header
Martes, 31 Julio 2012 09:16

De repúblicas amorosas, milpas y carnavales*

Written by Armando Bartra

 republicaamorosa

No necesitamos un Dios que nos haga llegar sus instrucciones, hay ética porque los humanos nos reconocemos como tales. Y si ser ético es saberse parte del género humano, el impulso fundante de la ética es literalmente la generosidad.

Pero no hay generosidad cuando se ofende, se humilla, se niega al otro por diferente. La crisis mexicana de entre siglos es una crisis ética porque somos una sociedad donde se penaliza la diferencia: porque somos una sociedad racista, sexista y clasista.

Ante los mexicanos se abren dos caminos: o nuestras abismales carencias profundizan el encono social –como quieren los que atizan la "guerra contra los traidores a la patria"– o en la carencia florece la solidaridad y con ella la lucha por erradicar el colonialismo interno, la inequidad de género y la explotación.

En 2012 la disyuntiva es continuar en la República del odio gestada en los gobiernos del PRI y abismada en los del PAN, o construir una República solidaria y fraterna, una República amorosa. Y la disyuntiva es de naturaleza ética.

La guerra contra el narco que emprendiera el gobierno de Calderón, y a su modo prometen continuar los candidatos del PAN y del PRI, es muy semejante a lo que describe con ironía Charles Dickens en El misterio de Edwin Drood: "Su filantropía olía a pólvora (...) Había que abolir la guerra, pero declarándola antes encarnizadamente a aquellos que la fomentaban (...) Era menester establecer la concordia universal, pero para ello había que exterminar a cuantos no quisieran ponerla en práctica". A esta filantropía iracunda, Andrés Manuel López Obrador opone la reconciliación y llama a construir una "República amorosa" ¿Ocurrencia de campaña?, ¿confusión conceptual?, ¿ingenuidad política? Nada de eso.

Según Hanna Arendt, a diferencia de los principios de la moral individual, los conceptos de perdón, respeto, promesa y amor –empleados reiteradamente por López Obrador– "corresponden a la condición humana de la pluralidad (pues) se basan en la presencia de los demás", de modo que se trata de principios de ética política. Si bien para la filósofa alemana el amor pertenece a una esfera superior: "El amor no es mundano, y por esta razón (...) no sólo es apolítico sino antipolítico, quizá la más poderosa de las fuerzas antipolíticas humanas". Nada nos impide apoyarnos en la fuerza antipolítica del amor para avanzar hacia una pospolítica, hacia una sociedad basada un el reconocimiento radical del otro como el que propicia la "pasión" y el "desinterés" propios del amor.

1. En el lado soleado del espectro político hemos avanzado en reconocer las virtudes de la pluralidad, al punto de que en vez de izquierda ahora decimos izquierdas. También ponderamos las virtudes del diálogo intercultural que Boaventura de Sousa Santos ha llamado "hermenéutica diatópica".

Hay razón en hacer de la interculturalidad una consigna. La historia de los sistemas imperiales –de los que el capitalismo es epítome– es la historia de los colonialismos. Y colonizar es estigmatizar al extraño e imponer la unanimidad de pensamiento. El humanismo de los griegos no se extendía a los bárbaros y la democracia ateniense dejaba fuera a los esclavos; el ecumenismo judeocristiano convive con la idea de que hay un pueblo elegido y el resto son infieles; las revoluciones liberales instauraron la universalidad de la ciudadanía pero por muchos años las mujeres no votaban; para el capitalismo colonialista el trabajo libre era cosa de anglosajones mientras que a los amarillos, negros y cobrizos había que obligarnos a laborar; la presente cruzada del imperio contra el "terrorismo" sataniza al Islam y a los pueblos árabes.

En México el colonialismo es historia, estructura económica y sistema político. Pero también cultura, de modo que descolonizarnos es valorar nuestra prodigiosa diversidad, al tiempo que desmontamos el racismo, el sexismo y el clasismo que la hacen discriminatoria.

Resumiendo: el respeto por el otro es un imperativo ético, el reconocimiento de la pluralidad sociocultural que conforma nuestro país, una urgencia política, y la construcción de un marco legal que consagre jurídicamente los derechos de los diversos grupos étnicos –originarios del continente o no– es una perentoria necesidad institucional.

Los estados plurinacionales de Ecuador y Bolivia son en esto ejemplo a seguir, no sólo por naciones donde predominan los descendientes directos de los pueblos originarios de este continente sino por todos los países socioculturalmente diversos, es decir por todos los países. Pero en México tenemos nuestra propia tradición de pluralidad virtuosa y diálogo intercultural. En México tenemos milpas. Más que policultivo donde se entreveran maíz, frijol, calabaza, chile, tomatillo y cuanto hay, la milpa es paradigma civilizatorio. Porque los imperios precolombinos sustentados por la milpa eran despóticos y tributarios, pero también culturalmente tolerantes; eran, como sus milpas, pluralistas. Virtud que no tiene la cultura occidental y que, por supuesto, no tenían los conquistadores.

Las palabras del nieto de Netzahualcóyotl y cacique de Texcoco, Carlos Ometochtzin, objetando la imposición por los españoles de religión, idioma, costumbres y normas morales, son una proclama pluralista e intercultural que a casi cinco siglos de distancia conservan su filo:

Y así tenían también nuestros antepasados cada uno sus dioses y sus maneras de trajes y sus modos de sacrificar y ofrecer, y aquello hemos de tener, y seguir como nuestros antepasados (...) Mira que los frailes y los clérigos cada uno tiene su manera (...) Así mismo era entre los que guardaban a los dioses nuestros, que los de México tenían una manera de vestido y una manera de orar y ofrecer y ayunar, y en otros pueblos de otra (...) Sigamos aquello que tenían y seguían nuestros antepasados y de la manera que ellos vivieron, vivamos.

Por esas subversivas ideas, Carlos Ometochtzin, también conocido como Chichimecatecuhtli, fue quemado vivo el 30 de noviembre de 1539.

2. Tan urgente es reconocer nuestra multiculturalidad como urdir un nuevo universalismo incluyente y pluralista que no reniegue de las diferencias sino que se alimente de ellas. Descolonizar no es balcanizar y fomentar la diversidad identitaria no significa extremar los particularismos. Ni en México ni en el mundo es bueno apostar por la atomización social, de modo que habrá que desguanzar la opresiva articulación hegemónica a la vez que urdimos nuevas convergencias nacionales y globales de los diversos. El egoísmo identitario es de derecha y encarna en los racistas anglosajones, los suprematistas blancos, los neofascistas. El pluralismo de los oprimidos, en cambio, es generoso: afirma nuestra pertenencia a la muchedumbre humana bajo la forma de la diversidad solidaria, polifónica, danzante; bajo la forma de la milpa.

Las viejas éticas universalistas demandaban al individuo un compromiso moral con la humanidad sin distingos sexuales, étnicos, económicos, sociales, culturales o religiosos. Humanismos de dientes para afuera que con frecuencia solapaban órdenes sexistas, clasistas y racistas. Y los universalismos falaces y alienantes siguen ahí, pero va cobrando fuerza una nueva exigencia de universalidad. Humanismo generoso al que la globalización presta sustento práctico y base material. Hoy en verdad nada humano nos puede ser ajeno, pues cada vez más lo que duele a uno duele a todos. Las causas que en verdad importan: paz, equidad de género, justicia e inclusión social, libertades civiles, erradicación del hambre, preservación del medio ambiente... son movimientos mundiales respaldados por un activismo planetario.

México está roto, quebrantado. Expresión mayor de la agobiante crisis es la pérdida del sentido de pertenencia a una nación económica, social y políticamente colapsada en la que ya no nos reconocemos. Recuperar la identidad que nos cohesionaba es asunto de vida o muerte; no la engañosa "unidad nacional" en torno de la nefanda "guerra de Calderón" sino la efectiva convergencia de los mexicanos –todos– en torno de un gran proyecto de regeneración nacional.

Un proyecto que será ético no por convocarnos a ser buenos sino por incorporar la dimensión moral en los asuntos mundanos. Si hasta un pensador tan materialista como Carlos Marx propugnaba por una economía sustentada en la ética y denunciaba al capital que "en su impulso ciego y desmedido derriba las barreras morales", cuantimás nosotros. En vez de la desalmada dictadura del mercado los mexicanos necesitamos una economía moral y solidaria; en vez de un desarrollo entendido como crecimiento de la producción a cualquier precio, necesitamos vivir bien y promover el florecimiento humano: un despliegue de nuestras potencialidades cuyos indicadores son la libertad, la justicia, la dignidad, la felicidad y no los llamados "fundamentales" de la economía; en vez del "ogro filantrópico" del que hablaba Octavio Paz, necesitamos un Estado de puertas abiertas comprometido con el bienestar de la población.

3. Para avanzar en la utopía habrá que abandonar prejuicios, ideas rancias y rutinas intelectuales. No adoptar ideologías de moda y ser políticamente correctos sino algo más simple, infrecuente y difícil: practicar el pensamiento crítico.

Y el pensamiento crítico empieza por casa. Sin autocrítica cuestionar al prójimo deviene soberbia intelectual; no podemos ser intolerantes con los demás y complacientes con nosotros mismos. Pero reconocer los errores propios no es verdadera autocrítica: la clave de la autocrítica es el humor. Sólo la risa es en verdad caladora, de modo que cuestionarse en serio supone tomar distancia y reírse de uno mismo. Para salir del hoyo los mexicanos necesitamos mucha autocrítica y mucho sentido del humor, para sobrevivir a la desgracia habremos de reír y –liberados por la risa– emprender risueños la reconstrucción.

"La risa tiene algo de revolucionario –escribía el ruso Alexander Herzen a mediados del siglo XIX–. En la iglesia, en el palacio, frente al jefe nadie ríe. Sólo los iguales ríen. Si a los inferiores se les permitiera reír frente a sus superiores, eso querría decir que se acabó el respeto."

Es bueno para la salud social burlarse de los viles, de los obscenos, de los prepotentes... y también de las lacras que compartimos justos y pecadores, que en el pantano nacional no vuelan aves impolutas. Pero ante todo hay que caricaturizar al poder y profanar sus símbolos, hay que desacralizar la riqueza, hay que sobajar a los alzados.

Siguiendo a Mijail Bajtin, para quien la risa es subversiva, creo que llegó la hora de carnavalizar la política. Es necesario poner el mundo patas arriba como lo han hecho siempre los pueblos tradicionales antes de la Cuaresma, como lo hacían los caricaturistas políticos que escarnecían a Porfirio Díaz, como lo hicieron los iconoclastas neozapatistas chiapanecos en los años 90 del siglo pasado, como lo hizo la creativa resistencia lopezobradorista al fraude electoral en los tiempos del megaplantón, como lo hacen hoy los ocupa y los indignados de todo el mundo.

Frente a la barbarie cotidiana se justifica la indignación moral. Pero igual se vale la carcajada ética, opción que hizo de Carlos Monsiváis la conciencia crítica de México. (Por cierto, habrá que pedirle a Francisco Toledo –no a Sebastián– que le vaya haciendo un monumento a Carlos y a sus gatos sonrientes, a sus gatos de Cheshire.)

"La seriedad es un robo", sostenía Monsiváis. Tenía razón. Carnavalicemos, pues, la política y hagamos de México una República amorosa, sí, pero también una República risueña, una República humorosa.

"Sonríe, vamos a ganar", decíamos hace seis años. Hoy, yo les diría: "Rían, porque si pese a todo somos capaces de reír, ya ganamos".

* Ponencia presentada en la mesa Ética y pensamiento crítico, de Los grandes problemas nacionales. Diálogos para la regeneración de México.

La Jornada

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)