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Viernes, 13 Mayo 2011 12:47

Otro tipo de cambio (primer capítulo) *

Written by Refugio Ruiz Díaz

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CAPÍTULO I

Noviembre de 2006.

Nadie pensó que esa llamada habría de causar tantas complicaciones; ni siquiera la secretaria de Esteban, normalmente tan perceptiva, tan ducha en el arte de evitarle a su jefe toda clase de situaciones indeseables. Nadie que llamara, ni aún siendo conocido, se escapaba de un comedido interrogatorio (oculto tras un cordial intercambio) en el que ella determinaba sus intenciones y actitudes. Una voz desconocida la hacía doblemente cauta, más aún cuando tenía el agravante de ser femenina. Solamente cuando quedaba satisfecha que no habría sorpresas desagradables para Esteban, lo ponía al aparato. Pero ese día todo lo que hizo fue decirle:

-Mariana, de Monterrey. Dice que es tu amiga.

Si acaso alguien le hubiera advertido que levantar el auricular sería el primer paso en un sendero que lo alejaría para siempre de la vida que hasta entonces había llevado, Esteban no lo habría creído. Tampoco esperaba escuchar la voz que contestó a su saludo, quizás porque si bien había una Mariana en su memoria, ella estaba en otro archivo, el de las que un día fueron sus novias. Ahora reaparecía en su vida, agitando un sedimento de nostalgia al surgir entre las capas del recuerdo, y lo hacía para pedirle que la ayudara a esclarecer un asesinato. Cuando Mariana empezó a contarle sobre la muerte de Adrián, Esteban recordó haber visto la noticia en el periódico de Monterrey, aunque cuando lo hizo no sabía de quién se trataba. Luego de escuchar el relato y la petición, le pareció extraño que hubiera pensado en él para esa tarea, pero no se lo dijo; así que sin estar convencido de poder serle útil, aceptó adelantar un viaje que ya tenía planeado y reunirse con ella. El siguiente día, jueves, salió temprano de Piedras Negras ( donde México empieza, como dicen sus habitantes) y antes del amanecer, poco después de las seis, llegó a una gasolinera al norte de Monclova. Cargó combustible, retiró de las bombas su viejo Tsuru y descendió de él. Al otro lado de la carretera había un autobús detenido, rodeado de patrullas de la Policía de Caminos. Ese tipo de espectáculos era algo cada vez más frecuente en el país, así que sin pensar más en ello volvió la atención a sus asuntos porque no tenía tiempo que perder: quería estar en Monterrey sobre las nueve. Rellenó el depósito de aceite, para lo cual traía a bordo un garrafón de cuatro litros, y como su padre le había enseñado, se dió tiempo para verificar rápidamente el estado de bandas y mangueras y las indicaciones de los medidores de nivel. Dió algunos pasos y estiramientos para recuperar la flexibilidad de los miembros, porque el carrito que conducía se ajustaba a su corto presupuesto, pero no a su físico. Pasaba algo del metro ochenta, y si su peso era mayor del que recomendaban los mèdicos, él lo atribuía a la estructura de su esqueleto, la que ciertamente era robusta. En la expresión de su rostro no había malicia; era franca, aún inocente, como habían pensado algunas mujeres al conocerlo. Tal vez para aparentar más madurez se había dejado un bigote que aunque no le quedaba mal, discordaba un poco por ser de un café más oscuro que el de su pelo. Terminó su calistenia, rodeó el auto para verificar el estado de las llantas y entonces vió que en el patio trasero de la gasolinera alguien intentaba ocultarse tras el tanque de presión de una cisterna. Era una mujer madura, que a señas pedía silencio a un niño de no más de cinco años mientras miraba aprensivamente hacia la carretera. Esteban también volvió la mirada en esa dirección, y alcanzó a ver el autobús que ya se alejaba, continuando su viaje al norte, el que no podrían seguir los ocho ó nueve hombres y mujeres puestos en una fila por los policías. Tres mil kilómetros recorridos, para zozobrar a doscientos de la meta. Sin intención, Esteban continuamente aplicaba algo que algunos habían admirado en él: La capacidad de distinguir matices para otros imperceptibles en el tipo, el acento o la ropa de alguien, y poder asegurar que no era de Nuevo Laredo, por ejemplo, sino de Linares. Mucho más fácilmente podría afirmar en ese momento que la mujer y el niño, si acaso tuvieran pasaporte, sería de algún país centroamericano. Se imaginó el momento de la escala extraoficial que hizo el chofer del autobús, el retraso de la mujer, lastrada por un niño adormilado, para volver al vehículo, y el solidario silencio de los pasajeros durante la operación policiaca. Una impredecible secuencia de eventos los había dejado encallados; otras los aguardaban, y Esteban se preguntó si acaso correrían mejor suerte que los detenidos. Arrancó el auto y salió de la gasolinera rumbo al sur. Las recientes y tempraneras heladas habían sorprendido a los nogales todavía llenos de hojas verdes, y como sucede en latitudes más altas, su abundante follaje se había puesto amarillo, como lo estaban también los de los fresnos y los esbeltos álamos que bordeaban una acequia de riego que allí corre paralela a la carretera. Iba pensando en las historias que había oído de las temibles maras; en cómo habían aparecido, de pronto, según parecía, para cometer los crímenes más brutales. Para los periódicos siempre eran noticia; si entre los arrestados de ese día se encontraba algún miembro de ellas, seguramente le harían descubrir el torso prolijamente tatuado para beneficio de los fotógrafos de prensa. Después de un minuto de estos pensamientos, apretó los dientes, meneó la cabeza y dió vuelta en U. Se cruzó en su regreso con el convoy de patrullas que transportaba hombres decepcionados y mujeres asustadas, que en el cercano cuartel de la policía harían escala en el largo viaje de vuelta al Suchiate. Justamente donde el autobús había estado detenido, sitio marcado por un reguero de botellas de agua abandonadas, hizo alto y cruzó la carretera. Entró por un sendero que estrechaban de un lado el zacate y del otro una hilera de mezquites. Un letrero identificaba la finca como "El Borbollón". El camino de terracería pasaba junto al pozo y la cisterna donde aún se ocultaban los migrantes. Bajó del auto y se dirigió a ellos. Cuando la mujer lo vió acercarse, asió más firmemente al niño y volteó en dirección de la carretera; parecía estar tratando de decidir qué sería más peligroso: si acercarse a la gasolinera o quedarse allí, a merced de un hombre que le sacaba medio metro. Esteban se acercó a ellos haciendo señas tranquilizadoras con las manos y preguntó: -¿Quieren ir al otro lado?

-Somos mexicanos, señor.

-Entonces no tienen porqué esconderse; pero su camión ya se fué...

La mujer agachó la cabeza y el niño pareció intuír su angustia porque se le abrazó a las piernas mientras miraba fijamente a Esteban. Luego de reflexionar un momento, éste dijo:

-Entiendo que no me tenga confianza, señora, pero aquí no pueden quedarse...

-Somos mexicanos, vamos a Piedras Negras.

-Ahorita está cambiando el turno en todos los cuarteles de la policía de caminos; si toma otro camión puede hacerla hasta Piedras, pero tiene que ser ya.- Hizo un gesto de interrogación y miró su reloj. Ante la falta de respuesta, se maldijo internamente por andar dedicando su tiempo a esos menesteres cuando tenía tanto que hacer ese día. Volvió a su auto y se adentró más en el angosto camino buscando un lugar donde poder maniobrar para quedar de nuevo en dirección de la carretera.

Cuando ya volvía vió las señas que le hacía la mujer, imitada por el niño, sonriente ahora. Subieron ambos, el niño animado y contento, ella con alivio que ni su innata dignidad podía ocultar del todo. Ya rumbo a Monclova, frente a las hileras de nogales que acababa de pasar unos minutos antes, Esteban preguntó:

-¿Quién los va a cruzar?

-No lo conozco, traigo un número de teléfono, nomás...

-¿Trae dinero?

El cambio en la expresión de la mujer hizo sonreír a Esteban, quien añadió, en tono de buen humor:

-Primera vez que me confunden con un asaltante...

-Ya no me resta mucho; al pollero le dará su paga mi hija, en Houston.

( Esteban sabía perfectamente la pronunciación que daban sus habitantes al nombre de esa ciudad; si él no la seguía era por la muy mexicana aversión a excederse en la guarnición de sus tacos. Carente de este escrúpulo, tal vez, o acaso siguiendo los modelos fonéticos de los emigrantes que conocía, su interlocutora decía: Jiuzen. )

-Nomás unos trescientos pesos, para el autobús.

La mujer asintió y Esteban condujo hasta una placita donde se detenían los de segunda clase. Una anacua centenaria ocupaba el lugar de honor en el jardincito central, pero ni una brizna de hierba crecía bajo su copa. Allí se guarecían los que esperaban el autobús y habían comprimido el suelo a la consistencia del cemento. Mientras aguardaban, Esteban orientaba a la mujer, evidentemente abrumada por su problema; en cambio el niño seguía las instrucciones como si fueran las de un juego, con una mirada inteligente en los negros ojos rasgados:

-Se van a bajar en la Villa de Fuentes, de allí puede llamar; son cinco minutos a Piedras. Que no se le pase; en la Central siempre hay federales y ésos los huelen.- Lamentó en seguida las palabras que había usado, más cuando la migrante dijo, con expresión dolida:

-No somos criminales, señor...

-Ni yo tengo problema con ustedes, pero es que ahora el gobierno de México trabaja para la Migra... Para su alivio, la llegada del autobús le ahorró más explicaciones. Al salir del auto, el niño tomó del tablero una tarjeta e interrogó con los ojos a Esteban, quien asintió sonriendo. En ella, bajo un membrete de los que ya todo mundo hacía en sus computadoras se leía: Montajes Cinco Manantiales Instalaciones eléctricas y mecánicas Ing. Esteban Barrera Gerente General Si alguien más hubiese visto la tarjeta seguramente le habría agradado ver la sencillez con que el ocupante de tan exaltado cargo tomó el dinero que la mujer había sacado no se sabía de donde, porque no se veía que trajera bolso, la hizo subir primero con el niño, (su nieto, parecía) y entregó los billetes al chofer, al que dijo:

-Ahí te encargo que los bajes en la Villita.

El autobús arrancó rumbo al norte y Esteban retomó su camino al sur. Cruzó Monclova cuidándose de los policías de tránsito que a esas horas cazaban trasnochados y que a él podrían hacerle perder tiempo que no tenía. Dejó la carretera 57 y tomó la 53. La bruma que en las mañanas frías bajaba la visibilidad en ese tramo estaba ya dejando una siempre bienvenida aportación de humedad al suelo reseco, adornando aquí y allá los ocres y grises de bajíos y cañadas con una gama de verdes que iban del tierno de los zacates que apenas brotaban al oscuro de las nimias hojas de los huizaches de tronco retorcido y rugoso. Esteban iba haciendo recuerdos y pensó que nunca había terminado un noviazgo en malos términos; con Mariana la relación, apasionada en los momentos exultantes del mutuo descubrimiento, llegó en poco tiempo al punto en que tuvieron que reconocer que no eran una buena combinación. Ella era firme y decidida en apariencia, mientras por dentro era decidida y firme; Esteban tras un exterior afable ocultaba una voluntad que si bien nunca buscaba dominar, rechazaba toda imposición. La separación se dió de la mejor manera posible y después, sin verse frecuentemente, habían seguido siendo amigos. El carro se desplazaba sin contratiempos, tal vez porque la neblina contribuía a que funcionara mejor el motor del veterano Tsuru. La continua corriente de aire frío y húmedo lo mantenía funcionando, si no como nuevo, al menos de manera confiable. Recorrió la prolongada recta, de más de setenta kilómetros, en la que no se veía una casa, ni más signo de vida humana que el tránsito de carros y camiones, hasta que empezó a notar las botellas desechables al lado de la carretera, seña infalible en Mèxico de la proximidad de un poblado. La confirmaban las bolsas de plástico prendidas en las ramas de los mezquites. La basura en las ciudades le disgustaba, pero lo que no soportaba era que también la llevaran al campo. Meneó la cabeza y dijo:

-Por mi raza hablará el polietileno.

Cruzó Mina y de nuevo se prometió volver en otra ocasión con calma para ver los restos de animales prehistóricos que conserva su museo, y que lo fascinaban desde que, siendo aún niño, encontró su primer fósil, en un arroyo seco cerca de Nava. (Y si pudiera ser un sábado, mejor; así podría visitar una panadería artesanal dotada de un horno de leña que sólo ése día operaba la anciana propietaria, y surtirse de turcos y polvorones). Seguramente había llovido durante la noche, porque en los árboles las gotas remanentes se unían en crecientes hilos que de pronto caían a tierra, y en el Potrero Chico podían verse las nubes que al influjo de la cambiante temperatura se iban uniendo en una sola masa que parecía rodar ladera abajo, descubriendo tras ella caminos zigzagueantes y blancos acantilados verticales. Del otro lado de la carretera, en El Carmen, las pedreras continuaban la tarea que habían abandonado en el cerro de Las Mitras, creando a punta de dinamita nuevos barrancos para sacar la piedra que nutría el siempre creciente esqueleto de la ciudad.

La tardía alba otoñal coloreaba de amarillos y naranjas el cielo tras la Sierra Madre, pero el calor del sol no alcanzaba a sentirse aún, ni a disipar las nubes que cubrían la ciudad, y que en capas se habían acomodado entre los cerros, atrapando los gases y el polvo diligentemente producidos por la actividad humana durante el día. Una parvada de garzas, sobresaltada por la detonación salida del escape de un camión, se desprendió de su percha en una anacahuita y alzó el vuelo. Describió un amplio arco y no encontró mejor destino para su desliz que una planta de subproductos animales a la orilla de la carretera, que les ofrecía múltiples oportunidades de alimentación al tiempo que esparcía hedores que habían despoblado el contorno. Pero a Monterrey no se viaja buscando aire limpio, silencio ó tranquilidad. Era su negocio el que a Esteban le exigía periódicamente estos desplazamientos, que en realidad disfrutaba enormemente, porque en Monterrey conservaba muchas amistades y uno que otro viejo amor, tan viejo como pueden ser los de un muchacho de 27 años. El continuo incremento del tránsito, la creciente opacidad de la atmósfera, la mayor frecuencia con que tenía que hacer funcionar los limpiaparabrisas por el lodo atomizado que hacían volar las llantas de los camiones; una indefinible tensión en el aire que metía a los conductores en una no declarada competencia: todo le indicaría, aún si no conociera bien este camino, que iba ya llegando a la región conurbada que por más que incluya a otros municipios como Escobedo, Apodaca, San Nicolás, Guadalupe, San Pedro y Santa Catarina, para todo propósito práctico se conoce como Monterrey, la capital del noreste de México. Este título no le fué otorgado por ningún Congreso, no aparece en documento alguno ni se enseña en las escuelas; es simplemente la realidad cotidiana la que se lo ha concedido. A la original vitalidad fabril ha añadido la consecuente pujanza financiera; todos los días, las veinticuatro horas, una circulación incesante la conecta con la vasta región en cuyo centro se asienta: camiones y trenes de carga entran y salen con mercancías de todas clases; gasoductos y líneas de alta tensión le aportan energía vital; teléfonos, antenas satelitales y la ubicua red de computadoras transmiten sus pulsos vibrantes. El dinero en todas sus formas también llega, sale, lo recorre: Discretamente los legados del emprendedor de fines del siglo XIX buscan la seguridad de los bonos; con pasos decididos las fortunas del siglo XX actúan para seguir multiplicándose, y un sinfín de capitales recientes se une a los otros para aportar su impulso a las turbinas económicas de la ciudad, en un caudal torrentoso donde se mezclan cheques, libranzas, transferencias electrónicas y simples billetes. (Contra éstos últimos se había ido extendiendo cierto prejuicio; se prefería una alba carta de crédito a una maleta negra llena de dólares.) Pero todos ayudan igualmente a mantener girando las ruedas de los negocios: si el dinero nunca ha tenido olor, tampoco tiene pedigree. No es necesario explicar esto a los regios. Desde su fundación, Monterrey ha abundado en talento mercantil; el genio que en otras regiones se manifiesta en el arte, en la política, en las letras, allí se expresa en los negocios. La remota sangre sefardita, transmitida sin dilución en los aislados pueblos norestenses, y que en sus cruces y recruces ha producido a veces tipos de una excentricidad que bordea la locura, ha reconcentrado en otros el sentido de los negocios, la capacidad de comprender inmediatamente toda operación aritmética donde los números vayan precedidos del signo de pesos. A Monterrey se acercan desde el siglo antepasado conforme los mercados de sus villas y congregaciones les van quedando estrechos. Son el cajero de banco de Sabinas Hidalgo, el trailero de Allende, el dependiente de almacén de Lampazos, que llegan trayendo en sus mochilas el nombramiento de presidente del consejo de administración porque tienen el don de Midas, misteriosa virtud dada a unos y negada a otros, como la inspiración de un poeta ó el punch de un boxeador.

**************

Esteban llegó a la avenida Sendero y centró su atención en los cruces a nivel. Allí confluían el tránsito de dos carreteras con el de cuatro avenidas, y todo se resolvía sin un solo paso a desnivel. Lo extraño no era que allí hubiera choques todos los días, sino que fueran tan pocos. Libró sin problemas los obstáculos y poco después de las ocho ya avanzaba por Manuel Barragán. Iba buscando una tienda de servicio rápido; sabía bien que si no desayunaba pronto se pondría de un humor negro. Salió de los carriles principales, y en los laterales hizo alto en el cruce de la Avenida Topo Chico. Dió vuelta al oriente en cuanto el semáforo se lo permitió, entró a la tienda que allí se encontraba en la esquina sureste y buscó algo que no ofendiera la conciencia naturista de su mamá, quien siempre le reconvenía el desorden de sus hábitos alimentarios. Se decidió por un litro de yoghurt de frutas y unas barras de avena, lo que consumió mientras estiraba un poco las piernas a un lado del carro. La sana colación que estaba disfrutando; los tibios rayos de un sol anaranjado e indeciso que a ratos atravesaban las nubes grisáceas; las sonrisas de dos guapas muchachas uniformadas al verlo desayunar tan desparpajado: todo le parecía amable y le hizo recordar que Monterrey había sido siempre para él y para tantos otros forasteros una casa acogedora. La vibración de su teléfono celular (nunca le habían gustado las alarmas sonoras) lo volvió al día presente, en el que tenía un asunto que atender antes de empezar su ronda de visitas a proveedores. Como lo había supuesto, era Mariana, con quien acordó verse allí mismo en diez minutos. Llegó puntualmente, conduciendo un bonito Honda nuevo de color arena. Esteban se hallaba sumido en sus pensamientos en ese momento, (algo frecuente en él) y no conocía ese carro, de modo que pasó un instante admirándola antes de reconocerla. Su estatura era de más de 1.70 m.; con tacones altos casi lo alcanzaba. El pelo sedoso que con gracia sin artificio se había acomodado al salir del carro era de un color caoba que no se conseguía en ninguna botella, y hacía un efecto muy agradable con su piel clara. Tenía en el cutis tonos de ámbar que le daban calidez, y la débil luminosidad de la mañana otoñal doraba el fino vello de sus brazos. No tenía un tipo a la moda; no había nada de anémico en su piel renitente, ni sus piernas, que sin coquetería hizo resaltar al alisar su falda recta al salir del carro, parecían raquíticas, más bien lo contrario. La abrazó afectuosamente, pero la muchacha ya en los días anteriores había recibido suficiente conmiseración y pésames, así que en seguida se separó de él como para poder verlo mejor y dijo:

-¡Ay, Esteban, tienes que cuidarte! ¿Cuántos kilos pesas?

-¿Me los vas a comprar?

Mariana lamentó haber tocado el tema, pero era que en el tiempo que tenía sin verlo, Esteban había añadido kilos y centímetros por aquí y por allá a su cuerpo. Notó que lo había irritado porque solamente así contestaría una pregunta con otra, práctica que de ordinario lo exasperaba. Por otra parte, tuvo que admitir que si bien había ya en sus dimensiones mucha tela de donde un dietista pudiera cortar, no podía decirse que fuera rollizo, menos aún dentro de la ola de obesidad que parecía ahogar a México. Con su estatura y la amplitud de su armazón ósea, todavía podría subir diez kilos más antes de pasar de fornido a simplemente gordo, así como le quedaban siete ú ocho años de soltero codiciado. Sinceramente arrepentida, Mariana le apretó la mano y dijo:

-Perdóname, es que si vieras cómo luces con unos kilos menos...

Esteban sonrió y volvió a abrazarla, diciendo:

-Dime más cosas, sweet talkin ́woman...

Pero en vez de añadir palabras dulces, Mariana le propuso dirigirse a la casa donde su novio había muerto durante la madrugada del viernes al sábado anteriores. Desde que Esteban supo de quién era la imagen que había aparecido en el periódico, había pensado que Adrián bien podría haber parecido el hermano menor de Mariana, porque la delgadez lo hacía verse más joven, al punto que con el sweater oscuro y la camisa blanca tenía el aspecto de un estudiante, ó al menos de un oficinista novel.

La siguió al oriente, dió vuelta en la rotonda de Fray Luis de León y tomó Manuel José Othón. La casa ocupaba una esquina, con la entrada principal por Salvador Díaz Mirón; el portón del garage se abría a la calle Manuel Acuña. (La Colonia Anáhuac, por su relativa antigüedad, se había reservado para sus calles los nombres de los poetas más conocidos). Esteban estacionó su auto tras el de Mariana, hizo girar la llave de la ignición y se puso a observar cómo reaccionaba el vehículo, que a veces le parecía dotado de una voluntad propia. En esa ocasión el motor sólo continuó trabajando unos segundos como si no hubiera recibido la señal de parar, luego se sacudió espasmódicamente y por fin se apagó. Mariana empezó a caminar en dirección de la entrada, por una banqueta de concreto a la que las raíces de los árboles (fresnos, casi todos) habían levantado en tramos irregulares. Cuando Esteban la alcanzó, le preguntó:

-¿No traías una Cheyenne?

-Tuve que meterle lana al negocio...

-Mmh..., La señora se llama Elvira, es a todo dar. Ya le avisé que veníamos. Como otras viudas con hijos ya casados, doña Elvira Tijerina había puesto en renta parte de su vivienda, en este caso un pequeño departamento, separado de la casa y con su propia entrada. El importe de la renta, aunque bienvenido, no era su principal interés, sino el contar con un vecino tan cercano como para ser de utilidad en caso de necesitarlo. Aunque habría que decir que en esto se engañaba la buena mujer, porque siempre acababa ayudando ella más de lo poco que llegaba a pedir, y que no pasaba de algún sencillo trabajo de mantenimiento de la casa. La suya, aunque maciza, como otras del lado oriente de la Colonia Anáhuac, empezaba a mostrar su edad no sólo en su estilo, sino en las instalaciones eléctricas y sanitarias. Ningún inquilino mejor que Adrián había tenido, como ella misma decía a sus hijas, a quienes desagradaba pensar que su madre arrendara parte de su casa. Tales remilgos se explicaban porque ellas habían vivido el período de expansión económica de fines del siglo anterior, tiempo en el que los hijos alcanzaban ingresos mayores que los de los padres. Las tres vivían ahora al sur de la ciudad, y con frecuencia le recomendaban vender la casa de la Anáhuac y mudarse allá. Pero con doña Elvira nunca habían podido; era aún tan independiente como en su juventud, y como siempre daba a todos más de lo que pedía a nadie, era una conversadora amena cuya compañía era constantemente requerida, y tenía además de su casa ahorros y una pensión, hacía exactamente lo que le daba la gana. Ya los esperaba a la puerta abierta de su casa. Era una mujer de alrededor de setenta años, de porte erguido y mirada alerta. Seguramente había sido bella en su juventud, con ese tipo levantino que se ve en los pueblos norestenses, y que centra su atractivo en unos ojos grandes y negros, como raras perlas en la concha de las ojeras. Esteban pensó que en los treinta años anteriores, por lo menos, no habían entrado en esa casa muebles nuevos; sólo el flamante receptor de televisión con su pantalla plana destacaba con superficies metálicas y teclas plásticas de colores entre la madera oscura del resto del mobiliario. Como lo esperaba, fué invitado a pasar a la cocina, que era donde allí se conducían las reuniones con la gente de confianza. La cocina era amplia y estaba comunicada a un lado con la lavandería por una entrada sin puerta y al fondo con un patio trasero por una puerta entablerada. En ese patio se hallaban un tendedero de ropa y (algo imprescindible en Monterrey) una construcción para asar carne, que incluía una parrilla con chimenea, un depósito para el carbón y una hielera. Se sentaron a la mesa y la señora rápidamente puso en ella tazas y una cafetera. Luego de servir, Mariana dijo:

-Aquí Esteban es muy capaz y se ofreció a ayudarnos...

Esteban sonrió al escuchar esta noticia y dijo a la señora:

-No soy detective, pero tres cabezas piensan más que dos...

Las miró alternadamente tratando de decidir cuál de ellas haría el relato más objetivo, pero luego pensó que ninguna sabría todo lo que era necesario saber, al menos no de primera mano, así que habría que dejar que cada una contara lo que supiera. Dijo:

-Supongo que lo primero es que me enteren de todo...

La señora puso su taza en el plato con fuerza y dijo:

-Según los inútiles de la Policía fueron simples ladrones, lo que querían era robar, no matarlo...

-¿Y según usted?

-No sé...- Calló un momento, y luego, como si hubiera reunido de pronto la decisión necesaria para revelar algo muy secreto, dijo con seriedad y firmeza:

-Creo que son de la Casa de Cambio.

Esteban no contestó de inmediato. Como para ganar tiempo, miró hacia el patio, donde a la derecha se veía, dispuesto transversalmente a la casa, el departamento, construído sobre el garage. Era éste una simple estructura abierta de columnas de concreto, cuya entrada comunicaba mediante una rampa a un portón, de malla ciclónica de un metro de alto como toda la cerca que rodeaba la casa. En su conciencia giraba una confusión de sentimientos encontrados: Primero un fugaz disgusto de pensar que si estas revelaciones eran ciertas, probablemente tendría que enfrentar asuntos para los que no se sentía preparado; luego vergüenza de pensar en esas cosas cuando este homicidio iba camino de aumentar el registro de los nunca aclarados; después curiosidad por conocer las especulaciones de su interlocutora; decidida voluntad, finalmente, de hacer lo posible por aclarar el caso. Apretó los labios, acercó su silla a la mesa, con las yemas de los dedos tamborileó sobre ella un redoble y dijo:

-¿Qué tal si empezamos desde el principio?

Doña Elvira evidentemente estaba deseosa de oír esta propuesta y preparada para obsequiarla, porque en seguida empezó a hablar con gran seriedad:

-El viernes Adrián llegó muy temprano, yo digo que no eran ni las seis, porque todavía estaba un programa de boleros que pongo mientras amaso...

-¿Solo?

-Sí, venía de la lavandería con una canasta, azul, de plástico caladito, llena de ropa húmeda. Pobrecito, tan noble, me hacía caso de no usar las secadoras, de mejor colgarla al aire. Me acuerdo que en eso estaba él, ahí afuera en el tendedero, cuando pensé en la vida que llevan ahora tantos muchachos, desayunando frío, comiendo en la calle, con la ropa percudida y arrugada...

Sin que dijera nada, el rostro de Mariana dejó traslucir cierta impaciencia, y Esteban se apresuró a traer de nuevo a doña Elvira al curso de su relato:

-¿Habló con él antes que saliera de nuevo?

-Sí, lo invité a comerse unas tortillas del comal. Entró cuando terminó de colgar la ropa, traía un portafolios chiquito, con zipper por un lado. Se sentó allí donde tú estás. Nomás se comió dos ó tres tortillas con mantequilla, luego se fué a cambiar a su cuarto. Que digas tú que platicamos, no; nomás me dijo que tenía una carne asada con unos amigos suyos y que le faltaba comprar algo que le encargaron.

-¿A qué horas salió?

-Yo acababa de prender la tele; serían las siete y cuarto cuando Adrián bajó. Lo vi que estaba tanteando la ropa y le dije que se fuera, que yo la recogía antes de acostarme. Me hice de cenar, luego ví un rato las noticias, metí de la ropa lo que se había secado y me acosté.

Esteban iba a hablar cuando la señora se le adelantó, diciendo:

-Pasaditas de las once.

Esteban sonrió y pensó que esa testigo merecía un verdadero detective, pero ya encarrilado continuó con su interrogatorio:

-¿Usted lo sintió llegar?

La señora fijó la vista en su taza, meneó la cabeza, apretó la mano de Mariana y mirándola dijo: -No sabes cómo me reprocho por eso. Tantas veces que ando brujeando sin chiste, por horas, y cuando hace falta, yo dormidota...

Mariana tomó la mano de la señora entre las suyas y dijo:

-Esas cosas ni las piense, usted no hubiera podido hacer nada...

Doña Elvira volteó a ver a Esteban, se aclaró la garganta y dijo:

-A eso de las tres me levanté; ya una no puede dormir mucho de un tirón. Me asomé y el carro ya estaba en el garage. Me iba a volver a acostar cuando me llamó la atención un bulto al pie de la escalera, me dí cuenta de que era Adrián y salí volada. Estaba inconsciente pero vivo, respiraba muy impresionante. La señora cerró los ojos, como haciendo un esfuerzo para soportar el recuerdo, y Esteban vió de reojo que Mariana se tensaba. Sabía que ésta lo había buscado por su objetividad, y que no eran condolencias lo que esperaba, así que sin reaccionar ante la carga emocional del momento, preguntó en tono neutro:

-¿Exactamente dónde estaba?

-Donde empiezan los escalones.- La señora volteó la mirada al lugar aludido, como lo hizo Esteban, quien vió la escalera exterior que llevaba al departamento, que arrancaba del patio del tendedero y remataba en un descanso. La escalera y el descanso tenían un barandal metálico de altura más que regular, pintado de amarillo.

 -Estaba con medio cuerpo en la banqueta.

-¿Como si hubiera rodado por la escalera?

-Eso parecía. Hablé a la Cruz Roja, llegaron muy pronto y se lo llevaron. Iba como amortajado, con la cabeza en una cosa cuadrada...

-¿Y no comentaron algo los socorristas, en ese momento?

-Yo ni les pregunté nada, para no estorbar. Pero lo que entendí de lo que hablaban entre ellos era que había que apurarle si querían salvarlo. Yo hice por irme con él en la ambulancia, pero los de la Judicial querían hablar conmigo, así es que tuve que quedarme. Como si sirvieran de algo...

 -¿Ya habían llegado?

-Sí, creo que están en el mismo radio, el caso es que llegaron casi junto con los socorristas. Subimos al departamento y el jefecillo, un viejo apestoso de pelo pintado, dijo que Adrián de seguro les había caído a los ladrones y que al salir lo habían tumbado. Había mucho desorden; me preguntaron si faltaban cosas. De lo que yo conocía lo único que no veía así de pronto era su computadora portátil. La verdad es que ni me fijé bien, por andarles cuidando las manos a los judiciales.

-Sí, una laptop es fácil de esconder y de vender.

-Pues dijeron que los ladrones no alcanzaron a coger nada más. Luego llegó un tipo de lo más corriente con un maletín; yo cuando lo ví pensé que sería el que cargaba el material. Se puso dizque a buscar huellas digitales, estuvo un rato nomás, a la primera llamada que les hicieron por el radio se fueron todos. Me dijeron que ya podíamos recoger el tiradero, que ya tenían las evidencias.

-¿Y cómo entraron los ladrones, qué dijeron los judiciales?

-El cerrojo de pasador estaba atorado, Adrián no había tenido tiempo de arreglarlo y nomás usaba la cerradura de golpe. Dijeron que un niño la podría abrir con una tira de plástico.

-¿Y la Judicial ya no hizo nada?

-Lo que saben hacer: maltratar a los jardineros, a los lavacoches, a los novios de las sirvientas. Han preguntado en la Casa de Cambio y aquí en la Colonia si tenía enemigos, si no andaría con una mujer casada, ¡hazme favor!...

Doña Elvira les ofreció más café, que sus visitantes declinaron, luego volvió a su relato:

-A esas horas le llamé a Mariana, ella les avisó a los papás de Adrián en Tampico.- La gente de la Casa se había portado de maravilla, dijo:

-El licenciado Alanís, el dueño, mandó a un abogado que arregló todos los trámites. Pero, ¿crees que pudo parar la autopsia? No; se emperraron en hacérsela, como si arreglaran mucho. Para el sábado a mediodía ya todo estaba listo para trasladar el cuerpo. Cuando menos les ahorraron ese trago de andar peregrinando en oficinas apestosas.

Esteban no quería hacer preguntas detalladas a Mariana, temiendo causarle un renovado dolor, pero fue ella la que se adelantó con lo que él deseaba saber:

-El dictamen del forense fue de contusión profunda de cráneo. Tenía otras lesiones, pero no eran mortales.

Doña Elvira dijo:

-El Lic. Alanís pagó todos los gastos del traslado y del sepelio. A los empleados que quisieron ó pudieron ir a Tampico les puso camionetas con chofer. El sábado tempranito le hablé a Mirtala (es mi hija mayor) para que no se fuera a alarmar si veía la noticia. Como quiera se asustó; vino luego luego por mí. Pero yo no me hallo en otra casa; me trajo mi yerno el lunes por la mañana. Dió un sorbo a su taza de café y continuó:

-Nomás llegando me puse a arreglar el departamento, ¿Te imaginas, sus papás vienen por sus cosas y que vayan viendo el mugrero que dejaron esos infelices?. ¡Qué ladrones ni qué ocho cuartos! Fíjate: el escritorio lo desordenaron todo; sacaron hasta los cajones, pero no se llevaron un juego muy fino de plumas que tenía Adrián, ¿Tú crees? Lo que sí se llevaron fueron dos cosas que él usaba mucho: Una caja de plástico ahumado con sus discos...

-¿De música?

-No, discos de computadora.

-¿Pero a quién se le ocurre robar discos usados? Vale más un par de zapatos que cincuenta CD.

-Tampoco estaba su agenda. El clóset, el buró, todo batido, pero no te sabría decir si faltaba algo. Terminé de recoger y bajé a la casa, varias vecinas habían llegado a platicar, unas porque sabían lo que yo lo quería, otras porque son unas morbosas. La señora apretó los labios y meneó la cabeza, luego dijo:

-El martes empezó lo curioso; llegaron dos hombres...

-¿Amigos de Adrián?

-Uno sí; es empleado de la Casa, a veces venía para llevar a Adrián al aeropuerto cuando iba a estar fuera varios días; es un güero colorado... Mariana interrumpió el relato:

-Eso no me lo había dicho...

La señora reaccionó con extrañeza:

-Es lo que te conté...

-Sí, pero no me había dicho que era el mismo que lo llevaba al aeropuerto...

-Tal vez se me pasó; bueno, el otro como que quería hacerse el confianzudo, pero el güero no le hacía mucha testera. Sin que yo le preguntara salió con que era de la Casa también, de Auditoría, como Adrián. Después se me ocurrió que más bien parece judicial, con los pelillos parados y ojos desconfiados, de cobrador...

Mariana dijo, dirigiéndose a Esteban:

-Adrián tenía una asistente, pero era el único auditor.

Esteban asintió, luego preguntó a doña Elvira:

-¿Y que querían?

-Buscar un disco de computadora, un CD. Yo no desconfié, ya conocía al colorado y el grandote me pidió que les permitiera buscar delante de mí. Dijo que el disco era del trabajo que Adrián estaba haciendo, que tenía una etiqueta que decía "Auditoría Ecatepec 3 ". Es un pueblo cerca de México donde tienen una sucursal.

Mariana dijo:

-Tienen como 5 sucursales alrededor del D.F. ...

-Bueno, subimos los tres, yo les dije que no había visto nada de eso al arreglar el escritorio, así que se puso a buscar en otros lados, hasta en la despensa.

-¿Nomás uno de ellos buscaba?

-Sí, el borrado y yo estuvimos platicando; se veía que apreciaba mucho a Adrián. El otro no encontró nada, luego se le ocurrió que tal vez estuviera en alguna chaqueta de Adrián. Abrí el clóset, él descolgó una y revisó todas las bolsas sin hallar nada. Yo le ofrecí avisarle si acaso aparecía el dichoso disco, pero me dijo que él volvía. No quiso darme una tarjeta ó un teléfono. Luego salió con que también necesitaban el celular de Adrián, que era de la Casa. Ayer se apareció dos veces, ya me fastidió y hasta algo de miedo tuve la segunda vez que vino; no sé porqué me impresionó tanto ver cómo se le movía la nuez de Adán cuando hablaba.

Esteban empezó a hacer algo que siempre acostumbraba cuando se ponía a reflexionar, que era juntar el índice y el pulgar de la mano derecha bajo la nariz, separándolos gradualmente para atusar el bigote y volvéndolos a juntar para repetir luego todo el ciclo de movimientos. Finalmente dijo:

-Qué raro que no tengan ellos la información del disco en otra parte. Y lo del celular también; no valen ya la pena, poco falta para que vengan en las cajas de cereal.

Doña Elvira se encogió de hombros y dijo:

-Ayer me tendí a buscar en todas partes, porque ya no quería que volviera a venir el mugroso ése. Ya tarde hallé las dos cosas.

-¿Y dónde estaban?

-En el portafolios chiquito de Adrián, el que traía el viernes. Cuando se sentó lo puso en otra silla, allí estuvo todos estos días, el mantel lo tapaba. Pero fíjate qué curioso: Primero lo busco para devolverlo, pero nomás lo hallé y dije entre mí: ¡Mangos que se lo regreso!. Esteban y Mariana sonrieron, y la señora continuó:

-Aquí hay algo muy chueco, este tipo quiere el disco porque allí hay algo que lo compromete, hasta pienso...

Conociendo bien a Esteban, (como ella decía, mejor que él mismo) Mariana sabía que solamente lo convencerían los argumentos basados en algo más tangible, así que dijo:

-Es mucha casualidad que el único disco que no se llevaron los ladrones sea el que esta gente viene a buscar...

Esteban calló un momento mientras reflexionaba y luego dijo:

-Si parece demasiada coincidencia, pero díganme: ¿Qué podría tener Adrián en un disco para que lo mataran?. ¿Ustedes creen que anduviera en cosas de ese pelo?.

Mariana contestó:

-Pues te voy a decir que había encontrado muchas cosas chuecas; me acuerdo de unos cajeros que cambiaban por su cuenta con el efectivo de la empresa y no lo reportaban. Luego agarró a un ejecutivo, y de los de más confianza, que cambiaba la hora de las transacciones para reportar otro tipo...

Esteban, tras su aparente escepticismo, empezaba a interesarse en el problema, pero a su manera, sin tomar posiciones antes de tiempo, y dijo:

-Pero ninguna de ésas explicaría un asesinato, por encubrir un delito menor no iban a meterse en otro más grave.

Doña Elvira, aparentemente impacientada por las dudas de Esteban, dijo en tono firme:

-Te digo que este tipo estaba robando a la Casa, que mató a Adrián porque lo había descubierto.- Luego, con inesperada energía, la señora se incorporó y de un gabinete sacó una bolsa de plástico que entregó a Esteban. Dentro venía un portafolios pequeño, de los que suelen usar los cobradores.

A Esteban no le parecía probable que ese objeto ordinario encerrara misterios que explicaran un asesinato, pero no dijo nada. Corrió el cierre de cremallera y vió dos notas de venta por compras de menudeo, un disco rotulado con claridad: "Auditoría Ecatepec 3" y un pequeño teléfono celular plegable.

Mariana dijo:

-Yo ya le hice la lucha al disco, pero tiene password. Lo que te pedimos es que vayas a la Casa de Cambio, checar el ambiente, no sé...el Lic. Alanís es el que podría saber si lo que hay aquí compromete a alguien...

Esteban preguntó: -¿Tienes alguna sospecha, Adrián te contó algo?

Mariana contestó: -Sí, pero como tú dices, cosas menores; esto tiene que ser algo más grande...

Esteban no se había convencido que esas conjeturas tuvieran el menor contacto con la realidad, pero para la tranquilidad de las dos aceptó hacer el servicio que le solicitaban. Preguntó a doña Elvira:

-¿No tiene el cargador? Porque de seguro me lo piden, por lo visto.

-Debe estar allá arriba, vamos.

Los tres se incorporaron, pero Mariana no parecía deseosa de subir al departamento. Se separó de los otros dos, y en un tono muy neutro, como de distribución práctica de las tareas, dijo:

-Voy a conseguir el nombre del pelirrojo, te llamo luego. -Rechazó con un gesto amable la intención de doña Elvira de acompañarla a la puerta, se despidió de ambos y salió. De un tablero con armellas que estaba fijo a la pared, la señora descolgó un llavero. Abrió la puerta que daba al patio, y Esteban la siguió, preguntándole:

-A propósito, ¿Dónde estaba el llavero de Adrián cuando usted y los policías subieron?

- Recuerdo que cuando subimos la puerta estaba abierta. Cuando se fueron y me dijeron que ya podía arreglar todo, busqué el llavero y estaba colgado en un tablero como éste, ahorita lo vas a ver.

Subieron al departamento y Esteban observó al llegar al descanso que tanto las bisagras de la puerta mosquitera como las de la principal estaban al lado derecho del marco, por lo que para entrar, uno las hacía girar en sentidos opuestos. En Esteban iba creciendo la impresión que había facetas de la vida de Adrián que no podía ni imaginar, aunque el departamento tuviera un aspecto de lo más convencional. A la izquierda según se entraba había un tablero como el de la cocina, dotado además de ganchos para ropa. De uno de éstos colgaba una gorra de béisbol. Esteban se imaginó al difunto esposo de doña Elvira equipando toda la casa con artículos prácticos como esos, y colocados con juicio, porque al lado del que entonces veía estaban los apagadores de la luz. En la recámara, en el cajón del buró, encontraron varios cargadores. Revisando los voltajes y el tipo de conexión, Esteban seleccionó dos, uno para tomacorrientes doméstico y otro para uso en automóvil. Se echó ambos al bolsillo y sintió de pronto la necesidad de alejarse de ese recinto, aparentemente tan común, pero el que cada vez más le parecía encerrar algo insólito. Necesitaba un tiempo a solas para acomodar algunas ideas que traía en la cabeza desde que subió la escalera.

Decidió hacer una ó dos visitas de negocios antes de ir a la Casa, y una vez allí tomarse su tiempo, hablar con el dueño, buscar al supuesto auditor, en general tratar de formarse su propia idea del asunto.

Bajaron y doña Elvira acompañó a Esteban hasta su carro. Ya en la banqueta le dijo:

-Lo bueno es que al Lic. Alanís le va a interesar agarrar a los que lo han estado robando, y va a mover todas sus palancas para que los pesquen, que los castiguen por lo que le hicieron a Adrián. - La señora se quedó pensativa unos momentos, luego dijo:

-Como si de algo le fuera a servir a Adrián, ó a sus papás.- E impulsivamente le extendió los brazos a Esteban, quien hizo lo propio. La señora se echó a llorar, agitándose quedamente. Olía a lilas, y Esteban reconoció un talco que venía en latas metálicas ovaladas y que su abuela solía comprar en Eagle Pass. De pronto, con un decidido aunque amable gesto, doña Elvira se separó, se secó los ojos y la nariz, se aclaró la garganta y dijo:

-Bueno, me imagino que tienes muchas cosas que hacer. Qué bueno que Marianita puede contar con un muchacho como tú. Aquí tienes tu casa.- Y sin más palabra dió media vuelta y regresó a su vivienda.

* Editorial Font. Monterrey, Nuevo León. México. 2009.

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