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Lunes, 07 Enero 2008 00:00

Sobre Artistas, empresarios y políticos

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Los políticos y funcionarios de medio pelo utilizan al arte para disfrazar ambiciones de poder y negocios truculentos que terminan cuando dejan el puesto público. Los artistas, cuando tocan el tema de la política, provocan ideas y emociones que perduran más allá de trienios y sexenios. Sus obras producen el goce estético en la sensibilidad y la memoria del público, del ciudadano. ¿Quién se acuerda del presidente municipal de París cuando uno ve y se emociona con el Gernica de Picaso? ¿Sabe la gente el nombre del empresario que mando destruir el mural que Diego Rivera pintó en Detroit? ¿El nombre del Papa que despachaba desde el Vaticano cuando Luis Buñuel estrenó la Edad de Oro? ¿El comandante del ejército norteamericano que permitió la tortura en la prisión de Irak que “inspiró” a Botero? Estas preguntas hay que abordarlas hoy, en pleno siglo XXI, cuando la política y los políticos del poder dominante, es decir los Sumos Sacerdotes de la Religión del Mercado pierden credibilidad y son objeto de la crítica y la simbolización del arte en la pintura, el cine , la novela, el teatro.

El sociólogo Pierre Bordieu ha escrito estudios fundamentales para ver cómo y por qué en el siglo XIX la historia del arte y los artistas (sobre todo los escritores) generaron un campo estético autónomo, un poder simbólico y social en disputa con el poder del dinero y la política; en que momento se consolida la crítica que los filósofos y escritores (Voltaire, Diderot, Rousseau, Sade…) ya ejercían desde el siglo XVIII, siglo de la ilustración , el racionalismo, el combate contra la fe y los dogmas de la monarquía y la iglesia católica, siglo de la Revolución Francesa y la guerra de Independencia Norteamericana. En su célebre y polémico libro ¿Qué es la literatura?, Jean-Paul Sartre hace un recuento histórico de la relación de los escritores con el lenguaje, el poder, las ideologías, la política. Antonio Gramsci tuvo ánimo y tiempo, desde la cárcel en que lo tenía confinado Musolini, de escribir penetrantes ensayos sobre literatura, cultura, intelectuales e historia. Volver sobre estos y otros clásicos del pensamiento y la crítica, permitirá abrir el terreno de reflexión y debate sobre la relación entre arte, política y mercado en esta era de la globalización que pretende asfixiar las ideas y convertir el arte -su producción y consumo- en un adorno estéril, y a los artistas en callados y dóciles acompañantes en la corte del sensacionalismo y el boato.

En Monterrey, laboratorio de contradicciones sociales y culturales, algo se mueve en el sentido de llamar a debate a las instituciones que promueven el arte y tratan con sus productores y consumidores. Lo sucedido con el Fórum plantea, en otro terreno, el pasado, presente y futuro de la relación entre cultura, arte y política. Surgen preguntas entre editorialistas (Raúl Olvera, Xavier Moyssen, Ximena Peredo…) y no pocos artistas, académicos y estudiantes de las escuelas de artes: ¿Y después del Fórum, qué sigue? ¿Cuál es el destino de los espacios (nave Lewis y otros) construidos para la realización del fórum? ¿Cuál será el papel de Conarte a corto, mediano y largo plazos? ¿Será capaz de pensarse a si mismo a trece años de fundado en otro contexto cultural, social y político muy distinto? ¿Cuál es el papel y el perfil profesional de los promotores (as) culturales? ¿Cómo conciben las universidades la cultura, el arte, la libertad de expresión y la crítica? ¿Las instituciones empresariales de cultura, que harán? ¿Qué harán las instituciones públicas? ¿Y los espacios de autogestión y artistas independientes cómo se manifestarán? ¿Y la prensa, la radio y la televisión, se modernizarán y abrirán espacios informativos y de reflexión a la diversidad cultural? Muchas preguntas que dan para otro texto.