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Jueves, 18 Octubre 2007 01:00

Ni poeta, ni monstruo: un síntoma

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Que el ciudadano mexicano José Luis Calva Zepeda, habitante en el Distrito Federal se autonombre poeta no significa que en verdad lo sea.

Que se declare alcohólico y cocainómano, seguramente lo es.

Que se asuma asesino y los hechos lo confirman, significa que lo es.

Que guarde trozos del cuerpo de su víctima en el refrigerador y convide a sus perros al banquete, muestra que es un sicótico emulando a los personajes delirantes de las novelas del Marqués de Sade (que por cierto en vida nunca cometió los excesos sexuales y criminales que relata en sus textos literarios).

Que los investigadores judiciales descubran que en la sartén doraba una trozo de carne de su víctima para comerla y lo llamen Caníbal, es muy probable que lo sea, aunque esporádicamente, en la ceremonia de la misa negra privada.

Que en su megalomanía quiera parecerse al siniestro personaje que encarna el actor británico Anthony Hopkins en las películas Hannibal y El Silencio de los Inocentes, habla de una extrema confusión entre realidad y fantasía.

Que en su inconsciente y su situación existencial recurra al rito arcaico de la antropofagia donde se mezcla el ritual del sacrificio que trasgrede la prohibición de la muerte del Otro consagrada en el imperativo categórico “No matarás”, significa que hay en proceso un fenómeno cultural-psicológico que habla de una grave descomposición social.

Que el rito del sacrificio y la profanación del cuerpo de la víctima , unida al horror por la putrefacción y la náusea que produce la fetidez (estudiado por Bataille en su libro El Erotismo), y la acción de “echar la carne a los perros”, conjugados con perversos juegos eróticos, la patología esquizofrénica del amor-odio y la posesión obsesiva de la amada-detestada, habla de un síntoma, de actos simbólicos que revelan un mundo de miseria y represión sexual, falsa moralina, negocio y cosificación del cuerpo del deseo que se manifiesta en la violencia hacia la mujer, las violaciones sexuales, la pederastia clerical, el tráfico sexual con menores de edad, las muertas de Juárez, la profusión de pornografía impresa, en la Internet, en las películas y videojuegos donde reinan y triunfan los ángeles exterminadores.

Sí, se trata de la imagen y la conducta de un individuo que refleja los mecanismos dominantes en una sociedad que privilegia las cosas, las mercancías, y desdeña las ideas y las emociones de los sujetos; de un poder dominante que tiene –como dice Erich Fromm en su libro– miedo a la libertad.

De ahí que silenciar o soslayar la difusión del complejo caso del ciudadano José Luis Calva Zepeda (se trata de un mexicano, no de un monstruo llegado de quién sabe dónde), significa negar una realidad que perturba y requiere no de opiniones psicológicas o sociológicas superficiales, ni de amonestaciones edificantes o exorcismos religiosos, sino de una profunda radiografía de los hechos reales y los discursos jurídicos, políticos, económicos, morales, culturales del sistema panóptico que está produciendo el capitalismo neoliberal que, como en su etapa de acumulación salvaje, reprime, depreda y mutila el cuerpo de la sociedad nacional.

De ahí que resulte patético que el periódico El Norte (Octubre 17) encabece e inicie su nota llamando “poeta” (aunque lo entrecomille), al asesino del Distrito Federal. Eso degrada la literatura y a los verdaderos poetas; que su encabezado diga “No comí su carne; era para los perros”, es sumir el ejercicio periodístico en el amarillismo ramplón y el sensacionalismo barato al estilo de la famosa revista Alarma que en los años 60 difundió el caso de las Poquianchis. Ese tratamiento informativo nada moderno contribuye a la banalización del fenómeno, a cubrir de confusión y superficialidad lo que requiere inteligencia, investigación multidisciplinaria, ética periodística y, sí, mesura y respeto por los lectores y por el acusado, que seguramente en su futuro vivirá en el infierno de sus miedos y en el cielo de sus fantasías megalómanas.

José Luis Calva Zepeda no es un monstruo. Es un hombre que optó por la trasgresión extrema, por la acción perturbadora que ejecuta la muerte del Otro. Y en su aberración nos sitúa –como individuos y como sociedad– frente al espejo en el que no queremos vernos, que negamos como si no existiera.