convocatorias de certámenes literarios, becas y editoriales había encontrado. Se hizo amigo de cuanto funcionario cultural agarró hueso. Se coló como pudo en encuentros de escritores y no faltó a ningún evento en el que se presentara algún escritor importante. Gastó en fotocopias buena parte de sus magros ingresos como vendedor de pozole y tamales, para no hablar de los gastos de envío por correo a las ciudades sede de los concursos o de las becas. ¡Y nada!
El colmo: cuando se enfrentaba en su mesa del café de siempre a su taza de siempre, tomó el periódico y le resultó tan sorpresivo lo que encontró que estuvo a punto de ahogarse con el líquido caliente y comenzó a toser y escupir. ¿Cómo era posible? ¿A ése? ¿Precisamente a Febronio Gallo le habían otorgado el Premio Estatal de Cuento? Pero si cuando conoció al tal Febronio no sabía ni escribir su nombre.
Había sido alumno suyo en un taller de literatura que tuvo la oportunidad de dar en una Casa de la Cultura (ahora convertida en Centro Social que alquilan para bodas y quince años). El taller nunca se lo pagaron. La Casa de la Cultura desapareció con todo y su director. El Municipio estaba dispuesto a pagarle solamente si se quedaba trabajando como mesero en el nuevo Centro Social. Febronio opinó que Fidencio no debía hacerle el feo a la propuesta, después de todo, los meseros podían echarse sus tragos, discretamente, siempre y cuando no desatendieran las mesas.
Fue así que lo perdió de vista hasta que encontró su foto en el periódico. "¿Qué queda por hacer?", pensó Fidencio mientras se dirigía al Mercado para comprar los ingredientes para el pozole y los tamales. Veinte años atrás, todos sus amigos lo consideraban una promesa de la literatura. Su coordinador de taller, un centroamericano, moreno, chaparro y de lentes muy gruesos, que había llegado al país exiliado durante los años ochenta, le aseguró que, si se ponía a trabajar y era constante y disciplinado, escribiría algún día páginas dignas de figurar en los libros de primaria, pero al chaparro coordinador le preocupaba que su pupilo fuera totalmente insensible a la ironía.
—Eres demasiado rígido, Fidencio —le decía—. Aflójate.
Pero Fidencio nomás no encorvaba el espinazo. Como escritor y como persona permanecía rígido y solemne.
Mientras le pesaban la carne para los tamales, llegó a la conclusión de que necesitaba un milagro. Su madre le había inculcado una religiosidad muy profunda: siempre la acompañó a misa y, cada que enviaba un libro a concurso (o que solicitaba una beca), le prendía veladoras a San Juan de la Cruz, prometiendo que, si ganaba beca o premio, iría a dejar como ex voto una péñola de plata en el altar.
Nada... En cierta ocasión, perdió la paciencia y le preguntó a uno de los jurados de un certamen de poesía por qué ni siquiera mención recibieron sus coplas. El interpelado se encogió de hombros y dijo:
—Tus poemas me parecieron insulsos: ¡Eres un aburrido del demonio!
Fidencio no dijo nada: su santa madrecita le inculcó que debía perdonar y poner la otra mejilla.
Había comprado la carne, las verduras y el maíz, pero le faltaban las especias. Siempre dejaba esa compra para el final. Sabía que tendría que pasar por esa zona del Mercado donde vendían los amuletos mágicos, los untos y los rezos heréticos con los que se hacía brujería. Su madre, cuando él era niño, al pasar por esos puestos se santiguaba y lo jalaba de la mano hacia la salida más próxima. Fidencio pensó: "Todos estos años he sido un devoto fiel y no he obtenido nada. Ha llegado el momento de pactar con las fuerzas de la oscuridad".
Y con el mismo paso decidido con el que Darth Vader se enfrentó a Obi-Wan Kenobi, entró en el pasillo más tenebroso del Mercado.
Cuando llegó a su casa, después de dejar en la cocina las dos pesadas bolsas de comestibles, vació sobre la mesita de centro todo lo que había adquirido. Preguntó en un puesto y otro sobre los remedios que existían para ganar concursos literarios. Como los encargados no le entendieron, él simplemente argumentó que buscaba algo para la buena suerte. En cada puesto había como tres o cuatro productos que servían para lo mismo. Los que no eran polvos eran pomadas o sahumerios. Todos eran infalibles, todos estaban garantizados y probados. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Así lo decían las etiquetas.
Fidencio se decidió por los polvos: el de la Calavera, el de Venus, el del Jorobado, el Quiéreme Siempre (hecho con patchuli), el Del Sol, el Yo Puedo Más que Tú, el Del estudiante (un polvo antiburros, supuso Fidencio), el de Ziguaraya, el Amarrador, el Tripas del Diablo, el de Los Cuatro Vientos, el Corta Odio, el del Chango Macho, el Arrasa con Todo, el Cuerno de la Abundancia... Todos invariablemente debían aplicarse después del baño, algunos rezando una oración y, sólo en el caso del Arrasa con Todo, había que marcar en el piso con el polvo una A y una O. Fidencio decidió probarlo: le pareció el más efectivo.
Se levantó más temprano que de ordinario al día siguiente y se metió al baño con el Arrasa con Todo. Después de bañarse, marcó las letras cabalísticas y rezó. Su voz reverberó, temblorosa, entre los azulejos. El blanquecino vapor comenzó a oscurecerse y del excusado comenzó a salir un denso olor a azufre. La llave de la regadera se abrió de golpe, expulsando humo color violeta que se materializó en un gigantesco reptil de ojos enormes. Fidencio estaba boquiabierto.
—¿Tú me invocaste? —le preguntó el monstruo.
—Soy un escritor y quiero que me ayudes a ganar muchas becas y premios —respondió Fidencio, tartamudeando.
—Eres un estúpido. ¿No sabes que yo espero a que los ingenuos me invoquen sólo para devorarlos? —dijo el monstruo. Luego se comió a Fidencio de un bocado y desapareció en un chisporroteo.
El baño permaneció silencioso por segundos. Otro nuevo chisporroteo y apareció el monstruo nuevamente con cara de enfermo y vomitó de golpe. Fidencio cayó al suelo cubierto de una baba verde y pestilente. El monstruo, resollando y agarrándose el estómago, le gritó:
—¡Guácala! Eres pesado e insulso —y desapareció en un estallido.
Fidencio meditó mientras tomaba otro baño en lo mucho que tienen de "demonio" los críticos: ninguno lo traga. Decidió probar otro remedio menos arriesgado y se decidió por la oración a Pancho Villa, pero necesitaba conseguir una foto del legendario Centauro del Norte e improvisar un altar para prenderle veladoras.
No le fue difícil. Su difunta abuela conservó una foto enmarcada del caudillo revolucionario, a la que misteriosamente agregó un moño negro. Su mamá le contaba a Fidencio que su abuela decía:
—Ése es tu papá, Cleotilde. Yo lo conocí un día en la tienda donde trabajaba y hasta le vendí un sarape. Prometió volver y verás cómo se acuerda y viene para conocerte.
Llegó la parte cansada. Fidencio se puso de rodillas mirando hacia la puesta del sol y repitió trabajosamente durante nueve días la oración, impresa en un cartoncito que tenía la apariencia de haber sido destinado originalmente para otros propósitos. Al noveno día, Fidencio se acostó temprano y soñó que iba en un tren y que formaba parte ni más ni menos que de la escolta personal de Villa.
El Centauro iba conduciendo el tren, mientras Fidencio se encargaba de echar carbón en la caldera de la máquina.
—Mi general, quisiera pedirle un gran favor —dijo Fidencio en sueños.
—Pues usted dirá, mi muchachito.
—Quiero su bendición para meter a concurso este libro.
Fidencio sacó de entre sus ropas un cuaderno escolar lleno de poemas. Villa tomó aquel cuaderno y lo hojeó sonriente.
—Ah qué caray, esto no lo puedo arreglar con esos vales que firmo y que se pagarán cuando ganemos la causa, pero puedo hacer algo mejor —y arrojó el cuaderno adentro de la caldera.
—¿Por qué hizo eso, mi general? —preguntó Fidencio angustiado.
—Así serán más útiles. A mí no me consulte sobre esas cosas. Yo no sé leer ni escribir. Los vales los firmo con una cruz.
Fidencio despertó y lo primero que hizo fue desmontar el altar y colocar el retrato de Villa en el fondo del ropero, debajo de los dientes postizos de la abuelita. Revisó el resto de los polvos que había adquirido, pero ninguno parecía adecuado para sus propósitos: había para callar chismes, alejar malos vecinos, tener paz en el hogar, sanar al maleficiado y dar libertad al encarcelado... Nada que pudiera serle útil...
Y entonces fue que se le ocurrió una gran idea...

GUDELIO MALPICA, NARRADOR EN CIERNES Y GENIO incomprendido, se encontraba leyendo el periódico en la fondita donde solía ir a comer y que estaba a la vuelta de la ingrata oficina burocrática donde trabajaba. Estuvo a punto de atragantarse al leer los resultados del Concurso Latinoamericano de Cuento al que había enviado obra. "No puede ser —pensó—. Otra vez ganó Febronio Gallo. ¿Pues de qué privilegios goza ese cabrón? ¿Con quién estará cogiendo? Concurso que sale, concurso que gana".
Su tía con la que vivía de arrimado era fanática de los adivinos, los amuletos, las limpias y cuanto mejunje vendían en los mercados. Gudelio ya no lo pensó. En cuanto terminó de comer, y aprovechando que todavía le quedaba tiempo para volver al trabajo, se dio una escapada y anduvo preguntando por los pasillos del Mercado dónde podrían venderle algo que sirviera para provocarle mala suerte a un escritor rival.
Le indicaron un puesto nuevo especializado en filtros de talento, sahumerios para obtener premios literarios y figuritas de la Santa Muerte sentada frente a una computadora para maldecir a rivales de la pluma. En el lugar también vendían tamales y pozole. El puesto ostentaba el siguiente letrero: "Polvos milagrosos del poeta Fidencio. Pase usted".

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)