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Jueves, 06 Enero 2011 17:45

El sonido de la perfección

Written by Marlén Carrillo Hernández

 

El sonido de la perfección. I

Dormida en una eternidad de cinco horas
pensaba
al sonido de la perfección atraparía
con la espada azul de pétalos
incrustada en cada uno de sus dedos.

Pero su piel sólo abandonó el calor del sol.
Era nieve anticipada
la espesura de su aura marchita.

Salió así
del primer sueño,
los pétalos de eliodoras blancas y azules
en la boca.

Un grito amable y azul
completamente polar
se instaló en su cama de noviembre.

El sonido de la perfección. II (Un papel).

Un papel se atraviesa entre mis pies.
¿A dónde habrán ido sus letras?
Pienso.

Alguien las habrá lavado con agua purificada
salida de un envase reciclable
en mi lugar
y sin el consentimiento de mi inconsciente no colectivo.

No me detengo a averiguarlo.
El papel copula con mi zapato.

La hipótesis es una idea en silencio
que a nadie le atañe ni le preocupa en este siglo.
Yo únicamente veo un papel amoratado
de líneas inertes
acariciando mi tobillo.

Lo digo y sé que hay un silencio falso.

Todos duermen
mientras hago el trabajo de alguien más
por no tener horario ni beneficio en este mundo.

Un papel se atraviesa entre mis minutos.
Le pregunto qué es lo que busca buscándome.

Él me pidió que volviera a interpretar
el sonido de la perfección que aún me taladra
por dentro.

El sonido de la perfección. III (El templo).

El eco
del aleteo de aquella mariposa escapando de mi ciudad
ha quebrado el cristal de la copa
donde guarecía mi cuerpo del aguacero del mundo.

Se ha roto la perfección de lo cóncavo y lo convexo.
Solía platicar con alguien llamado dios dentro de aquel espacio
en mi infancia.

El sonido de la perfección
era mi templo.
Entraba en él y la soledad ya no era punzante.

Durante años pude oírlo pasar dentro de mí
del mismo modo en que sus puertas
se abrían a mis ojos despiertos
en el azul del polo abandonado.

Aún hay noches en las que sus vestidos
acurrucan sus pliegues en mi mente no serena.
Mantengo la vigilia,
las estrellas escapan y se duermen.

No lo atrapan la jaula del insomnio
ni la fragilidad de mis oídos al viento nocturno,
al sonido de la perfección que resta
de aquella copa de cristal donde conversaba con dios.

Alguna vez quise hacer lo que él.
Dispuse las letras en papeles gastados a modo de estrellas:
olvidé la posición de las constelaciones.

Desistí de mi empeño;
descubrí que también tenía hambre.

El sonido de la perfección. IV (Crisantemos).

Yo tuve hambre y me dieron crisantemos.
Tuve sed y tomé su jugo en el desierto con espinas de opiniones y omisiones vivas.
Tuve miedo y su blancura tapó mis ojos.
Sentí la nada y su blancura magnificó la ausencia.
Tropecé y su tersura se burló de mi raspada piel.
Tuve frío y sus pétalos cubrieron mis piernas.
Bajé mi cabeza y coronaron mi derrota.

Como nieve prematura
la piel de aquellas flores congelaron mi carne.

Notas delgadas al pie de sus corolas
dejan postdatas escritas
por el sonido de la perfección.

Él viaja en un símbolo azul
en el cielo no escrito.
La fragilidad de la flor que derrota mi ego
acompaña las vocales de mi nombre.

Me volveré a dormir,
regresaré toda pertenencia al cosmos
con tal de hacer mío un segundo
el sonido de la perfección
y escribirlo humildemente
en el espacio inicialmente dedicado
a este poema.

Saltillo, Coahuila.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)