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Jueves, 11 Octubre 2007 01:00

El Che Guevara

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En el devorador mundo que se nueve con la estética fashion y las mercancías desechables, la imagen sigue ahí, imbatible, reproducida en objetos que se multiplican para cumplir el ciclo de la compra-venta, el destino que la mano no tan invisible del mercado profetiza a toda producción material o simbólica. Es la fotografía que identifican los ciudadanos de cuatro generaciones, la cara más globalizada del neoliberalismo que desplaza las conocidas, fascinantes, reverenciadas y mitificadas caras de Marilyn Monroe, John Lennon, Pele, la princesa Diana, el Papa Juan Pablo II y Jesucristo Superestrella.

La imagen es provocadora. Condensa ideas, fantasías y respuestas emocionales diversas que van de la simpatía por el rebelde, el culto al héroe de la revolución cubana, la solidaridad –post mortem- con el solitario entre los diplomáticos de Punta del Este que desafió al Imperio, con el mítico aventurero que quiso iniciar varios Vietnams, con el argentino asmático, internacionalista y carismático que decidió dejar el puesto de ministro de industria para iniciar en Bolivia otra revolución socialista.

Cuarenta años después la imagen del que una vez fue hombre entre los vivos , ciudadano del mundo con sus defectos y sus virtudes , sigue recorriendo los muros, las calles , las pantallas de cine , los escenarios teatrales , las revistas, los periódicos, las manifestaciones ; la imagen está tatuada en la conciencia lúcida de la muerte como derrota del hombre rebelde que decidió luchar contra las causas y efectos del sistema capitalista ; la imagen sigue perturbando la mala conciencia de los desencantados que cambiaron banderas, en cuestiones democráticas se volvieron más papistas que el Papa y terminaron aplaudiendo a los persecutores, a los que ordenaron el disparo a quemarropa que quitó la vida al hombre que luchaba con un arma, redactaba un diario , leía y escribía poemas.

Esa imagen que, hoy, también como fantasma recorre el mundo significó inteligencia teórica (y crítica del marxismo ortodoxo), voluntad práctica (más allá del sectarismo y el oportunismo de ciertas izquierdas), compromiso con la revolución y la libertad de los pueblos humillados y ofendidos, cuando aún el mundo era bipolar , cuando de tanto en tanto sabíamos del terror atómico y el amago de pelea entre el león de Washington y el oso de Moscú en la que hubiera sido la caliente y apocalíptica tercera guerra mundial . Todavía la URSS era la Meca del socialismo que nunca fue realmente existente. Pasarían dos décadas para que, en un rapto de paranoia imperialista, el triunfador de la Guerra Fría anunciara el fin de las ideologías y de la historia.

En la lógica de la producción y consumo de mercancías, en el abaratamiento de la célebre y popular imagen del fotógrafo Korda, convertida en moda o estampita sin sentido a la que apuestan los señores de la explotación y la usura, se antepone un instinto, una intuición, un mecanismo de defensa contra la banalidad mediática, la homogeneización cultural y la cosificación a las que se nos quiere someter a los ciudadanos en el Supermarket global. Se construye una realidad donde el sinsentido y el conformismo son los resortes ideológicos y psicológicos que mantienen el estado de cosas. Los jóvenes y los que ya no lo son, recuperan la imagen del revolucionario como una forma de identificarse con una vida marcada por la solidaridad, la rebelión y la ética, por la aventura y la locura que dijo no al buen comportamiento dominante, a la razón utilitaria.

En un siglo marcado por la muerte de Dios (anunciada por Nietzsche), el nihilismo y la crisis de la religiones, donde todo está permitido siempre que no atente contra el poder y la sagrada propiedad privada de los medios de producción, hacía falta una vida, una biografía , una imagen laica , cercana a las pulsiones y contradicciones de la realidad terrena , a los deseos de libertad y dignidad que se pierden en la gritería y el vacío de la nueva religión que pregona el dinero y el fetichismo de las mercancías .

La imagen que captó el fotógrafo cubano Korda condensa esos deseos, va más allá del entramado simbólico del mercado como verdad última, nunca será una pura y desechable mercancía.

Esa imagen es la del Che Guevara.