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Jueves, 31 Enero 2008 00:00

La huelga del Gremio de Escritores en la Meca del espectáculo

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Los escritores de guiones que trabajan para la industria del entretenimiento cinematográfico y televisivo, han puesto en tensión, casi en Jaque, al mayor poder de penetración cultural, ideológico y simbólico de la potencia en declive, al borde de la recesión. Las poderosas empresas norteamericanas de la cultura globalizada que se compra y vende en la voraz sociedad del espectáculo y del consumo, han sido cuestionadas y paralizadas por los hombres y mujeres que escriben guiones sin los cuales no hay película, serie o programa televisivo que llegue a los espectadores. Estos conocedores del lenguaje, herederos de los escritores y escritoras que estaban ahí mucho antes de la invención del cine, la televisión y el Internet, que se formaron en la dramaturgia , la novela , el cuento , el ensayo , la historia, han dicho ¡Basta! al ninguneo y la explotación de su trabajo . Primero se organizaron en un gremio de guionistas, nacional, poderoso, dispuesto a luchar por sus intereses económicos, paso inicial de toda acción solidaria y política. Después desmontaron el mito individualista de la creación, cualquiera sea su valoración estética, pues es evidente que la exigencia artístico-literaria no es la misma para quien escribe el guión original de Pandillas de Nueva York , el guión de Psicosis , la adaptación en diálogos e imágenes en la pantalla de la novela A Sangre Fría de Truman Capote, el guión de una comedieta de entretenimiento sobre las tribulaciones y miedos de la clase media norteamericana, o un programa deleznable de Reality Show al estilo Cristina . Las diferencias estéticas están ahí para ser analizadas por la crítica, pero como cualquier trabajador que produce riqueza con su saber y quehacer, todos los guionistas: extraordinarios, buenos, medianos y malos tienen derecho a demandar un justo pago por su aportación a la industria, a no dejarse sobreexplotar por los tiburones del Bisnes.

El Star Sistem privilegia y promueve obsesivamente las caras de actores y actrices, hasta la náusea si son jóvenes, bellas, galanes y/o exhibicionistas y extravagantes. De ahí se nutren los insportables programas del chismerío televisivo y las páginas de espectáculos de los periódicos. ¿A quién le interesa leer y ver N veces que la actriz de moda está embarazada y anda de Shoping comprando la ropita para el Bebé? ¿Quién soporta ver la cara de Paris Hilton fotografiada a todo color y en primera plana cada vez que sale a la calle? ¿Quién es feliz con la tragedia existencial de Britney Separs?: los ciudadanos adiestrados como consumidores acríticos, fascinados con el voyerismo (a veces verdaderamente perverso) propiciado por Paparazzis y cronistas simplones de la farándula. Así, en el contexto planetario de la banalización que caracteriza a la sociedad del espectáculo, salvo el teatro que destaca y valora a sus dramaturgos (Sófocles, Shakespeare, Moliere, Brecht, Artur Miller, Edward Albee, Usigli y tantos otros y otras del escenario internacional), históricamente el trabajo de los guionistas ha sido considerado (por los Homovidens fanáticos de la imagen) como una aportación secundaria, desdeñable. Hubo una época en el siglo XIX en que actores y actrices connotados podían prescindir del director de Escena (ellos mismo se autodirigían) pero nunca del texto dramático; hubo otra época en el siglo XX –y sucede todavía en el siglo XXI- en que directores de escena pretendieron minimizar el texto dramático, pero nunca se atrevieron a dirigir sin por lo menos una adaptación sobre un trabajo dramatúrgico previo que no pocas veces quedaba arbitrariamente destazado. El desdén por la escritura, sin la cual no hay puesta en escena teatral, cinematográfica o televisiva afecta también a otros artistas, técnicos y artesanos que no aparecen en la pantalla: compositores, fotógrafos, camarógrafos, escenógrafos, maquillistas, diseñadores de vestuario, diseñadores de imagen publicitaria .Sin estos trabajadores que permanecen en el lado oscuro de las locaciones cinematográficas y de los estudios simplemente no hay producción de películas o programas de televisión.

Así, los guionistas norteamericanos a tres meses de iniciada su huelga están mostrando al mundo su poder gremial. Saben que sin ellos se ahondará la crisis que afectará a los empresarios, actores, directores, conductores de programas televisivos, técnicos y demás involucrados en la industria. Por lo pronto, los actores y directores se han solidarizado con ellos. Saben que no habrá papeles a interpretar y dirigir en películas y programas mientras persista la huelga; saben que está en riesgo el Glamur y la publicidad de los premios (como ya sucedió con el desangelado premio de los Globos de Oro). También están nerviosos los diseñadores de vestidos, joyas, zapatos que lucen las beldades en la alfombra roja de la ceremonia de los Oscares. Los peluqueros sufren. Incluso los fabricantes de limusinas están preocupados. Los Fans enamorados de las estrellas y los creyentes en el Culto al Famoso por estos días padecen de insomnio y gastritis. Bueno, hasta los financieros, grandes empresarios y políticos del Stablishment están cruzando los dedos para que termine la huelga (“ojalá desistan los guionistas”- piensan en su monólogo interior), peligrosa en tiempos de desaceleración y recesión económica. Vaya, los escritores tienen con los pelos de punta y el grito en el cielo a la crema y nata del negocio del espectáculo que invade las pantallas de los cines y las casas de gran parte del planeta. Tal vez a México le darían un premio Oscar por ser el país más invadido por las producciones cinematográficas y televisivas de la industria norteamericana.

La escritura tiene poder en si misma, en el tejido de sus palabras, cuando revela los horrores y los placeres, las tristezas y las alegrías del mundo. Cuando no es sometida a dogmas ideológicos o a la censura. Es más eficaz y pone en su lugar al poder despótico (económico, político y religioso), si los escritores se unen, más allá de individualismos arrogantes, pequeñas vanidades y competencias ridículas, por las causas de la solidaridad y la justicia. Lo mismo sucede con los pintores, los músicos, los bailarines, los actores, los fotógrafos. ¿Quién piensa que el arte y los artistas son prescindibles…o manipulables? ¿Quién dijo que la literatura y los escritores no sirven para nada? No cabe duda que quien lo piensa y lo dice, es un despistado, un ignorante o un pelmazo.