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Jueves, 17 Enero 2008 00:00

Aunque se vista de seda, censura se queda

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La censura ejercida por Televisa-Prisa a la periodista Carmen Aristegui es un mal síntoma que anuncia la devaluación de la retórica apologética, aplaudidora y servil, en torno al proceso democrático mexicano, los derechos ciudadanos y el respeto a la libertad de expresión.

Un régimen débil, ilegítimo y errático que se mueve y gesticula a golpes mediáticos de spots que hablan de un México ficticio, no del México real, puede sucumbir a la tentación de acotar, acallar, censurar las voces críticas de la oposición, la actividad de los disidentes, los movimientos que no obedecen la inercia y los controles del corporativismo en decadencia y el autoritarismo empresarial hoy (como ayer con el inefable Fox) abiertamente instalado en la presidencia de Felipe Calderón. Parece que es la etapa que sigue y crispará aún más el conflicto histórico agudizado con la fraudulenta elección del 2006.

El caso Carmen Aristegui ha dejado en claro los intereses políticos y empresariales que predominan en la mayoría de los medios de comunicación, pero también ha mostrado la atenta y decidida participación de ciudadanos y organizaciones que no aceptan la pueril explicación de la “incompatibilidad editorial”, y han encarado abiertamente a los periodistas Popcorn y a los intelectuales Salchichitas que minimizan y justifican abiertamente la decisión de Prisa-Televisa.

Si adaptamos la historia bíblica, sabrosamente pedagógica, Carmen Aristegui (Davida) ha vencido con una buena pedrada en la frente al Goliat (Prisa-Televisa) de la desinformación mexicana, por la fuerza ética y la sencilla razón que no todo en la vida es poder político, negocios e impunidad. Si de credibilidad, profesionalismo y valor para criticar y ejercer la pluralidad se trata, se puede apostar doble contra sencillo que el rating de Carmen Aristegui está muy por encima de los periodistas alquilones y los intelectuales publicistas. A unos les bien mal el disfraz de inocentes; y otros se exhiben como intelectuales orgánicos , mudos ante la censura real ejercida en tiempo presente y vociferantes contra una censura a futuro, hipotética, según ellos agazapada en la nueva ley electoral que regula la compra de espacio electrónico en las campañas electorales, donde el poderoso caballero Don Dinero hace que baile el perro, se emprendan guerras mediáticas Goebbelesianas y hasta se fabriquen candidatos ineptos, salidos casi de la nada .

Pero si mucho se pudre en la República gobernada por la derecha prianista, existe en proceso un movimiento ciudadano que no acepta imposiciones y no se traga cualquier mentira, venga del Presidente, del Hombre de Forbes, del Junior de la Casa Blanca o del Papa. El Principio de Autoridad Sin Consenso y a Toda Costa, el avasallamiento, el cinismo imperan y hacen su nido en el poder, pero dejan ver rápidamente su fragilidad.

La censura a Carmen Aristegui es una primera llamada al espectáculo de un sexenio al que no le salen bien las cosas como le salían a la septuagenaria monarquía priísta, que añora volver a los gestos y rituales autoritarios, a los controles mediáticos, a la cooptación, la compra o la abierta persecución de la oposición política. Pero entre la primera y la tercera llamada pueden suceder muchas cosas, están sucediendo cosas insólitas. Una de ellas es la solidaridad nacional e internacional de ciudadanos que apoyan abiertamente a Carmen Aristegui y critican, sin rodeos, el pobre concepto de libertad de expresión que proclaman la pareja asociada Prisa y Televisa. Así, la tensión y las contradicciones ideológicas, políticas y sociales que vienen no sólo pondrán en cuestión las instituciones públicas, sino también a la empresa privada. Las empresas periodísticas tendrán que repensar su idea de libertad de expresión y definir si sirven al poder en turno o a los ciudadanos. Se acabaron las simulaciones, las engañifas, las vestimentas de seda.