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Viernes, 26 Octubre 2007 01:00

La tragedia de los dos presidentes: ¿Quién es el falso, quién el verdadero?

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Desde hace veinte años México es un gran escenario donde se escenifican los mejores espectáculos teatrales del mundo. El bloque en el poder, sus clases dirigentes tienen vocación de actores y actrices, son convincentes interpretando papeles de si mismos en los tonos de la tragedia, la comedia, el melodrama, la farsa y la tragicomedia. Incluso en lo géneros del sainete y el esperpento, son talentosos.

Así, divertidos, hemos visto la comedia bufa de la Caída del Sistema en 1988; la tragicomedia del Caso Colosio; la farsa cómica de la famosa y hoy olvidada Paca; el sainete del videoescándalo y el Complot de Ahumada y sus amigos; la farsa cómica de El desafuero de AMLO; las tragedias de El gober precioso, de El guapo del copetito de Edomex , de El sátrapa que se perpetúa en Oaxaca; la tragicomedia de El fraude electoral de 2006; la mezcla de esperpento-sainete-comedia de equivocaciones que fue (y es) Foxilandia y el Vicentismo-Sahagunismo en su fase superior del cretinismo; la farsa patética de La pederastia en que se encuentra involucrados el Cardenal Norberto y sus aliados.

En el espectáculo continuo los actores hacen papeles de hombres y mujeres actuando en las tramas tejidas en los corrillos de las grandes empresas, los partidos políticos, las capillas y los confesionarios de la iglesia, los grupos de intelectuales oficialistas y las cadenas televisivas. Ya no hace falta aprenderse la dramaturgia, ni ensayar las escenas, ni director que dirija las puestas en escena. El teatro mexicano es la improvisación perpetua y cambiante a partir de una idea matriz, de un dogma ideológico: mantener el poder a toda costa, gritando al mundo que se defiende la libertad contra el populismo y el terrorismo. Así, se crea la ficción teatral de la democracia, perfectible, pero democracia, mientras se preparan y ejecutan acciones golpistas.

En esta teatralidad mexicana que será más espectacular conforme avance el sexenio y nos acerquemos a la fecha mágico-simbólica del 2010, el tema del dueto presidencial es alucinante y adquiere cada vez más tonos de humor grotesco, con tintes surrealistas, a la manera de Ubú Rey, el clásico del teatro absurdo. Los mexicanos tenemos un presidente de facto que despacha desde los pinos y un presidente legítimo que recorre el país organizando la insurrección democrática. Que en pleno siglo XXI el país tenga dos presidentes, habla de una anomalía extraña, de una perversión seudodemocrática, de una división social profunda, de una bomba de tiempo que tarde o temprano explotará en las calles y las instituciones. Según Felipe y Andrés y sus correligionarios: Un presidente es fraudulento, otro legítimo; uno falso, otro verdadero; uno loco, otro cuerdo; uno institucional, otro que manda al diablo las instituciones que le robaron la presidencia; uno que se mueve amurallado por un ejército de guardias; otro que se mueve entre la gente, sin guardaespaldas. Esta división se expresa en las cámaras, en las calles, en las instituciones, en los debates intelectuales abiertos, en los medios de comunicación.

Este perverso juego de las identidades que monta el bloque en el poder tiene también el aire del teatro de Luigi Pirandello donde uno, el individuo, es Uno, Ninguno y Cien mil; donde uno de los presidentes , el inauténtico, el falso , el fraudulento , anda en busca de un autor que le de presencia verdadera , identidad presidencial . ¿Quién es el falso: Felipe Calderón, López Obrador? ¿Quién gano realmente la elección presidencial? ¿A quién le dieron una mano los que quieren mantener el poder cueste lo que cueste? ¿Quién se negó al recuento voto por voto, casilla por casilla? Torpeza histórica extrema: el recuento nos hubiera evitado esta tragicomedia que se nutre en el caldo de cultivo de la violencia real y simbólica. Pero la justicia tiene su cara poética: Todo indica que los diseñadores y propagandistas de la frase “peligro para México” estaban haciendo un autorretrato para los tiempos que vendrían, que ya están aquí.

Como sucede en los sistemas en decadencia, las clases dirigentes en México subestiman a los ciudadanos: sus deseos, su intuición, sus emociones, la inteligencia de los ofendidos y humillados que han dicho basta: en 1994 con la insurrección del EZLN; en 2006 con la insurrección de Atenco, la Appo y el Lopezobradorismo. En el 2010, que está a la vuelta de la esquina, ¿qué insurrección nos espera? Esa movilización nacional ya no será un espectáculo: todos los ciudadanos seremos actores y espectadores, al mismo tiempo.

En estos tiempos oscuros en que el país se precipita con dos presidentes disputando la verdad histórica, hay un México bronco, desesperado, que se mueve sigilosamente tras bambalinas. Ojalá la insurrección popular que viene sea por la vía pacífica. Ojalá.