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Viernes, 13 Mayo 2011 13:59

Manifiesto por un partido del ritmo

Written by Henri Meschonnic

                                     

 

A quienes creen que envejecer es anquilosarse, resignarse, conformarse, aquí les va un golpe de Henri Meschonnic (1932-2009). Murió en la primavera parisina, volviéndose más joven ante quienes lo descubrimos, porque la escucha y la atención de su obra están por venir, sobre todo en el ámbito hispánico. Apenas traducido, difundido, criticado creativamente, Meschonnic, en cambio, era conocido como terrorista cultural, sicofante, serial killer. Por supuesto, Meschonnic podía ser insoportable, particularmente en la Francia donde pasó su vida. Pero, es más claro aún, quienes no lo soportaban eran los letrados, los académicos, los convencidos, los acomodados del lugar, de las ideas.

Poeta, traductor de la Biblia, crítico, teórico, en Meschonnic es fácil distinguir las actividades, aunque entre todas haya una continuidad y múltiples resonancias. Su crítica, su teoría, inventan formas de escuchar y de vivir el poema, el lenguaje, el cuerpo, la sociedad. Meschonnic ríe, sigue riendo de cuerpo entero en medio de la ortodoxia generalizada. ¿Meschonnic difícil, oscuro? Heráclito, Góngora, Scève, Blake, Pound, Joyce, cierto Vallejo, a tantos más se les ha calificado de la misma manera, según el oscurantismo de cada época, que quiere sus cosas claras, sus cuentos fáciles para arrullar a las buenas conciencias.

Habría que anticipar un problema capital en Meschonnic, el signo, al que le declara la guerra. Para Meschonnic el signo no sólo es un modelo lingüístico, sino un paradigma antropológico, filosófico, teológico, político, social. Cuando se oponen el significado y el significante, la escritura y la voz, el Nuevo y el Antiguo Testamento, las palabras y las cosas, la sociedad y el individuo, la mayoría y la minoría, uno de los términos anula al otro y acaba por imponerle un sentido. En Meschonnic, la teoría y la crítica eran formas de escribir su vida y lugares estratégicos para meterse en esos problemas.

Traduzco principalmente la obra de un hombre entrado en años, pero en cuyos movimientos se siente la agilidad de sus primeras intuiciones.

Eduardo Uribe

 

MANIFIESTO POR UN PARTIDO DEL RITMO

El día de hoy necesito, para ser un sujeto, vivir como un sujeto, hacer un lugar para poemas. Un lugar. Lo que yo veo alrededor de mí por la mayoría llamar la poesía tiende a rechazar extrañamente, insoportablemente, un lugar, su lugar, a lo que llamo un poema.

Hay, en la poesía francesa, por razones que no son ajenas al mito del genio de la lengua francesa, la institucionalización de un culto rendido a la poesía que produce una ausencia programada del poema.

Modas, que siempre ha habido. Pero esta moda ejerce una presión, la presión de varios academicismos acumulados. Presión atmosférica: el aire del tiempo.

Contra este sofocamiento del poema por la poesía, hay una necesidad de manifestar, de manifestar el poema, una necesidad que algunos sienten periódicamente, para dejar salir una palabra sofocada por el poder de los conformismos literarios que no hacen sino estetizar esquemas de pensamiento que son esquemas de sociedad.

Una idolatría de la poesía produce fetiches sin voz que se ofrecen y se toman como poesía.

Contra todas las poetizaciones, digo que hay un poema solo si una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si recíprocamente una forma de lenguaje transforma una forma de vida.

Digo que es solamente por eso que la poesía, como actividad de los poemas, puede vivir en la sociedad, hacer a las gentes lo que sólo un poema puede hacer y que, sin eso, ni siquiera sabrán que se desobjetivan, que se deshistorizan para no ser ellas mismas más que producto del mercado de las ideas, del mercado de los sentimientos, y de los comportamientos.

En lugar que la actividad de todo lo que es poema contribuya, como sólo ella puede hacerlo, a constituirlas como sujetos. Nada de sujeto sin sujeto del poema.

Pues si el sujeto del poema falta a los otros sujetos de los que cada uno de nosotros es la resultante, hay a la vez una falta específica, y la inconsciencia de esta falta, y esta falta toca a todos los otros sujetos. Los trece en la docena de sujetos que somos. Y no es el sujeto freudiano el que va a salvarlo. O el que va a salvar al poema.

Sólo el poema puede unir, tener el afecto y el concepto en un solo bocado de habla que actúa, que transforma las maneras de ver, de oír, de sentir, de comprender, de decir, de leer. De traducir. De escribir.

En lo cual el poema es radicalmente diferente del relato, de la descripción. Que nombran. Que permanecen en el signo. Y el poema no es signo.

El poema es lo que nos enseña a no servirnos más del lenguaje. Está solo para enseñarnos que, contrariamente a las apariencias y a las costumbres de pensamiento, no nos servimos del lenguaje.

Lo que no significa, según una reversibilidad mecánica, que el lenguaje se sirve de nosotros. Lo que, curiosamente, tendría mayor pertinencia, a condición de delimitar esta pertinencia, de limitarla a manipulaciones tipos, como proceden comúnmente la publicidad, la propaganda, el todo-comunicación, la no-información, y todas las formas de la censura. Pero entonces no es el lenguaje el que se sirve de nosotros. Son los manipuladores, que agitan las marionetas que somos en sus manos, son ellos quienes se sirven de nosotros.

Pero el poema hace de nosotros una forma-sujeto específica. Nos practica un sujeto que no seríamos sin él. Esto, por el lenguaje. Es en este sentido que nos enseña que no nos servimos del lenguaje. Pero nos volvemos lenguaje. Ya no podemos contentarnos con decir, sino como una condición previa, pero tan vaga, que somos lenguaje. Es más justo decir que nos volvemos lenguaje. Más o menos. Cuestión de sentido. De sentido del lenguaje.

Pero sólo el poema que es poema nos lo enseña. No aquel que se parece a la poesía. Del todo hecha. Por adelantado. El poema de la poesía. Él, no se encuentra más que con nuestra cultura. Variable, también. Y a medida que nos engaña, haciéndose pasar por un poema, es un dañino. Ya que confunde a la vez nuestra relación con nosotros mismos como sujeto y nuestra relación con nosotros mismos volviéndonos lenguaje. Y los dos son inseparables. Este producto tiende a hacer y rehacer de nosotros un producto. En lugar de una actividad.

Es por eso que la actividad crítica es vital. No destructora. No, constructora. Constructora de sujetos.

Un poema transforma. Es por eso que nombrar, describir no valen nada en el poema. Y describir es nombrar. Es por eso que el adjetivo es revelador. Revelador de la confianza en el lenguaje, y la confianza en el lenguaje nombra, no cesa de nombrar. Miren los adjetivos.

Es por eso que celebrar, que tanto se ha tomado por la poesía, es el enemigo del poema. Porque celebrar es nombrar. Designar. Contar sustancias según el rosario de lo sagrado tomado por la poesía. Al mismo tiempo que aceptar. No únicamente aceptar el mundo como es, el innoble "no tengo sino bien por decir de" de Saint-John Perse, sino aceptar todas las nociones de la lengua a través de las cuales se representa. El vínculo impensable entre el genio del lugar y el genio de la lengua.

Un poema no celebra, transforma. Es así como tomo lo que decía Mallarmé: "La Poesía es la expresión, por el lenguaje humano reducido a su ritmo esencial, del sentido misterioso de los aspectos de la existencia: así provee de autenticidad nuestra estancia y constituye la única tarea espiritual". Allí donde algunos creen que es anticuado.

Para el poema, reservo el mayor papel del ritmo en la constitución de sujetos-lenguaje. Porque el ritmo ya no es, incluso si algunos desletrados no lo han percibido, la alternancia del pan-pan sobre la mejilla del métrico metrónomo. Sino que el ritmo es la organización-lenguaje de lo continuo de que estamos hechos. Con toda la alteridad que funda nuestra identidad. Adelante, métricos, les basta un poema para perder el pie.

Porque el ritmo es una forma-sujeto. La forma-sujeto. Que renueva el sentido de las cosas, que es por el que accedemos al sentido que tenemos de deshacernos, que todo alrededor de nosotros se hace de deshacerse, y que, acercándonos a esta sensación del movimiento de todo, nosotros mismos somos una parte de ese movimiento.

Y si el ritmo-poema es una forma-sujeto, el ritmo ya no es una noción formal, la forma misma ya no es una noción formal, la del signo, sino una forma de historización, una forma de individuación. Abajo el viejo par de la forma y del sentido. Es poema todo lo que, en el lenguaje, realiza ese recitativo que es una subjetivación máxima del discurso. Prosa, verso, o línea.

Un poema es un acto de lenguaje que no tiene lugar sino una vez y que recomienza sin cesar. Porque hace sujeto. No deja de hacer sujeto. De usted. Cuando es una actividad, no un producto.

Manera más rítmica, más lenguaje, de transponer lo que Mallarmé llamaba "autenticidad" y "estancia". Estancia, término aún demasiado estático para decir la inestabilidad misma. Pero "la única tarea espiritual", sí, diré todavía sí, en este mundo conducido por la vulgaridad de los conformistas y el mercado del signo, o entonces renunciar a ser un sujeto, una historicidad en curso, para no ser más que un producto, un valor de cambio entre las otras mercancías. Lo que la tecnización del todo-comunicación no hace más que acelerar.

No, las palabras no están hechas para designar las cosas. Están allí para situarnos entre las cosas. Si las vemos como designaciones, mostramos que tenemos la idea más pobre del lenguaje. La más común también. Es el combate, pero desde siempre, del poema contra el signo. David contra Goliat. Goliat, el signo.

Es por eso que también creo que nos equivocamos al relacionar ahora y siempre, en el caso de Mallarmé, "la ausente de todo ramo" con la banalidad del signo. El signo ausenta cosas. Sobre todo cuando se opone a la "verdadera vida" de Rimbaud. Permanecemos en lo discontinuo del lenguaje opuesto a lo continuo de la vida. Mallarmé, él sabía que sobre una piedra "las páginas se volverían a cerrar mal".

Es aquí que el poema puede y debe derrotar al signo. Devastar la representación convenida, enseñada, canónica. Porque el poema es el momento de una escucha. Y el signo no hace más que dejarnos ver. Es sordo, y vuelve sordo. Sólo el poema puede darnos voz, hacernos pasar de voz en voz, hacer de nosotros una escucha. Darnos todo el lenguaje como escucha. Y lo continuo de esta escucha incluye, impone un continuo entre los sujetos que somos, el lenguaje que nos volvemos, la ética en acto que es esta escucha, de allí una política del poema. Una política del pensamiento. El partido del ritmo.

De allí lo irrisorio que retoman de Hölderlin indefinidamente poetas del poetismo torre de marfil, que "el hombre habita [o vive] poéticamente sobre esta tierra —dichterisch wohnt der Mensch auf dieser Erde", un Hölderlin pasado por la esencialización Heidegger, en que se sitúa un pseudosublime de moda. No, por supuesto. El hombre vive semióticamente en esta tierra. Más que nunca. Y no se piense que me la agarro contra Hölderlin. No, me la agarro contra el efecto Hölderlin, no es la misma cosa. Contra la esencialización en cadena del lenguaje, del poema (con el neopindarismo que resulta, y que está de moda), y la esencialización de la ética y de la política.

El poetismo es la coartada y el mantenimiento del signo. Con su cita cliché de rigor, el molino de plegaria de la poetización: "¿y para qué poetas en tiempos de miseria — und wozu Dichter in dürftiger Zeit?".

Es —ajá sí, así es — contra eso que falta poema, poema todavía, siempre poema. Ritmo, todavía ritmo, siempre ritmo. Contra la semiotización generalizada de la sociedad. De lo cual algunos poetas han creído escapar, o dan la impresión, con lo lúdico. El amor de la poesía, en lugar del poema. Cavando su fosa con sus rimas. Miseria poética más que tiempos de miseria.

Hay que pensar en la claridad del poema. De allí la apuesta, en la necesidad de liberar a Mallarmé de las interpretaciones que continúan replegándolo al signo, al aislar desde hace cuarenta años las mismas palabras, la "desaparición elocutoria del poeta". Pero jamás "el poema, enunciador". Mallarmé-síntoma. Reducido únicamente a asuntos de sentido. Lo que permite continuar viéndolo como un poeta difícil, el poeta de lo difícil. El oscuro. Ningún cambio, o tan poco, desde Max Nordau. Siempre los imbéciles del presente.

Replegando a Mallarmé en su época. Doblemente encerrado, Mallarmé: en el signo, y en el simbolismo. Antigualla, "la explicación órfica de la Tierra". El medio complaciente de continuar sin pensar en el poema. A la vez sacralizando la poesía.

La apuesta, de hacer oír la oralidad y la claridad de Mallarmé, es el poema. Contra la babosada sabia del signo.

La apuesta del sugerir contra el nombrar como un universal del poema. Luego un universal del lenguaje. No se puede ser más claro, como él decía: "trabajar con misterio con vistas a más tarde o jamás".

Entonces, al contrario de quienes ya no creen en la palabra de Mallarmé sobre "la explicación órfica de la Tierra", y sin perder más tiempo con algunos descriptivistas enumeradores de nombres de ciudades, diré que el poema, el más pequeño poema, una copla española, es el relevo del desafío aplazado, eludido en la no realización por Mallarmé de su "Libro", que esencializa la poesía, en lugar de oír las formas indefinidamente renovadas de la "Odisea moderna" en Mallarmé mismo, en lo que escribió más que en lo que no escribió, y en todas las voces que fueron su propia voz.

Porque, en cada voz, Orfeo cambia, y recomienza. Una Odisea recomienza. Hay que oírla, hombres de poca voz.

Con un poema, no es una videncia lo que actúa, como toda una tradición poética primero, poetizante después, lo ha creído. Sino "el único deber del poeta", para retomar a Mallarmé, pues primero hay uno, y sólo el poema puede darnos lo que es único en hacer, es la escucha de todo lo que no se sabe que se oye, de todo lo que no se sabe que se dice y de todo lo que no se sabe decir, porque se cree que el lenguaje está hecho de palabras.

Orfeo ha sido uno de los nombres de lo desconocido. Un error vulgar y común es creerlo enganchado al pasado. En lugar de que lo que designa continúe en cada uno de nosotros.

Y la Odisea, la "Odisea moderna" de que habla Mallarmé, otro error vulgar ha sido, y aún es, confundirla con los viajes y sus relatos, con la calcomanía de las epopeyas y de la idea asumida que de ellas se tenía. Tanto como confundir lo monumental y lo sobredimensionado. El poema muestra que la odisea está en la voz. En toda voz. La escucha es su viaje.

Y si la escucha es el viaje de la voz, entonces queda abolida la oposición académica entre el lirismo y la epopeya. Tanto como la definición, ya tomada por Poussin de un italiano del siglo XVI, antes de ser dicha otra vez por Maurice Denis, de la pintura como "colores en un cierto orden ensamblados" anula por anticipado la oposición entre lo figurativo y lo abstracto.

Queda únicamente: es pintura, o no es pintura. Como ya decía Baudelaire. Es un poema, o no es un poema. Eso parece. Eso hace todo por parecerse. Parecerse a la poesía. Parecerse al pensamiento. Ya que hay un poema del pensamiento, o entonces no hay más que símil. Mantenimiento del orden.

Sí, en un sentido nuevo, todo poema, si es un poema, una aventura de la voz, no una reproducción variable de la poesía del pasado, tiene epopeya en sí. Y deja en el museo de las artes y tradiciones del lenguaje la noción de lirismo que algunos contemporáneos han intentado poner otra vez al gusto del día, haciéndolo decir su rosario de tradicionalismos: las confusiones entre el yo y el yo mismo, entre la voz y el canto, entre el lenguaje y la música, en una común ignorancia del sujeto del poema. Confusiones, es verdad, que el pasado mismo de la poesía contribuyó a originar.

Pero el poema da signo de vida. Lo que se le parece, porque quiere tener la poesía, tener el aire de, si no es que tener el ser de, da signo de libro.

Consecuencia: esta oposición recuerda a aquella que ordinariamente se hace entre la vida y la literatura. Y un poema es lo que más se opone a la literatura. En el sentido del mercado del libro. Un poema se hace en la reversibilidad entre una vida vuelta lenguaje y un lenguaje vuelto vida.

Fuera del poema abunda el da igual de los pretensionismos, esos montajes que continúan repitiendo el contrasentido tan extendido sobre la frase de Rimbaud: "Hay que ser absolutamente moderno". Definitivamente, nada más actual que el "Replicaré ante la agresión que los contemporáneos no saben leer", de Mallarmé. Todavía el imbécil del presente que habla, en ese contrasentido. El mismo que es imbécil del lenguaje.

Un poema se hace de ese verso al que se va, que no se conoce, y de ese del que se retira, que es vital reconocer.

Para un poema, hay que aprender a rechazar, a trabajar en toda una lista de rechazos. La poesía no cambia más que si se la rechaza. Como el mundo no cambia más que por quienes lo rechazan.

En mis rechazos pongo: no al signo y a su sociedad. No a esta pobreza ampulosa que confunde el lenguaje y la lengua, y no habla más que de la lengua sin saber lo que dice, de una memoria de la lengua, como si la lengua fuera un sujeto, y de una relación de esencia del alejandrino con el genio de la lengua francesa. No olviden respirar cada una de las doce sílabas. Tengan el corazón métrico. Mitología que sin duda no es ajena al retorno interpretado por lo lúdico a la moda de la versificación académica. Y si era para hacer reír, está malogrado. Ya Aristóteles había reconocido a quienes escribían en verso para ocultar que no tienen nada que decir.

No al consenso-signo, en la semiotización generalizada de la comunicación-mundo.

No no se va a las cosas. Puesto que no se para de transformarlas o de ser transformado por ellas, a través del lenguaje.

No a la fraseología poetizante que habla de un contacto con lo real. A la oposición entre la poesía y el mundo exterior. Que no conduce más que a hablar de. Enumerar. Describir. Nombrar aún. No es el mundo el que está allí, es la relación con el mundo. Y esta relación se transforma con un poema. Y la invención de un pensamiento es ese poema del pensamiento.

No la poesía no está en el mundo, en las cosas. Contrariamente a lo que poetas han dicho. Imprudencia de lenguaje. Ella no puede estar más que en el sujeto que es sujeto en el mundo y sujeto en el lenguaje como sentido de la vida. Se había confundido el sentimiento de las cosas y las cosas mismas. Esta confusión arrastra a nombrar, a describir. Ingenuidad pronto castigada. La prueba, si hacía falta, de que la poesía no está en el mundo, es que los no poetas en él son como los poetas, y no hacen un poema. Un caballo da la vuelta al mundo y sigue siendo un caballo.

Vivir no basta. Todo el mundo vive. Sentir no basta. Todo el mundo es sensible. La experiencia no basta. El discurso sobre la experiencia no basta. Para que haya un poema.

No a la ilusión de que vivir precede a escribir. Que ver el mundo modifica la mirada. Cuando es al contrario: la exigencia de un sentido que no existe, y la transformación del sentido por todos los sentidos que cambia nuestra relación con el mundo.

Si vivir precede a escribir, la vida no es más que la vida, la escritura no es más que literatura. Y eso se ve. Al menos hay que aprender a reconocerlo. La enseñanza debería servir para eso.

No al ver tomado por oír. Poetas han creído que hablaban de poesía poniendo todo en el ver, en la mirada. Falta del sentido del lenguaje. Las revoluciones de la mirada son efectos, no causas. Una manera de hablar que esconde su propio impensado. La oposición fuerte pasa entre el pensamiento por ideas asumidas, y pensar su voz, tener la voz en su pensamiento.

No al rimbaldismo que ve a Rimbaud-la poesía en su partida fuera del poema.

No cuando se opone interior y exterior, lo imaginario y lo real, esta evidencia aparentemente indiscutible. Ella impide pensar que no somos más que su relación.

No a la metáfora tomada por el pensamiento de las cosas, cuando no es más que una manera de girar alrededor, lo bonito, en lugar de ser la única manera de decir.

No a la separación entre el afecto y el concepto, ese cliché del signo. Que no sólo hace el símil-poema, sino el símil-pensamiento.

No a la oposición entre individualismo y colectividad, este efecto social del signo, este impensado del sujeto, luego del poema, que gira en la literatura, en la poesía como juego de sociedad, este refrito rengo del renga —esos supuestos poemas que se hacen entre varios.

No a la confusión entre subjetividad, esta psicología, en que el lirismo queda preso, esos metros que hacemos cantar, y la subjetivación de la forma-sujeto que es el poema.

No, no cuando se opone, tan cómodamente, la trasgresión a la convención, la invención a la tradición. Porque hay, desde hace tiempo, un academicismo de la trasgresión como hay un academicismo de la tradición. Y porque, en los dos casos, se opone lo moderno a lo clásico, mezclando lo clásico con lo neo-retro, y en los dos casos se ha desconocido el sujeto del poema, su invención radical que desde siempre ha hecho el poema, y que remite esas oposiciones a su confusión, a su impensado, que oculta lo perentorio del mercado.

No además a la facilidad que opone lo fácil y lo difícil, la transparencia a la obscuridad, a los clichés sobre el hermetismo. El signo está allí por mucho, que irracionaliza su propio impensado, que en efecto vuelve oscuro. Es su claridad la que es oscura. Como la claridad francesa. Pero al poema, no le hacemos esa vieja jugada de nuevo.

No a la poesía como mira del poema, ya que en seguida es una intención. De poesía. Que pues no puede dar más que literatura. La poesía de poesía que ya no es poesía como el sujeto filosófico no es el sujeto del poema.

Manifestar no es dar lecciones, ni predecir. Hay un manifiesto cuando hay algo intolerable. Un manifiesto ya no puede tolerar. Es por eso que es intolerante. El dogmatismo fofo, invisible, del signo, él no pasa por intolerante. Pero si todo en él fuera tolerable, no habría necesidad de manifiesto. Un manifiesto es la expresión de una urgencia. Deja de pasar por incongruente. Si no hubiera riesgo, tampoco habría manifiesto. El liberalismo no muestra que es la ausencia de libertad.

Y un poema es un riesgo. El trabajo de pensar también es un riesgo. Pensar lo que es un poema. Lo que hace que un poema sea un poema. Lo que debe ser un poema para ser un poema. Y un pensamiento para ser pensamiento. Esta necesidad, pensar inseparablemente el valor y la definición. Pensar esta inseparación como un universal del poema y del pensamiento. Su historicidad, que es su necesidad.

Pero si este pensamiento es particular, ha tenido lugar siempre por principio en una práctica, será necesariamente verdadero siempre. No es pues una lección para lo que se llama el siglo por venir. Tampoco el balance académico del siglo. Este efecto de lenguaje, el efecto-temporalidad del signo. El discontinuo del siglismo.

En suma, el poema manifiesta y hay que manifestar por el poema el rechazo de la separación entre el lenguaje y la vida. Reconocerla como una oposición no entre el lenguaje y la vida, sino entre una representación del lenguaje y una representación de la vida. Lo que restituye el impedimento pretendido de Adorno (que es bárbaro e imposible escribir poemas después de Auschwitz), que algunos piensan invertir interpretando ese papel de invertidor en Paul Celan, aunque permanezcan en el mismo impensado, que mostraba Wittgenstein con el ejemplo del dolor. Él no puede decirse. Pero justamente un poema no dice. Hace. Y un pensamiento interviene.

Estos rechazos, todos estos rechazos son indispensables para que venga un poema. A la escritura. A la lectura. Para que vivir se transforme en poema. Para que un poema transforme vivir.

El colmo, en lo que adquiere el aspecto de una paradoja, es que no es más que cuestión de truismos. Pero desconocidos. Es lo cómico del pensamiento.

Pero es únicamente por estos rechazos, que son las pulsaciones del pensamiento, para respirar en lo irrespirable, que siempre ha habido poemas. Y que un pensamiento del poema es necesario al lenguaje, a la sociedad.

Nota bene: esto constituye, el dos de noviembre de 1999, la segunda y provisoriamente definitiva versión.

Agosto/noviembre de 1999